Caminos del Lógos: Complejidad
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martes, 16 de febrero de 2010

COMPLEJIDAD

La filosofía no es el empeño de arrojar algo de luz sobre la oscuridad, sino la pretensión de penetrar en la oscuridad misma y habitarla. Que esa oscuridad sea la del concepto o la de lo intuitivo o la de lo inefable, es cosa que queda ahora al margen, aunque yo tengo una idea muy clara al respecto. Sea como sea, ese carácter de la filosofía, naturalmente, la hace esotérica, cosa que causa el mayor recelo. No es más esotérica, en realidad, que las matemáticas o la física, pero éstas no provocan ningún recelo, puesto que "hacen cosas", mientras que la filosofía no. De ahí la tentación de los "filósofos", hoy, de rebajar el nivel teórico de su discurso para hacerlo accesible al gran público y así poder ser escuchados. Ése es su "hacer". Pero eso es como vender el coche para comprar la gasolina; no se ha ganado nada con ello (salvo, a lo sumo, una efímera fama).

El filósofo debe salir de la oscuridad tarde o temprano, volver a la caverna (que es, al contrario que en el mito platónico, el recinto de la "luz", de la Öffentlichkeit), pero siempre arrastrará la oscuridad consigo. Al lego, a lo sumo, podrá comunicarle ciertas conclusiones de su discurso, que por no ir acompañadas de su recorrido previo, difícilmente serán comprendidas, y no digamos aceptadas. Pero hay que evitar a toda costa la tentación de la divulgación, que constituye por el lado subjetivo de la verdad el mismo fracaso que la trascendencia por el lado objetivo. La claridad, pese a Ortega (cuya mayor obra, que es indiscutiblemente La idea de principio en Leibniz, es extremadamente confusa, aparte de inacabada), no es la cortesía del filósofo. Así se lo reprochaba Horkheimer, cuando decía que la sencillez del lenguaje simplifica su objeto, obviando los verdaderos problemas que éste oculta. O, en expresión de Lévi-Strauss, "el fin último de la explicación científica no consiste en conducir la complejidad a la simplicidad, sino en sustituir una complejidad menos inteligible por otra más inteligible". La complejidad del objeto, en efecto, debe verse reflejada en la complejidad del discurso, que debe hacerlo comprensible a quien pueda comprenderlo, no a los que no pueden. Que la mayoría sea incapaz de comprender algo (o, simplemente, no quiera hacerlo), cosa que cada vez va a ocurrir más, no debe implicar que los que sí son capaces renuncien a hacerlo. Una vez más, la verdad no es democrática.

Con su magnífica ironía, Heine ya decía esto en el siglo XIX. Alababa el discurso especulativo del idealismo alemán (a Kant y a Hegel, sobre todo), puesto que sus complejísimas construcciones teóricas, que intentaban emancipar al hombre, precisamente por complejas no se dejaban manipular por tiranos ni convertir en un nuevo credo por los religiosos (por los jesuitas, decía él). Y ésa es la situación ante la que la filosofía se encuentra, ahora y siempre: lo que debe decir, debe decirlo de forma que no pueda ser tergiversado ni manipulado por el poder. Debe proteger esa oscuridad que forma parte de su propio contenido, por más que sea tachada de "pose". Y eso por mucho que le pesara a Arendt y otros como ella; la filosofía, en cuanto vita contemplativa, no forma parte de la democracia, en efecto, pero es necesaria, precisamente, para recordarle a la democracia lo que ella presume de ser y tampoco es.