Caminos del Lógos: Apología de la metafísica (I)
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lunes, 30 de abril de 2012

APOLOGÍA DE LA METAFÍSICA (I)

«Con su aguda crítica no sólo imprimió Hume
 un decisivo avance a la filosofía, sino que además
 –aunque no fuera culpa suya– creó un peligro
 para esta disciplina, pues a causa de dicha crítica
 surgió un fatídico “miedo a la metafísica” que ha
 llegado a convertirse en una enfermedad de la
 filosofía empírica contemporánea. Esta enfermedad
 es la contrapartida del antiguo filosofar en las
 nubes, que creía poder menospreciar lo que
 aportaban los sentidos y prescindir de ellos».
A. EINSTEIN

NOTA: ésta es la versión abreviada, simplificada y en gran parte reescrita (por exigencias tanto del formato como editoriales) de un artículo que aparecerá pronto en una publicación filosófica.

El día de la defensa de mi tesis doctoral, que básicamente es un estudio de la ontología de Nietzsche, uno de los miembros del tribunal –ilustre nietzscheano– me dijo que “si quería tener futuro” en el mundillo filosófico abandonara semejante enfoque, porque “eso de la ontología ya no se lleva”. Lo malo es que tenía razón: para abrirse hueco en ese mundillo uno tiene que hablar de los temas previamente delimitados por el entorno académico-editorial, que decide qué discursos son válidos y cuáles no, por lo general, con total independencia de su relevancia o interés científico. Y ciertamente, la ontología “ya no se lleva”; es difícil, por no decir imposible, hacer carrera hoy sosteniendo semejante discurso: es preferible hablar de estética o ecologismo. Ahora bien, este lamentable hecho no elimina la cuestión que debería interesar al filósofo –por más que no interese al profesor de filosofía, que es lo único que hay hoy en las facultades–: según este catedrático, en Nietzsche no hay rastro de ontología alguna; tal cosa es completamente ajena a su discurso, está “superada” por él.

¿Es eso cierto? Estoy dispuesto a admitirlo, pero únicamente en la misma medida en que es verdad tanto para Nietzsche como para Aristóteles, por ejemplo, en cuya obra tampoco aparece “ontología” ni “metafísica” alguna. Desde luego, si nos atenemos a las palabras o a los discursos explícitos, no; lo que pasa es que si entendemos lo que significan dichos términos, nadie podrá negarlo. La ontología está presente en toda filosofía; no puede no estarlo, pues de lo contrario, sencillamente, no sería “filosofía”. La cuestión es precisar qué entendemos por ontología o metafísica, por supuesto, y no emplear estos términos en un sentido acrítico. En lo sucesivo voy a utilizar ambos términos indistintamente –aunque, por supuesto, no signifiquen lo mismo; su diferencia oscila de un autor a otro, y yo tengo mi propia forma de entenderlos–, hasta que la propia argumentación obligue a establecer los matices precisos.

¿Qué es la metafísica? ¿Cómo podemos entenderla en un sentido actual? ¿En qué sentido cabe hallar algo así en Nietzsche, que tanto la criticó? Desde luego, no tiene por qué tratarse –ni puede serlo hoy– de un discurso acerca de lo trascendente ni de lo incondicionado. Tampoco tiene nada que ver con las “preguntas últimas” acerca de la vida. Ni ha de consistir en la fundamentación radical del conocimiento, o en alcanzar el saber absoluto. Por supuesto que no: ninguno de estos enfoques puede hoy reclamar validez para sí. Pero es que habría que ver en qué medida la metafísica (o la filosofía, sin más) ha tenido históricamente semejantes pretensiones. No es que no se hayan defendido esos enfoques, por supuesto; pero no cabe decir, sin más, que eso y nada más que eso haya sido la metafísica. Las anteriores serían más bien formas de teología (cabe señalar que lo que Heidegger llama onto-teo-logía sólo es admisible si se refiere al pensamiento medieval y a una parte del moderno, todavía deudor de aquél; en modo alguno si se refiere al todo, como sostiene él). Sin embargo, hay que tener en cuenta algo: en las épocas en que la metafísica ha tenido semejantes pretensiones, normalmente ha sido como reflejo de la imagen del mundo que las propias ciencias coetáneas creían poder establecer –éstas, por tanto, habrían tenido aspiraciones no menos “teológicas” que la metafísica–. La metafísica ha constituido históricamente el horizonte de expectativas de la ciencia en un momento dado. De ahí que haya sido, en muchos casos –y siempre retrospectivamente considerada–, la papelera de las ciencias empíricas, el descarte de las pretensiones especulativas que en su momento éstas tuvieron y que finalmente llevaron a callejones sin salida o, simplemente, fueron desarrolladas pero luego superadas por planteamientos posteriores. Pero esa imagen de la metafísica es, insisto, puramente retrospectiva: porque en su momento habría sido muy difícil deslindar el trabajo científico del filosófico –o metafísico–. Es por lo general la posteridad la que define qué fue ciencia (demostración) y qué metafísica (especulación) en función sólo de derivas ulteriores; como le podría pasar dentro de varias décadas, por ejemplo, a la actual teoría de cuerdas, tan susceptible como cualquiera otra de terminar arrumbada como “mera especulación”.

Por lo general, y aunque no se puede negar que haya excepciones, las ambiciones más ridículas de la metafísica no se encuentran en sus propios textos, sino más bien en quienes los leen o explican mal, sea por incapacidad o por mala fe, dos cosas que abundan. La metafísica es normalmente cosa bastante más seria. No es –por lo menos hoy ya no se puede entender así, y habría que ver si ha sido su verdadero y último sentido en el pasado, o más bien una “investidura” expositivamente necesaria o un modo de burlar la censura o de introducirse en el “mundillo académico” de su tiempo (que todas las épocas han tenido miserias equivalentes a las actuales)– un discurso acerca de lo que está “más allá” de “la naturaleza” o de “lo real”; no es un conjunto de intuiciones que rebasen lo racionalmente argumentable (antes bien, intenta establecer racionalmente qué es la naturaleza o lo real). Quien así la define lo hace para parodiarla, pero así sólo ejerce el papel del burro que cocea al león muerto. Semejante forma de entender la metafísica no es ni siquiera aceptada en el mundo filosófico académico desde hace cosa de doscientos años –con independencia de que antes sí lo fuera o no–; como para que algunos iconoclastas de salón vengan ahora a demostrar que tal cosa es hoy imposible. Es en la superficialidad con que algunos se enfrentan a estos textos donde radican las simplezas que ellos mismos dicen atribuyendo a otros, y eso contando con que los hayan leído, y no hayan pasado de puntillas sobre ellos con manuales o bibliografía secundaria, que son ya de por sí interpretaciones de lo que otros dijeron. En cualquier caso, no cabe duda de que desde la Ilustración (a partir de Kant, fundamentalmente) se puede dar por liquidada toda forma de discurso teológico; o por lo menos de que no será tomado en serio por ningún filósofo ni por la inmensa mayoría de los profesores de filosofía (estaría la notable excepción del idealismo alemán, que resulta imposible explicar aquí, pero que no tiene nada que ver con lo que la mayoría de lectores poco o nada cualificados entiende que es).

La metafísica no ha de entenderse, por descontado, como un saber que pretende rivalizar con el científico, sino meramente como una reflexión acerca de las condiciones de posibilidad de nuestro conocimiento –y no como conocimiento efectivo–, las cuales no son siempre ellas mismas gnoseológicas (éste es un terreno que, más que haber sido clausurado, ha sido fragmentado y rebautizado en nuestro tiempo por discursos como la “sociología de la ciencia” y análogos). Si nos importan menos los nombres que los conceptos a los que éstos hacen referencia, lo que encontramos en la metafísica es una serie de dispositivos u operadores teóricos que (de acuerdo con un lenguaje propio de cada época) sirven para explicitar una serie de problemas científicos que de hecho están ahí. Que, por ejemplo, la materia sea definida en términos de extensión, de impenetrabilidad, de inercia, de fuerza gravitacional o como un determinado estado de la energía, no deja de ser una decisión metafísica, sólo a partir de la cual será posible “verificar” o “falsar” resultados empíricos. Constituye la orientación primera –los “primeros principios” onto-lógicos– que permite formar a posteriori juicios (¡aunque éstos sean sintéticos a priori!; no confundamos el orden temporal con el de la fundamentación) acerca de los resultados empíricos de la investigación, delimitando para empezar aquello sin lo cual no hay ciencia alguna, el problema fundamental de toda ciencia (tanto como lo es para la filosofía el definirse a sí misma): qué es un hecho. La metafísica no es otra cosa –la haga quien la haga: el filósofo o el científico– que el establecimiento de los marcos de sentido dentro de los cuales aparecen como tales los problemas epistemológicos (o éticos, políticos, estéticos, etc.). Es por tanto la reflexión acerca de esos umbrales (problema del sentido), más que su compleción o saturación (problema de la verdad), trabajo, ciertamente, de cada ciencia particular.

De esta forma cabe hablar de ontopragmáticas u ontotécnicas, esto es, tecnologías de construcción conceptual de la realidad, conjuntos de decisiones teóricas que preceden a todo trabajo práctico, pero que no son meras elucubraciones, por supuesto, ni discursos arbitrarios, sino condensaciones teóricas de pragmáticas previas pero irresueltas, que necesitan ser reunidas y elevadas a una comprensión más profunda para su vertebración y eventual solución. La metafísica no es un aparato analítico, en efecto –todas las que han pretendido serlo han llegado a callejones sin salida–, sino sintético, esto es, que construye su campo a partir de unos datos previos que ha de tomar de otros ámbitos para redefinirlos en función de una (nueva) estructura, la symploké que los organiza con (un nuevo) sentido. Esto, hay que insistir en ello, aunque sea fuertemente intuitivo (y despreciar el papel de la intuición es absurdo si se conoce lo más mínimo de la historia de las matemáticas o las ciencias empíricas), no es jamás algo que responda al “arbitrio” o a la “voluntad” del pensador –será erróneo, de hecho, en la medida en que lo haga–. Responde, por el contrario, a requerimientos de su época, a una serie de factores imposibles de reducir empíricamente pero que la intuición –la “imaginación especulativa”– del pensador sabe unificar teóricamente. Eso es lo que hacen los grandes, y sólo los grandes. Es el no entender cómo han sido capaces de llegar a esos resultados lo que hace que los mediocres los crean arbitrarios. La metafísica no “impone”, por supuesto, cuáles son esas ontopragmáticas: las encuentra en su tiempo. Aunque ciertamente puede haberlas definido, cuando el filósofo y el científico de vanguardia han coincidido (como en los casos de Descartes o Leibniz); por lo general, en cualquier caso, es un reflejo teórico de su época. Pero no ser el que defina esas ontopragmáticas no hace menos lícito el hablar de ellas. Porque siempre existen esas “decisiones”, las tome quien las tome.

Los cientificistas crasos –algo que no fueron Einstein o Heisenberg, padres de los dos grandes modelos actuales de la física, pero sí muchos de sus discípulos–, sin embargo, creen que la única actividad cognoscente legítima del ser humano es la estrictamente científica; todo saber debe por tanto reducirse a ésta o desaparecer, lo cual suprimiría toda actividad intelectual no científico-tecnológica y por ende toda reflexión del ser humano acerca de su propia existencia al margen de ciertos parámetros. Se trata de la prohibición, por decreto –y lo malo no es que sea un decreto, sino que no se justifica–, de hablar de lo no cuantitativo, alegando que fuera de lo mensurable no existe racionalidad alguna; ahora bien, ¿quién es el “irracionalista”? ¿El que intenta delimitar los criterios racionales de lo cualitativo (algo imprescindible para el ser humano) o el que sostiene que fuera de lo experimentable sólo hay caos?

Nos encontramos así ante el triple problema que afecta en el mundo contemporáneo a la metafísica: 1) la falta de reconocimiento social (un problema que la filosofía en general ha sufrido desde siempre, por lo que se puede considerar el menos grave) de algo que no se entiende; 2) el cientifismo ingenuo, que se especializa extremadamente en un área del saber –donde es evidentemente hegemónico e incontestable– pero patina de una forma escandalosa en cuanto pone un pie fuera de él (así, por ejemplo, el caso de Stephen Hawking, tan gran físico teórico como ensayista demagógico e inculto en cuanto pretende hablar de filosofía o religión); una postura que siempre afirma que la única racionalidad posible es la científico-instrumental; 3) el complejo de inferioridad de la propia filosofía –especialmente en el último siglo–, debido a que los dos puntos anteriores son asumidos por el propio mundo académico, que renuncia a la metafísica (y en general, a toda pretensión de objetividad que no sea la de la “filosofía de la ciencia”; la cual, por lo demás, suele ser tan desdeñada por los científicos como el resto de la filosofía), reniega de ella y, así, cava su propia tumba, puesto que desmantela la base de su propio discurso a la vez que cree que puede refugiarse en ámbitos artificialmente recortados de aquél, como lo ético, lo estético, la citada teoría de la ciencia, etc.

La cuestión de fondo aquí, no obstante, es una incapacidad cada vez mayor para entender ciertas cuestiones. La metafísica –o simplemente, la filosofía– no juega al mismo juego que la ciencia, ni mucho menos pretende “enmendarla”; creer esto supone ignorar su papel, confundirlo con otro y, por ello mismo, correr hacia el desastre para ambas. Porque allí donde lo que Heidegger llamaba una “posición metafísica fundamental” (una determinación histórica, y por tanto perecedera y revisable, de lo que son la verdad y la realidad, y no ya de lo que es verdadero o real, cosa que escapa a su competencia), como lo es la propia física especulativa actual –que maneja a menudo teorías de imposible contrastación empírica y propone modelos absolutamente divergentes entre sí, o sea, el mismo pecado que se supone que comete la filosofía–, se niega a reconocer sus propios supuestos, se yergue una teología, y ésta es (teóricamente) mucho peor que toda metafísica. Nadie ha matado por un problema metafísico, pero sí por problemas teológicos. Y quien crea que esto es cosa del pasado, que piense por ejemplo que la crisis actual –que está destruyendo millones de vidas y matando literalmente a miles de personas, y eso sólo de momento– no es más que un problema teológico-político, sostenido por la presunta cientificidad de una “ciencia social”, la economía (que a la postre resulta carecer de carácter predictivo alguno). Lo que está ocurriendo, más allá de las cuestiones técnicas que sirven de excusa para las decisiones tomadas, es la imposición de una teología política bajo una cobertura supuestamente científica. Aquí “política”, “ciencia” y “teología” son tres factores que sólo los defensores del actual statu quo pueden pretender separar. Lo que falta (o se ignora de forma deliberada) es, precisamente, una metafísica que enfrentar a esa teología –porque enfrentar teologías, siempre irracionales, sólo conduce al sinsentido y la barbarie.

Las proposiciones de la metafísica nunca serán verificables (ni falsables), por definición: es el discurso que nunca puede someterse al criterio de la verdad científica porque trata, precisamente, de dicho criterio, esto es, del límite entre lo que es susceptible de verdad y lo que no. Pero –y esto es fundamental– del límite mismo, no de lo que cae del otro lado… que es ya objeto de la religión o de la paraciencia (o sea, que es algo irracional). No hay, de hecho –aunque esto es ya una posición de principio, una “decisión” en favor de la finitud y la inmanencia–, ningún “otro lado”: el conocimiento sólo se confronta con su propio límite, y esa confrontación, ese “permanecer en el límite”, es precisamente lo que hace la metafísica, la lleve a cabo quien la lleve: el filósofo otrora, el físico especulativo hoy. Para poder permanecer en ese límite, el filósofo, desde luego, ha de conocer suficientemente el estado de la ciencia de su tiempo. Si se desconecta de ella terminará cayendo en el esteticismo vacío o en la mística… no hablando de nada, en cualquier caso (que no es lo mismo que hablar de la nada, uno de esos conceptos-límite propios del acervo metafísico).

La metafísica es eminentemente especulativa, sí, lo cual no es malo en absoluto desde el punto de vista epistemológico, sino hasta necesario. La ciencia, como ya hemos dicho, es altamente especulativa en su línea de vanguardia, y si no lo fuera, no progresaría nunca. Se estancaría en los paradigmas ya dados y no podría salir de ellos; se perdería en la acumulación ad infinitum de teorías ad hoc para ir “parcheando” las aporías a las que la conduciría esa ausencia de pensamiento especulativo, que es el único que abre nuevos paradigmas y permite hacer, cada cierto tiempo, tabula rasa. En ambos casos –la metafísica tradicional, filosófica, o la actual, científica– estamos ante un pensamiento en el que la imaginación o intuición (la actividad del espíritu) va un paso por delante del entendimiento (la unificación y estructuración de sus resultados). Sólo cuando un campo está ya delimitado y es conocido suficientemente puede el entendimiento presumir de que no necesita más esa imaginación especulativa… hasta que llega a callejones sin salida y vuelve a necesitarla.