Caminos del Lógos: Cinismo (I)
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domingo, 16 de octubre de 2011

CINISMO (I)

«Mas tan pronto como entra en juego la cuestión
de la propiedad, se convierte en un deber sagrado
abrazar el punto de vista de la cartilla infantil, como
el único que cuadra a todas las edades y a todos los
períodos. Como ya se sabe, en la historia real
desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización,
el robo y el asesinato, en una palabra, la violencia.
En la dulce economía política, por el contrario,
reinó desde siempre el idilio. El derecho y el "trabajo"
fueron de siempre los únicos medios de enriquecimiento,
exceptuando siempre, naturalmente, "el año en curso"».
KARL MARX, El capital, XXIV.



Varios meses después del 15-M, pero justo de regreso del 15-O, se me ocurren unas cuantas reflexiones que resumen mis impresiones de este período. Sin duda alguna los movimientos (sólo artificialmente) englobados bajo estas denominaciones han supuesto algo importante, y de hecho ya son comparados con lo que fue mayo del 68 (lo cual, para muchos, no pasa de la categoría de "anecdótico", pero eso el tiempo lo dirá). En efecto, como entonces, dichos movimientos han hecho (y seguirán haciendo, espero) algo necesario, por más que de ello no vaya a surgir transformación directa alguna del marco político ni económico, por supuesto. Pero lo que importa no es eso; por ello los que ridiculizan el 15-M al decir que no ha conseguido ni puede conseguir nada son unos ciegos que no entienden su sentido. Lo importante es eso que ya ha hecho, de lo cual se habló en una entrada anterior (cf. Multitud). Su importancia, que no cabe comprender si no es en relación al papel que está jugando internet en nuestro tiempo, radica en el cambio del modelo de mediación de la información (y por tanto del modelo sociopolítico) que inevitablemente se está produciendo, y que hasta ahora no ha hecho sino mostrar sus primeras consecuencias. El 15-M no es su causa, es su primera manifestación clara y multitudinaria; muchos más cambios llegarán con el tiempo.

Es cierto que los movimientos y asociaciones englobados bajo esta denominación pueden pecar en general de cierta ingenuidad, de cierto voluntarismo político conducente a poca o ninguna transformación real en el plano legislativo, pero insisto, ése no es su propósito (como repiten incesantemente los críticos que piensan con categorías sociológicas ya obsoletas debido al vertiginoso desarrollo tecnológico), que es el que ya cumplen estando en la calle y recuperándola para la ciudadanía qua ciudadanía (y no, por ejemplo, qua católica). Existe una perentoria necesidad de manifestar el desacuerdo con la situación actual y su gestión, que claramente da la espalda a la ciudadanía en favor de la banca, ante la que los políticos muestran un servilismo repugnante. Las contradicciones del 15-M no son suyas, sino que expresan una contradicción inmanente al sistema mismo, que encima exige a sus detractores que solucionen los problemas o se callen, mientras que la banca y sus lacayos no solucionan problema alguno pero no dejan de hablar. El 15-M representa la negatividad que critica lo dado sin avenirse al repertorio preestablecido de soluciones que inmediatamente asimilan cualquier alternativa y la convierten en parte del sistema mismo (si bien está en riesgo constante de resbalar por esa senda). Sólo de quien (como buen "liberal") es incapaz de ver esa contradicción sistémica y la proyecta compulsivamente a otros como una "anomalía" cabe decir que es un esclavo fetichista del sistema mismo; pero no de aquellos que lo critican. Y eso es precisamente lo que se está haciendo.

Sobre todo esto he escrito ya y he recibido por ello varios ataques absolutamente salvajes de amables desconocidos. Internet se presta a ello, pues es capaz de convertir en osado orador al más cobarde y necio. Pero es que la situación está así en todas partes. Se está implantando un terrorífico neoconservadurismo de corte fascistoide, en fraternal alianza (nada paradójica, por cierto) con el ultraliberalismo rampante. Que yo, en mi humilde posición, haya sido tan virulentamente atacado, es muy representativo de lo que está pasando. Campa a sus anchas la ira. Se ve en la calle, en las tiendas, en los bares, donde escuchar según qué conversaciones da hasta miedo. Pero lo pasmoso del asunto es el desconocimiento generalizado de lo que está ocurriendo en el mundo, la confusión de causas y efectos. Toda catástrofe necesita un chivo expiatorio; es una cuestión antropológica. Y en este caso es la izquierda (y no hablo ya del PSOE, por supuesto, sino de la izquierda como ideología), que al entender de la mayoría ha causado la crisis. El mecanismo propagandístico que lleva en marcha unos tres años es perfecto, imparable: “la izquierda es la ideología dominante (cosa de la que se ha conseguido convencer a muchísima gente), ésta nos ha metido en la actual situación, luego ésta debe pagarlo. Refugiémonos en los brazos de la derecha liberal, que sabe qué hacer en estos casos”. Sólo que a) la izquierda no es la ideología dominante, y ello por más que en algunos países estuvieran gobernando en el momento del estallido de la crisis partidos nominalmente de izquierdas (caso de España), o se la hayan encontrado tras ganar unas elecciones (caso de Grecia); b) la izquierda no nos ha metido en la crisis (aunque, ciertamente, no ha sabido qué hacer ante ella; pero es que no había mucho que hacer ante semejante colapso); c) es el neoliberalismo el que ha provocado la crisis, y el que ahora aparece (¿casualidad?) como el remedio de su propio desaguisado. 

Y todo (en España, pero también, por ejemplo, en EEUU, para que no tengamos complejo de inferioridad) ha salido perfecto. Qué fácil es culpar a la izquierda, a las políticas sociales o simplemente, como ahora, al funcionariado mismo, de los agujeros en las cuentas. Pero es que el problema no viene de ahí; las cuentas estaban bien con todo eso. El problema es que la desregulación del sector financiero (que no fue sino un caso de patente corrupción política) provocó tal descontrol en las prácticas bancarias y tantos falseamientos en los datos que los bancos y las aseguradoras empezaron a caer víctimas de sus propias trampas y, para evitar el colapso del sistema financiero internacional, los Estados decidieron cubrir las cuentas con su dinero, es decir, con el dinero de los contribuyentes. Y ahora ya no queda nada para éstos. La quiebra de los bancos se transfirió a la "gran banca" de los Estados, cuyos gobernantes han demostrado ser títeres de aquéllos. Los Estados se han desangrado en lugar de los bancos, pero la avidez y las exigencias de éstos no se detienen, y ahora embargan a los Estados, y éstos se dejan embargar. Los "mercados" (ese término genérico que evita nombrar por sus nombres y apellidos a los que están detrás de todo) siguen pidiendo más y más recortes, es decir, que les paguemos la fiesta. Y esta situación la ha causado el neoliberalismo, que se maneja con un cinismo sin igual al saberse sin alternativa tanto en el plano funcional (agentes económico-políticos) como ideológico (agentes periodísticos y free lance espontáneos y no tan espontáneos que pululan por la red). Pero resulta muy fácil, en un país políticamente analfabeto como España, señalar a la izquierda y decir: “han sido éstos”. La gente tiene una memoria colectiva que alcanza días o semanas, no más, y es diariamente reprogramada por los medios de comunicación. Ya se ha olvidado el origen de la crisis en EEUU y el subsiguiente rescate de la banca, que es lo que todavía estamos y seguiremos pagando.

(sigue)