Caminos del Lógos: Disciplina
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martes, 12 de mayo de 2009

DISCIPLINA

Se suele pensar que la libertad consiste en hacer lo que a cada cual le venga en gana, y que tanto más libre se es cuanto más se abandona uno al puro arbitrio. Una concepción de la libertad entendida como indiferencia, en el fondo: lo mismo me da por hacer esto que por hacer aquello, y mi libertad estribará en que nada ni nadie me estorbe. Pero, al margen de ese límite que es el derecho de los demás (vamos a dejarlo de lado para no caer en ciertos tópicos, puesto que no hablamos de moralidad, sino de simple y llana libertad), la reflexión que es preciso hacer es que uno no puede ser libre cuando, creyendo serlo, no hace sino repetir automatismos sociales, por más que los tome por decisiones propias (hasta cuando cree ser más crítico y rebelde que nadie), sencillamente porque no sabe bien lo que hace. Por tanto, para ser libre hay que saber qué se hace, en qué mundo se vive. La cultura, en el más amplio sentido, es un componente esencial de la libertad.

Decía Kant que la cultura es «la producción de la aptitud de un ser racional para cualquier fin, en general (consiguientemente, en su libertad)». Dicho más claramente, la cultura capacita para una diversidad de cosas, proporciona un horizonte vital no atado únicamente a un fin, o a unos pocos, sino abierto a un número potencialmente ilimitado. En ello radica la libertad. Platón, desde luego, se equivocaba cuando identificaba sin más la virtud (y con ella la libertad) con el conocimiento, como si sólo por conocer se fuera ya libre (además de moralmente bueno); pero es un hecho que sin cultura no hay libertad, por más que se quiera creer. A lo sumo se podrá escoger entre las pocas opciones dadas, sin poder aspirar a crear o descubrir opciones nuevas. El que no conoce vive atado a lo que tiene delante, a lo que le ponen delante, y no es capaz por lo general ni de imaginar que pueda haber algo más. Por eso le gusta reírse y afirmar con gesto suficiente que quien sostiene que hay algo más allá de lo que él “sabe” está delirando. Cree que sus propias limitaciones son límites para todo el mundo. La ignorancia es vanidosa.

No es por tanto libre el ignorante, por satisfecho que esté de su ignorancia. Toda libertad fáctica parte de la intelectual, la que verdaderamente libera, al ampliar nuestro horizonte, nuestras miras. Con la libertad intelectual, y sólo con ella, se extiende la libertad de acción, esa a la que solemos llamar “libre albedrío”, creyendo que es un comienzo, cuando es un resultado. Sólo con la distancia frente a las cosas aumenta nuestra independencia de ellas, que, aunque siempre será relativa, nunca consistirá, desde luego, en la mera indiferencia frente al mundo en que vivimos.

Esto no es ningún secreto, sino algo que cualquiera con dos dedos de frente entiende perfectamente. De ahí que todo intento institucional de mermar la cultura de los jóvenes, de la futura ciudadanía, no se pueda entender en otro sentido que como un intento de aborregar a la población; y todo aquel que sostenga que «no hace falta saber» (todo aquel que muestre una especie de aversión a la teoría) colabora en ello.

Pero cultivarse es largo y trabajoso, desde luego. Requiere de tiempo y dedicación. Para ser libre hace falta disciplina: mensaje impopular donde los haya. Todo cuesta un esfuerzo, y quien cree que hay atajos en la vida se equivoca. Es el propio sistema el que hace creer que hay atajos (o los crea, cuando le interesa, para unos pocos elegidos). Pero no se puede confiar en ello. El carpe diem latino no significaba, desde luego, lo que nuestros jóvenes creen: «no pienses en el futuro». Esa “libertad” que no deja nada sólido tras de sí, sino que se limita a “expresarse”, no es ni será nunca nada parecido a la verdadera libertad; es más bien la única salida que el mundo actual concede a la gente, que se cree libre en ese conformismo de la rebeldía encauzada en formas socialmente aceptadas.

No obstante, quien diariamente fracasa en su intento de hacer comprender esta idea a sus alumnos no puede esperar otra cosa que ser siempre malinterpretado, como sin duda lo será este escrito. La idea aburre, y las demás opciones resultan mucho más cómodas y entretenidas.