Caminos del Lógos: Cultura
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lunes, 23 de marzo de 2009

CULTURA

Existe una alta cultura, por más que los teóricos del democratismo cultural sostengan que la separación entre ésta y la cultura popular es clasista y está obsoleta. El límite entre ambas muchas veces no está claro, es cierto; muchas obras que hoy se consideran "alta cultura" han sido en su momento cultura popular, para el pueblo. Así, por ejemplo, todo el teatro de Shakespeare. La barrera no es infranqueable. Pero esa dicotomía no sólo no es disuelta con la sociedad de masas, sino que aparece con ella. La producción cultural se homogeneiza con el resto de la producción material del mundo y comienza a banalizarse. Sólo entonces aparece como una oposición formal, de concepto, lo que antes lo había sido meramente de calidad, de perfección. Muchas veces el problema de la cultura popular no descansa tanto en la masificación del público como en la masificación de la "intelectualidad". Con ésta llega la deflación al pensamiento.

De todos modos, pretender hoy en día no mancharse con la cultura popular es fingir la exquisitez de quien come con guantes. En lo cultural tampoco hay "almas bellas", diríamos parafraseando a Hegel. La diferencia entre una persona "culta" y una persona "vulgar" no radica en que la primera consuma sólo alta cultura y la segunda sólo cultura popular, sino más bien en que la primera consume ambas (nótese que hablar de "consumo" de cultura ya es un rasgo propio de la cultura popular). No hay que avergonzarse de ello; la cultura popular ha dado en ocasiones grandes obras que el tiempo termina reconociendo como genuinos frutos inmortales del espíritu humano. Y, a la inversa, muchas obras tenidas en su momento por alta cultura se van deshaciendo lentamente hasta mostrar su esqueleto de baja cuna. La clave está en reconocer que lo que a uno le gusta puede ser bajo, mediocre, y no querer hacer pasar los gustos mayoritarios y embotados por la bazofia que produce la industria cultural por genuinas obras de talento, cuando no lo sean. El gusto se desarrolla, como todo, con el uso, pero hay que forzarlo a ir más allá del repertorio habitual de cosas conocidas. Éste es un componente fundamental de la educación que hoy se ha olvidado por completo; pero la importancia de la educación estética, el desarrollo del gusto como un componente esencial de la formación de la persona, ayuda a salir de la mediocridad y de esa asfixiante nivelación a la baja que produce orgullosa la democracia actual.

No se puede vivir sólo de la alta cultura. El elemento popular, como supieron ver los románticos, forma el humus, el material del que la alta cultura se nutre, quiera reconocerlo o no: todo lo bajo, vil y mezquino que el hombre es. La diferencia entre la alta y la baja cultura no está en los contenidos, sino en la forma que el autor sepa darles. Por ello la baja cultura puede llegar a hacerse valer como signo de los tiempos y convertirse en alta cultura cuando reflexiona acerca de sí misma e intenta liberar su propio concepto del medio que la genera.

Pero en la defensa a ultranza de la cultura popular hay algo de resentimiento, de rencor: el de quien no quiere que nadie disfrute de placeres más sofisticados que los suyos. Una cuestión de envidia, podría decirse. Se pretende, y ello desde instancias institucionales y "culturales", que todos seamos igual de mediocres; que nadie se crea mejor por tener un gusto más sensibilizado. La alta cultura es vista como antidemocrática, pues no se ciñe al gusto de la mayoría. Y en esto, por una vez, la percepción vulgar acierta; ahora bien, lo que habría que hacer es fomentar ese carácter "antidemocrático" (antipopulista), en aras de una democracia superior. La alta cultura puede llegar a gustar a todos; la baja cultura siempre será para mediocres. Lo que pasa es que hoy, más o menos, todos los somos.