Caminos del Lógos: Antihumanismo (II)
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lunes, 11 de julio de 2011

ANTIHUMANISMO (II)

Era algo así como un destino ineludible para el pensamiento de vanguardia actual el tener un perfil "antihumanista" o "posthumanista" (y partamos de reconocer la dificultad de englobar bajo semejantes expresiones, como si se trata de una escuela, a pensadores tan dispares como un Sloterdijk, un Agamben o un Zizek, por ejemplo), y ello en función de la deriva intelectual del último medio siglo, cuyas líneas de fuerza han convergido en semejante tipo de reflexión. Pero no menos necesario es para este pensamiento, al menos en la medida en que se considera el legítimo "heredero" de la tradición filosófica en relación a la cual se define a sí mismo (ese "dentro y fuera" en el que siempre se ha movido el pensamiento post-heideggeriano), el profundizar en la reflexión acerca de la ciencia y la técnica, así como revaluar las posiciones habitualmente sostenidas respecto del dominio de la naturaleza (y, por tanto, del hombre) por parte del hombre. En efecto, la tecnociencia es la figura de la verdad de nuestro tiempo, y más que huir de ese factum hacia cómodas posiciones esteticistas (no me refiero a los autores anteriormente citados, desde luego), el verdadero trabajo filosófico habría de consistir en afrontarlo y recorrerlo hasta el final en busca de nuevas respuestas, o quizá interrogantes. Así es como el pensamiento progresa, en vez de estancarse en la autocomplacencia.

Ciertamente, esto lleva ya décadas pro-puesto como "programa" de trabajo, y la bibliografía al respecto es inabarcable; basta con ver el espacio académico, institucional y teórico que han llegado a ocupar los estudios de "ciencia, tecnología y sociedad" y otros similares. Ahora bien, no veo muy claro que, por más que se escriba y discuta al respecto, se den grandes pasos en ninguna dirección, filosóficamente hablando. Encuentro una serie de rémoras en este tipo de discursos, que se podrían clasificar, básicamente, así: 1) en la mayoría de los casos (sobre todo en el ámbito académico) impera un marcado cariz "institucional" de estos trabajos (es lo que "se encarga", "se financia", "se enseña en las escuelas", etc.), que los ata en corto, por lo general, a un discurso de poco vuelo teórico, políticamente correcto (perdón por la expresión) incluso cuando pretende ser lo contrario y, las más de las veces, preñado de convencionalismos. 2) En otros casos (sobre todo en el ámbito de la "epistemología posmoderna") se llega a identificar, de un modo que vela el objeto mismo de la investigación, la epistemología con la sociología de la ciencia u otras disciplinas afines, de forma que se alcanzan resultados que teóricamente dejan mucho que desear, al considerar esos autores que la "verdad" científica puede reducirse a términos de necesidad productiva, o legitimación ideológica del poder, o al ya cansino y vacío expediente de que la ciencia no es más que otro "juego de lenguaje" sancionado institucionalmente, etc., etc., todo lo cual es muy interesante (y es preciso estudiarlo, por descontado), pero jamás agota el genuino factum científico; se confunden de esta forma los móviles de la ciencia con sus resultados objetivos. 3) Por último, en algunos casos (los discursos de tipo más "especulativo", o si se quiere, "ontológico"), la reflexión no sale de una consideración meramente abstracta, "esencial", de la tecnociencia, que necesitaría llenarse de contenido concreto para sernos más útil (siquiera como orientación epocal) a estas alturas.

Lo que trato de decir no es, por supuesto, que la "filosofía" deba encontrar su tarea en ser "filosofía de la ciencia" tout court. La epistemología, en cuanto rama de la filosofía, funciona muy bien al margen de las problemáticas antes referidas (tiene sus propias problemáticas internas, a las que lo anterior afecta muy poco, como no afecta en absoluto al propio ejercicio científico), pero no pretendo por ello que la filosofía deba encastillarse en la epistemología (lo cual es también relativamente cómodo): la reflexión necesaria como Leitmotiv para una "filosofía del presente" ha de hacerse cargo de un discurso que aborde el lugar del hombre entre las cosas (lo cual a su vez exige explanar los diferentes modos de nuestro trato con ellas, modos entre los que destaca el tecno-económico) y la rectitud de su obrar en función de aquél; un discurso que, por tanto, ha de servirse de la epistemología, sin reducirse a ella. Un discurso filosófico "fuerte" que no por ser filosófico sea poco científico, ni por ser científico sea poco filosófico, lo cual parece ser la alternativa en estos tiempos. Dicho discurso, a mi entender, en cuanto ha de hablar de las cosas en general (tà ónta) y de nuestro estar (vivir) entre ellas, no es otra cosa que ontología, aunque este término no es caro a los filósofos actuales. En cualquier caso, hay que hablar desde posiciones más decididamente intracientíficas, y no tanto de la tecnociencia como algo vagamente descrito, a menudo sólo en sus aspectos "sociológicos". Hay que pensarla desde dentro, y no sólo de modo extrínseco. Si la filosofía se aleja de los problemas científico-tecnológicos ante los que nos sitúa el mundo actual, termina convirtiéndose en esa figura meramente retórica a la que muchos pretenden reducirla. La filosofía, tome el camino que tome, no es sólo epistemología, pero no será nada sin ella. Sólo un diálogo estrecho con la ciencia permitirá esbozar lo que más nos falta hoy, nuestra principal "carencia metafísica", si se quiere: figuras de la verdad susceptibles de universalidad y una comprensión unificada, racional y práctica (y ello por "abstracto" que sea el discurso) del mundo en que vivimos. La filosofía ya no es la Ciencia, pero no puede comprenderse a sí misma de espaldas a ésta, ni mucho menos contra ella; los discursos esteticistas en los que ha buscado su refugio, su "esfera autónoma", son en realidad su exilio.

La reflexión (post)humanista no puede ignorar este marco científico-tecnológico sólo dentro del cual puede darse hoy un contenido a sí misma sin caer en abstracciones ilusorias. Como Heidegger vio muy bien, aquí se pone en juego la cuestión del hombre, que se reconoce a la sombra del nihilismo que es tanto amenaza como esperanza en la sociedad global, masificada y altamente tecnificada de comienzos del siglo XXI. En efecto: ¿qué es lo antihumanista o posthumanista, querer entregarse a la desmesura de lo técnico (lo cual parece, en cualquier caso, un destino ineludible) o, por el contrario, ejercer una cierta "resistencia" (aquel decir "sí y no" en que Heidegger cifraba la Gelassenheit)? O, en términos más nietzscheanos, ¿no será esa hýbris tecnocientífica, esa desacralización de lo natural, el agua en que deberá bautizarse el superhombre? ¿No será esa "impiedad" la nueva forma de piedad que nos está destinada? ¿Renacerá una nueva areté con el hombre-máquina, el superhombre-cyberpunk que puede que ya se esté gestando entre nosotros? Todo esto son especulaciones, desde luego, y existe además el peligro de confundir semejante "destino" con el Untermensch producido institucionalmente y por los mass media (de nuevo, el problema del nihilismo, que se reproduce en cada una de nuestras respuestas u opciones). De hecho, es imposible separar tecnociencia y capitalismo, lo cual debe ser tenido muy en cuenta por todos aquellos que conciben la primera utópicamente como un elemento puramente liberador (y que lleva a otros a renegar de ella creyéndola un elemento puramente esclavizador, lo cual significa caminar por la senda del oscurantismo) de las formas de poder actuales. Ciertamente, no hay dominio sin técnica, pero tampoco habrá liberación sin ella. Ahora bien, ¿cómo "apropiarnos" de la tecnología, cuando ésta es una de las formas en que se manifiesta el sistema? (Una forma de éste que produce y nos obliga a comprar y usar, queramos o no.) Es difícil hacer profecías al respecto, pero por lo menos en el uso que está empezando a darse a la red empieza a vislumbrarse por dónde van a ir las cosas; en pocos años tendremos mucho más claro el porvenir de estos interrogantes. Sea como sea, hay que internarse en el discurso científico-tecnológico para valorar sus posibilidades culturales, éticas y políticas, cosa que nunca podrá hacerse desde la abstracción que se limita a abordar la relación del individuo o el colectivo con "la ciencia" o "la técnica" entendidas como facta extrínsecos.

El intento de Heidegger, y del pensamiento que se ha movido en su estela (a la cual es difícil sustraerse hoy), de devolver al hombre a una dimensión originaria del pensar y del hacer que abriría para él una nueva forma de existencia (esa redefinición de la theoría, la poíesis y la prâxis como Denken, Bauen, Wohnen), pasa ineludiblemente (pues en ello se juega su "eficacia histórica") por la búsqueda de una dimensión poética de la téchne (esto es: reparar en que la poíesis, la "producción de lo ente", es un modo de desocultación del ser y, de esta forma, uno de los respectos en que podemos "escuchar" su interpelación histórica), de la que provendría la última esperanza para el hombre en la época de consumación de la modernidad (y con ella, del nihilismo, esto es, del olvido del ser en favor de la totalidad de lo ente). Ahora bien, por más que Heidegger no se quiera reconocer como humanista (y ello en la medida en que pretende abandonar todo el antropomorfismo y la subjetividad modernos, u occidentales en general, en favor de esa "escucha" del ser), su postura no es en realidad sino un último y gran intento de reformular el humanismo (de un modo que, además, tiene mucho de romántico). Pero con esto no pretendo hacer "crítica" alguna, ni mucho menos jugar al juego estéril (al que se han entregado la mayoría de pensadores post-heideggerianos) de establecer un claro "estar aún dentro de la metafísica/humanismo" o "estar ya fuera de la metafísica/humanismo", pues éstas no son sino adscripciones vacías con valor meramente académico. Lo importante aquí es la correcta toma de posición (esa Er-örterung de la que el propio Heidegger hablaba) ante el problema en sí, no ante sus nombres. Y la cuestión es que el "posthumanismo", en cualquiera de sus vertientes, no puede pretender sostenerse sobre la apelación a una phýsis que dé la medida, sino que habrá de obtener ésta de la propia téchne, de lo artificial, que determina hoy omnímodamente al hombre (no es su instrumento, es ciertamente su dueña) como la única "naturaleza" que nos es dado tener. Por descontado, esta perspectiva "preternatural" (y en esa medida "suprahumana", übermenschliche) sólo puede abordarse desde un conocimiento suficiente del entramado tecno-científico-económico del mundo. La cuestión no puede ser, por tanto, si decir "sí" o "no" a la técnica, sino (partiendo de la técnica como lo ineludible) qué figuras de la técnica (y ello en cuanto es un "modo de estar en posesión de la verdad", que diría Aristóteles) son las más deseables, las que deberían regir nuestra existencia. El problema de fondo es, por supuesto, si el ser humano puede, realmente, ejercer algún dominio sobre la técnica, o si ésta escapa (por razones de competencia estratégica, tanto económica como militar) siempre a nuestro control, como en la alegoría de Frankenstein.

Hay que pensar la cosa en sus justos términos; puede que el antihumanismo sea la única forma que nos quede hoy... de humanismo. Por supuesto, no en el sentido de la reconstrucción de una esencia o identidad amenazada (papel que desempeñan actualmente la religión y el nacionalismo), sino en el de una comprensión y aceptación de lo que somos que nos guíe hacia nuevas posibilidades de existencia. No sirve de nada pensar en términos de "humanismo sí", "humanismo no"; lo importante es el contenido de la reflexión, por encima de las palabras a las que una ya cargante iconoclasia intelectual se ha entregado en los últimos tiempos. Que la vida, la existencia si se prefiere, en un sentido ontológico, va a estar (está ya) absolutamente mediada por la técnica es un hecho inevitable. No es que en el pasado no fuera así, pero ahora nuestra condición tecnológica se revela no ya como parte del horizonte que nos define, sino como el rasgo fundamental a pensar. Sólo somos libres de elegir nuestra forma de esclavitud; nada más cierto, especialmente en cuanto a este tema. La artificialidad es el marco dentro del cual pensar qué es lo que somos y qué podemos y queremos llegar a ser.