Caminos del Lógos: Cinismo (III)
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martes, 13 de diciembre de 2011

CINISMO (III)

Proliferan por doquier los matones y perdonavidas “intelectuales” que se creen muy originales y auténticos pero que repiten hasta el tedio el catecismo fascistoide de Intereconomía, Telemadrid, La Razón, la COPE, etc. No digo que comulguen ideológicamente: digo que recitan sus editoriales como mantras, literalmente. Pero es que, además, no dejan de pregonar que son una “minoría”, que están siendo “censurados”, etc. Otro rasgo que ha acompañado siempre al despotismo en ciernes: afirmar, aun en el momento de la victoria, que se está siendo perseguido, que el adversario es abrumadoramente más poderoso y hasta omnipresente; ello justifica todas las barbaridades que se digan y se hagan a continuación. Es defensa propia.

Resulta en efecto un tanto escalofriante –por no decir repugnante– ver cómo surgen más y más pobres de espíritu que presumen de ser “la intelectualidad”, aunque luego no sepan ni hablar ni escribir, las más de las veces; gente que ha medrado gracias a la televisión digital e internet, que ciertamente han multiplicado las opiniones disponibles, pero sólo en la misma medida en que han mermado su calidad. En el caso de la televisión digital, de forma harto notable sólo han proliferado las emisoras tendentes a la extrema derecha; las mismas que dicen que Zapatero ha controlado férreamente los canales de información. Esa intelectualidad tan indigesta maneja por lo general un discurso muy alambicado, en el que gusta de introducir (la moda la empezó Jiménez Losantos, al que al menos no se puede negar que es un tipo leído) términos y expresiones del castellano barroco, porque así se parece más culto, aunque no se diga nada. De hecho, ése es el caso: todos dicen lo mismo; hasta por las frases que emplean se nota en el acto qué cadena de televisión o radio o qué periódico siguen, por más que siempre afirman que esas ideas “son suyas” y que son los demás los “manipulados”. De todas formas, se mantienen en cierta ambivalencia delatadora. Siguen utilizando el término “intelectual” con desprecio, como han hecho siempre (son los del “muera la intelligentsia”), al igual que otros como “librepensador”, que por otro lado nadie salvo ellos (que llevan más de un siglo de retraso mental) utiliza hoy; dos términos cuya génesis histórica, como es sabido, está asociada a la izquierda y al ateísmo. Pero, como no pueden reconocer abiertamente que están contra la razón, y lo de gritar “vivan las cadenas” ya no vende, no dejan de decir cosas como que los que no son ellos son “intelectualmente inferiores”. No les gusta el sustantivo “intelectual”, ciertamente, pero emplean mucho el adjetivo; se les ha quedado pegado a la boca desde el 11-M.

Ante una situación tan dramática como la actual, estos pseudointelectuales no hacen más que repetir que la víctima es el culpable, y viceversa. ¿Casualidad? No; ése es su papel. Toda enfermedad tiene sus síntomas, y ellos son uno de esos síntomas, tan molestos como predecibles. Sólo ven en las protestas civiles los intereses perversos y oscuros de cierto partido político que “controla las masas”; aunque, curiosamente, en las manifestaciones irracionales de ciertos sectores de la población en contra de los derechos civiles de minorías o en favor del sometimiento del Estado a la iglesia sólo ven ejercicios de “libertad individual”. Creen que no existe conflicto alguno en la sociedad simplemente porque a ellos les ha ido muy bien, y cuando el conflicto estalla –porque a otros les va muy mal– se imaginan que es el resultado de la manipulación de agentes políticos que persiguen “intereses tácticos”, gente inmoral que sólo busca “su beneficio” a expensas de “la sociedad” (la sociedad, o el pueblo, son siempre los que piensan como ellos; los que no, son molestos intrusos que harían mejor en “irse del país, si no les gusta”). Así, los llamados “indignados” –término que no me gusta, pues es más periodístico que otra cosa– o son unos estúpidos manipulados, o directamente son agentes del PSOE en contra del PP (aunque, irónicamente, hayan tenido mucho que ver con la debacle electoral del primero) que le iban “calentando la calle” en previsión de la inevitable derrota electoral, y que ahora, consumada ésta, van a constituir una suerte de kale borroka al servicio de Ferraz. En el menor de los casos, serían simplemente unos “punkis”, unos “zarrapastrosos”, unos “perroflautas”; gente de suyo despreciable bebiendo litronas y meando en la calle, que es lo que para muchos ha sido el 15-M. Pero, en fin, no deja de ser el argumentario de los que en otras épocas persiguieron el “contubernio judeo-masón” y otras quimeras.

Allí donde uno se topa con estos intelectuales orgánicos, siempre halla lo mismo: afirman no tener “prejuicios ideológicos” (algo muy propio de los “liberales”, dado que ellos, como buenos tecnócratas, no son ni “de izquierdas” ni “de derechas”, por supuesto: ellos son inclasificables, únicos y libres) y hablar, por tanto, desde la imparcialidad o el carácter “apolítico”. No asumen sus propios supuestos teóricos y políticos porque, sencillamente, no son tales para ellos, sino algo “natural” (así como en toda dictadura los más adictos al régimen siempre dicen que son “apolíticos”, dado que la política es sólo “cosa de partidos”). Consideran, en efecto, que ellos son “individuos autónomos y reflexivos”, mientras que los demás son una masa aborregada controlada desde un despacho.

Los caracteriza un protofascismo de corte populista cuyo modelo a seguir –y no es casual que lo sea, en un país como España– es Belén Esteban: el salvajismo en las formas, el recurso continuo al insulto y la humillación (que no deja al margen ni a las familias de los criticados), la prepotencia y la chulería (con constantes referencias a "sus cojones"), y en suma, hacer del otro un enemigo, un criminal o simplemente un ser inferior (guarro, sucio, vago). Sus adversarios son todos “hipócritas” y “estúpidos”, no como ellos, que custodian verdades y valores eternos. En los últimos años han desarrollado una estrategia que les da buen resultado: cogen todas las palabras, todos los conceptos, y les dan la vuelta, usándolos de un modo totalmente torticero, por lo general contrario a su sentido habitual. Todo lo meten en su batidora ideológica y sacan purés que luego arrojan sobre los demás. Así, los que no son como ellos son unos “pijos”, mientras que ellos son los “trabajadores” –afirmación harto chocante, muy a menudo, teniendo en cuenta quiénes son y a qué se dedican–. Ellos son los que representan al pueblo de verdad, no como esos niñatos que están siempre manifestándose; éstos tienen la osadía de atribuirse (dicen ellos) algo que es patrimonio de la derecha y los liberales, que siempre hablan por boca de “el pueblo” o “la patria”, pero no soportan que lo hagan otros (si es que lo hacen).

El cinismo llega al culmen cuando llaman "pequeñoburgués" al que se manifiesta contra la situación actual, mientras ellos no dejan de hacer la más vomitiva apología de los intereses de los ricos, al parecer coincidentes con los de los trabajadores (y ello basándose en la deliberada confusión del empresario con el rico, como si el dueño de un bar no fuera un trabajador más, por muy propietario que sea). Si defender los intereses de los ricos –ya que se esperan las migajas de sus manteles– cuando se es un trabajador (aunque éstos, ¿son tal cosa?), en vez de los de la propia clase trabajadora, no es ser "pequeñoburgués", yo ya no sé qué es. Estos tipos no dejan de decir que se quiere acabar con las libertades, cuando son los que niegan los derechos civiles de ciertos colectivos y, en general, quieren prohibir legalmente todo aquello que sea pecado (y eso que muchos de ellos van de agnósticos). Odian a muerte al funcionario, al sindicalista y a otros grupos, porque según ellos se trata de parásitos sociales que no producen riqueza, sino que viven "a expensas de los demás". No entienden, al parecer, que alguien pueda cobrar por enseñar, curar enfermedades, mantener las calles limpias, gestionar la administración pública, o defender los derechos de los trabajadores. Ellos, partiendo de su concepción empresarial de la sociedad –esa que quieren hacer pasar por "natural"–, sustituirían el funcionariado por el sector privado (para quien pueda pagarse todos esos servicios); y para defender los auténticos derechos del “individuo”, cómo no, la iglesia. A ellos siempre les han preocupado "las personas", dicen. Pero es persona el que ellos admitan como tal; a saber, el burgués.  

Esta gente, como ya decía (e insisto: no me refiero sólo a los grandes medios de comunicación, sino también, y sobre todo, a este campo de batalla que es la red, el océano de información en el que diariamente se vierten toneladas de residuos ideológicos), considera que todo el mundo está al servicio del poder salvo ellos, que sin embargo son los que defienden la ideología en boga en estos oscuros tiempos (pues ven "intereses particulares" por todas partes, salvo los suyos, que son "generales"); y además, para mayor dramatismo, van de “últimos”, “perseguidos” y, en suma, de “tiradores solitarios”, cuando son los hostigadores. Para ellos el 15-M es un grupo de presión socialista (cuando ha contribuido no poco a sus dos derrotas electorales consecutivas), los “chicos de Rubalcaba” (cuando se trata de un movimiento global que se opone a gobiernos de “izquierdas” o “derechas” según el país). Esos manifestantes son ignorantes repetidores de consignas (cuando el núcleo duro que inició todo estaba formado por élites universitarias que vieron dinamitado su futuro de la noche a la mañana, a los que sin embargo éstos replican, sin entender nada: “¡ponte a trabajar!”), un rebaño mugriento que tiene el atrevimiento de hablar fuera de los canales establecidos, o sea, los que mantienen todo siempre como estaba.

Ahora bien, los manifestantes no pretenden subvertir el orden ni la ley, ni hablan en nombre del “pueblo”, que no es más que una abstracción; hablan desde el punto de vista de la ciudadanía (un concepto bastante más tangible), y lo hacen –con mayor o menor acierto– empleando conceptos políticos, y desde luego no apelando a rancias moralidades ya obsoletas (las que hablan de la "decencia" y el "orden establecido") ni a teologías políticas que han evidenciado su absoluta falsedad pero que algunos siguen entonando cuales músicos del Titanic. Se tacha a los manifestantes de “comisarios políticos” de un nuevo orden que quiere “refundar la sociedad” sobre unas bases nuevas, arbitrarias; pero al margen de que toda regla es arbitraria, no pretenden hacer nada de eso: reivindican únicamente coherencia al engranaje político-jurídico-económico, es decir, que éste sea lo que afirma ser y no está siendo. Es curioso que se les tache de tales, cuando los comisarios políticos de ese nuevo orden que solapadamente se está imponiendo a la ciudadanía son precisamente los que denuncian a aquéllos y peroran acerca de la continuidad, la legalidad, etc. Los mismos que afirman que todos están condicionados salvo ellos, que son libres; los que defienden la verdad y el bien "por encima de toda ideología", o intentan hacer ver (el resultado es el mismo) que "ya no hay ideologías" para justificar que todo el mundo es igual de mezquino que ellos. Sostienen una contradicción que difícilmente pueden justificar: dicen que los manifestantes son (todos ellos) niños bien que quieren mantener su estatus ahora amenazado (por otro lado, ¿por qué un “liberal” ve mal que alguien defienda sus propios intereses?), pero a la vez que se ríen del 15-M intentan asustar a la parroquia diciendo que es un movimiento “revolucionario” (afirmación ridícula; no es más que un movimiento cívico) que pretende acabar con todo lo bueno y honrado en el mundo. Resulta demasiado cínico que se hable de intentos de revolución o incluso de conatos de golpe de Estado –como cuando los manifestantes quisieron acampar frente al Congreso– porque las plazas públicas se conviertan en ágoras, que es lo que siempre deberían ser; pero que no se considere un golpe de Estado triunfante el que los mercados derroquen gobiernos y pongan a sus sirvientes (cuanto menos, a unos sirvientes más leales que los anteriores) al mando. Porque eso es lo que está ocurriendo en toda Europa: que se está dando un silencioso golpe de Estado tras otro, y ello con la aquiescencia de la aterrada ciudadanía, ansiosa de que nuevos dictadores le digan qué hacer para salvarse. Algo muy acorde con el neofascismo instalado en la mayoría de los medios de comunicación.

(sigue)