Caminos del Lógos: Ditirambos (II)
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miércoles, 19 de enero de 2011

DITIRAMBOS (II)

En “El sol se pone” hallamos elementos que conectan más directamente aún con la visión dionisíaca del mundo.

«¡Día de mi vida!,
el sol se pone.
Ya está la tersa
pleamar dorada».

El “día de la vida” es el ciclo solar que se describe a lo largo de todo el Zaratustra –más de un día, años en realidad, pero el significado alegórico es claro, y tiene que ver con los estados de ánimo de Zaratustra y con la doctrina que en cada momento sostiene–, de la mañana a la noche, pasando por el mediodía, para volver a empezar a la mañana siguiente (Z, “Das Zeichen”). Pero en este momento “el sol se pone”; ya sabemos qué significa esto: es el momento del ocaso, de la muerte, del inevitable cumplimiento del ciclo. El sol se pone tras el mar, que baña en su luz. El mar es Dioniso, sereno, aguardando; el sol es, naturalmente, lo apolíneo, hundiéndose tras el mar tras haber girado durante un “gran día”; enfrentados durante ese intervalo, Apolo y Dioniso se reencuentran durante la noche, en la muerte, para volver a empezar su juego al día siguiente.

«A mi alrededor sólo olas y juego»,

dice más abajo. Ésta es la imagen sublime del destino que aguarda a todo lo existente, al hombre mismo. El superhombre vive conforme a la serenidad que en ese juego adivina ya Zaratustra, la comprensión de esa “séptima soledad” antes mencionada como la necesidad de la muerte:

«¡Serenidad áurea, ven!
¡Tú, de la muerte
el más secreto y dulce paladeo!
–¿Corrí demasiado aprisa mi camino?
Sólo ahora que el pie se ha cansado,
me llega tu mirada,
me llega tu felicidad».

Para terminar, en “Gloria y eternidad” se muestra claramente la ley de la necesidad, la justicia que rige el juego del mundo.

«¡Supremo astro del ser!
¡Tabla de eternas obras de arte [Bildwerke]!
¿Vienes a mí?
Lo que nadie ha contemplado,
tu muda belleza,
¿cómo? ¿Es que no huye de mis miradas?

[…]

¡Blasón de la necesidad!
¡Tabla de eternas obras de arte!
–Tú ya sabes esto:
lo que todos odian,
lo que sólo yo amo,
¡que eres eterna!
¡que eres necesaria!
Mi amor se inflama
eternamente sólo ante la necesidad.

[…] 
eterno Sí del ser,
eternamente soy yo tu Sí:
¡porque te amo, oh eternidad!»

Con este verso final, que retoma el motto de Z, “Die sieben Siegel” –donde también, presumiblemente, y como cierre a la tercera parte del Zaratustra, que en principio iba a ser el final de la obra, Nietzsche nos desvela la visión que el profeta ha tenido durante su delirio–, se nos muestra la actitud vital del superhombre ante la experiencia del ser, de lo eterno que toma infinitas formas, que retorna eternamente bajo siempre diferentes Bildwerke apolíneas. Cada una de éstas constituirá un espacio de libertad que finalmente habrá de sucumbir para que se puedan crear otras. Y el supremo acto de libertad consiste en querer perecer libremente con ellas, por amor a la “muda belleza” de la necesidad. Entretanto hay que vivir demorándose

«ante los abismos
donde todo en derredor
quiere caer».
(DD, “Entre aves rapaces”)

La experiencia del ser se consuma así como experiencia de la nada, plenamente asumida.