Caminos del Lógos: Antihumanismo
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viernes, 6 de marzo de 2009

ANTIHUMANISMO

Que el hombre es un objeto más del mundo que, como tal, puede ser diseccionado por el conocimiento y reducido a la serie de determinaciones (materiales, biológicas, sociales, etc.) que lo producen, es un hecho. Negarlo para ampararse en que el hombre posee ciertas propiedades que están más allá de todo conocimiento posible no es más que el último refugio de un humanismo caduco que suele tener detrás a la conciencia religiosa que, perdido lo trascendente, se aferra desesperadamente al individuo que en otro tiempo despreció. Ahora bien, la labor del antihumanismo a lo largo de las últimas décadas ha resultado, si bien científicamente certera, bastante dañina en la práctica. Habría que revisar ciertos supuestos, no del propio trabajo científico, por supuesto, sino de su aplicación, y las consecuencias que de ella se derivan.

No podemos oponernos en modo alguno a una teoría que lleva al conocimiento de lo que en realidad somos, pero hay que revisar, en efecto, la "práctica" de esa teoría (su rendimiento educativo y su divulgación social). El antihumanismo lleva a cabo una deconstrucción del sujeto que muestra que éste no es originario, ontológicamente primero, sino efecto de un entramado de causas (sociales, culturales, económicas, lingüísticas, etc.) que operan sobre él inadvertidamente. Nuestros pensamientos y nuestros actos, podría decirse, son un resultado del medio; el "yo" es únicamente el prisma que los enfoca de un modo u otro, según el caso. No tendría mayor realidad que ésa. Pero lo cierto es que la subjetividad es diferente a otros objetos de estudio, pues, aunque se haya demostrado que es un constructo (que lo es), algo artificial y que viene determinado por múltiples causas, también puede en gran medida liberarse de sus determinaciones a través del conocimiento de sí, de la autorreflexión. Es decir, que puede autodeterminarse, por lo menos hasta cierto punto. El antropólogo o filósofo antihumanista, estructuralista, posmoderno, etc., separa de modo bastante arbitrario al sujeto y al objeto del conocimiento, como si se tratara de compartimentos estancos, cuando no es así, sino que son una misma cosa (o pueden llegar a serlo).

Desde un punto de vista puramente pragmático (si es que cabe confundir estos aspectos; partamos de que es así por el tema que estamos tratando), cuando desde el mundo de las humanidades (en el más amplio sentido) se pregona abiertamente que el hombre ha muerto, se le da al poder institucional carta blanca (si es que la necesita) para prescindir de un saber que carece de objeto y además presume de ello, y que, por lo tanto, no sería sustancialmente diferente de la alquimia o la frenología. En el fondo, se mezclan aquí toda clase de consideraciones, científicas y extracientíficas. No hay, hoy por hoy, visión del hombre que no sea ideológica, que no sirva al sistema: la humanista por parte del conservadurismo reaccionario que encuentra (sus) valores eternos y universales en todas partes; la antihumanista como ideología del neoliberalismo que disuelve ese último foco de resistencia ante el mundo que era el individuo. El sujeto, generado por el capitalismo, se inmola a sí mismo cuando repara en que es un obstáculo para la producción.

La disolución del individuo cierra el espacio de la libertad. Lo que se pretende es que ese lugar siempre ha estado cerrado, y que la impresión de libertad era una ilusión resultante de las propias estructuras que producen al sujeto. Con la eliminación de la subjetividad, llegamos al sistema de la absoluta irresponsabilidad, de la absoluta delegación. Nadie ha hecho nada, todo es resultado de nuestra "naturaleza" o del "sistema". Así todos nos podemos sentir más a gusto. La subjetividad es el único lugar desde el que hacer la crítica; la masa es estúpida en cuanto tal y está absolutamente determinada, es estadísticamente predecible con una precisión terrorífica. Con el individuo aumentan progresivamente los márgenes de impredicibilidad. Tal vez a esa "impredecibilidad" haya quedado reducida la libertad, pero es mejor que nada. La deconstrucción teórica del individuo es una cosa; la práctica es otra muy diferente, y de efectos devastadores.

Queda pendiente la tarea de producir al hombre, de producir subjetividad, esto es, resistencia al mundo. La capacidad de distanciarnos de nuestro contexto y relativizarlo. El conocimiento crea subjetividad, aun en un sentido lato, y ésta libertad. No se puede suponer al sujeto siempre en un estado inicial del conocimiento, en la total ignorancia de sí. Únicamente así es como ese análisis resulta posible.