Caminos del Lógos: Cinismo (IV)
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martes, 27 de diciembre de 2011

CINISMO (IV)

En realidad no es correcto hablar de “neofascismo”, por más que éste se dé en las formas y en numerosos motivos ideológicos. Lo que está en marcha es más bien un lento e implacable proceso de neofeudalismo, deriva inevitable del neoliberalismo que para tantos es sinónimo de libertad. Pero se trata, como en el Medioevo, de la libertad del señor feudal. Los nuevos señores son las grandes multinacionales y los bancos, con la diferencia de que ahora, en la era de la información y de la licuefacción de las relaciones sociales –que no se identifican, pero sí se sostienen sobre relaciones productivas–, el feudo es inespacial, como lo es la propia riqueza. Ciertamente, el Imperio –los Estados tal y como los hemos conocido, el llamado “orden internacional” resultante de una serie de revoluciones y guerras– se disgrega, como ya le ocurriera a Roma. Como entonces, convergen ahora el crack económico de los Estados y el naufragio de la asustada ciudadanía en la religión. Eso sí, ahora ocurre en una era globalizada y altamente tecnificada en la que todo proceso tiene repercusiones instantáneas en todo el mundo a la vez y en la que la barbarie es por lo general denominada “progreso”.

Sin embargo, ese crack tiene mucho de ficticio. Por decirlo de algún modo, la crisis no “ha ocurrido”, sino que “nos la han hecho”. No es más que la coartada para algo que venía gestándose desde hace décadas y que ahora encuentra su coyuntura propicia. Cabría diferenciar en esta crisis, en efecto, tres aspectos:

1) En primer lugar, lo que la ha provocado, sus causas próximas. Y esto es bastante conocido, salvo para los que gustan de taparse los ojos y los oídos. Lo que empezó este dominó macabro no fue otra cosa que un inmenso timo piramidal, que es lo que venía siendo el sistema financiero internacional desde que empezó a ser desregulado hasta serlo casi totalmente a partir de los ochenta: bancos prestando un dinero que no tenían esperando que otros bancos les adelantaran el dinero que a su vez tampoco tenían; todo ello descansando en última instancia sobre hipotecas y prestamos dados sin control alguno debido a la tremenda competencia entre productos financieros. Y las agencias de calificación haciendo de árbitros en este juego absurdo, mientras comparten intereses con los bancos y participan en el chantaje a los Estados.

2) En segundo lugar, lo que se aprovecha para llevar a cabo, lo que estaba ya planeado esperando una ocasión adecuada, la excusa que ahora brinda la crisis: el desmantelamiento programado del llamado “estado de bienestar”. Simplemente, se está procediendo a una destrucción sistemática del nivel de vida de la ciudadanía occidental, que se alcanzó fundamentalmente en los tiempos de la confrontación del mundo capitalista contra el comunista tras la Segunda Guerra Mundial y que ahora (“ahora” es desde los ochenta, cuando empezó a fraguarse la actual situación, pero sobre todo a partir de los noventa) ya no es “necesario”, puesto que sale muy caro a los grandes capitalistas y resulta inútil cuando no hay un enemigo a las puertas. En efecto, el estado de bienestar se edificó básicamente como cortafuegos ante las revoluciones del este, y aniquilado el comunismo –pues hasta China es capitalista ya– y adocenada la población (décadas de televisión la han dejado lobotomizada), ya no es necesario; ha jugado su papel con éxito. Si no hay guerra fría, la gente no necesita vivir tan bien en occidente. La gente vivía bien –en general– porque los capitalistas tenían miedo. Hoy ya no lo tienen; luego la gente no tiene por qué vivir bien. Y “bien” aquí significa “con dignidad”.

3) En tercer lugar están los movimientos a largo plazo, que resultan por supuesto ingobernables e impredecibles, pero en los que cabe entrever lo siguiente: el capitalismo, como modo de producción, se enfrenta a su ruina –seguramente tenga una vida mucho menor que otros anteriores, debido a su infinitamente mayor voracidad–, que sólo puede demorar a costa de crecer, lo cual cada vez es más difícil –ya ha alcanzado el límite expansivo (aunque todavía no el intensivo) de su desarrollo–. Cuando el mundo entero es capitalista, el capitalismo ya no tiene adónde extenderse. Por si fuera poco, la competencia económica con China y otros países emergentes dificulta la tarea todavía más a los grandes capitales occidentales. De ahí que, para seguir creciendo, el “libre mercado” (¡esa impostura!) decidiera hacer trampas al solitario y empezar a vivir a expensas de su propio futuro (eso de lo que ahora se culpa a la ciudadanía estafada y expropiada): en eso consistió la desregulación del mercado. Fingir que todo va bien hasta que todo se haya desmoronado. Da igual; los verdaderamente ricos nunca van a caer. Toda transición les favorecerá.

¿A qué ha conducido la supuesta “racionalidad” del “libre mercado”? Es muy sencillo: una vez alcanzado el impasse histórico en que se encuentra, para que la maquinaria pueda seguir girando hay que devolverla a un estado anterior. Y ello quiere decir que hay que destruir una inmensa cantidad de tejido socioeconómico –lo cual implica en términos prácticos regresar a unas condiciones sociales casi decimonónicas, previas al “estado de bienestar”– para volver a empezar. No son los “indignados” del mundo los que quieren refundar el orden social: es el propio capitalismo. Dicho de un modo aún más gráfico: hay que reproducir en occidente las condiciones de vida del mundo subdesarrollado (¡y no al revés!) para poder competir con él. O sea, para que nuestros ricos puedan seguir siendo tan ricos como antes. El taller textil chino es el modelo laboral hacia el que vamos, cada vez más deprisa. Pero esto nadie nos lo dice así, por supuesto. Lo que se está procediendo a hacer, consecuentemente, y ello bajo el chantaje constante e interminable de los mercados y la “falta de financiación”, es la privatización –previa anatema– de lo público, o lo que es lo mismo, la destrucción de lo político, única instancia que podría imponer cierta racionalidad (freno) al mercado. Como se hace con cualquier empresa, se están comprando los Estados y se venden por partes; todas las medidas supuestamente encaminadas a “salvarlos” van en esa dirección.

Se habla de la inevitabilidad de las decisiones tomadas, medidas desesperadas que sólo pretenden evitar el desastre total, lo cual es cosa de risa viendo cómo los beneficios de las grandes multinacionales siguen aumentando sin cesar, lo cual no les impide seguir despidiendo a miles de empleados para aumentar más todavía ese margen de beneficios. Pero se ha establecido como un tópico el odioso argumento de que “todos tenemos culpa de la crisis; hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Esto es mentira, y además un insulto a la inmensa mayoría de trabajadores que han estado viviendo al día para poder comer, pagar las facturas y la hipoteca –o el alquiler, que lo mismo da–. La mayoría no tiene la culpa de lo que han hecho ciertos pequeños sectores a los que, además, la crisis no ha afectado especialmente; pero hay que justificar el sangrado de la ciudadanía a toda costa. A la hora de hacerlo, se ha llegado incluso a decir –por parte de alguno de esos mamporreros del neoliberalismo– que toda protesta contra esta situación no es más que la pataleta de los “niños ricos” (jugando con esa ambivalencia que quiere hacer pasar a todo manifestante por un “pequeñoburgués” que “no quiere trabajar”, cuando los que así los señalan defienden entretanto los intereses de los “viejos ricos”) de occidente que quieren seguir viviendo de explotar al tercer mundo, y se lamentan de no poder hacerlo ya en esta época de cambio global y emergencia de nuevas potencias económicas. Otra forma de encubrir el fraude que se ha cometido: culpar a “los de fuera” de estar tras la crisis, debido a la competencia desleal, cuando las causas de la crisis son absolutamente inmanentes al sistema.

¿Pero qué quieren hacernos creer? ¿Que esta crisis viene producida por un “reparto” mundial de riqueza que perjudica a occidente? ¿Que el dinero que “desaparece” aquí está yendo a parar a los países subdesarrollados? ¡Por favor! El dinero no desaparece; todos sabemos dónde está. Esta crisis no es más que un gigantesco proceso de concentración del capital, como lo han sido otras en el pasado: los grandes capitales –en su mayor parte occidentales– liquidando cuentas y diciendo: “vuestro trabajo, y todo lo que habíais conseguido con él, para mí. Muchas gracias. Volved a empezar. No necesitáis vivir tan bien, os podéis conformar con menos”. El plan que se estaba ejecutando ya antes del estallido de la crisis, pero que ahora tiene excusa para hacerlo de forma abierta y encontrar apoyo en la ciudadanía. Igual que se desreguló el mercado financiero, ahora se desregula casi por completo el mercado laboral, que retorna a una precariedad que supone desandar un siglo de historia y destruir sin más los derechos adquiridos por los trabajadores (a menudo con su sangre); y el siguiente paso es desmontar el sector público, con un plan cuya experiencia piloto en España es la Comunidad de Madrid: se lo estrangula económicamente para así poder quejarse de que lo público es ineficiente y funciona siempre mal; se rasgan las vestiduras por la evidente incompetencia e improductividad del funcionariado, y por último, se privatiza –cuanto menos, su gestión–, haciendo de paso ricos a algunos amigos. Esto, por más cobertura ideológica que se le dé, no es una forma de hacer política: es lo antipolítico mismo, la destrucción de lo público como operación de ingeniería económico-social.

Pero no falta quien aclame estas medidas “salvíficas”. Y lo hacen en nombre “del pueblo”, “de la libertad” y “de los derechos individuales”. Hoy ya no vale el “no lo saben, pero lo hacen” de Marx. Ahora es, como la llama Sloterdijk, la razón cínica la que, frente al espíritu de la modernidad, caracteriza este tétrico pasaje de la historia: todos lo saben y a pesar de ello todos dicen lo contrario.