Caminos del Lógos: Educación (I)
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lunes, 7 de septiembre de 2009

EDUCACIÓN (I)

La gente no llega a imaginar lo que está ocurriendo hoy en día en nuestras aulas; manda allí a sus hijos, donde se supone que les van a educar, y cuando terminan las diferentes etapas se da por supuesto que están ya capacitados a ese nivel. En realidad, a nadie le importa si es así; nadie pregunta nada: se da por supuesto y punto. Nadie quiere saber (porque todo el mundo tiene la culpa) que lo que se está haciendo en los centros educativos no es más que una farsa. De vez en cuando los casos de violencia salpican los telediarios y entonces se escapan suspiros y se dan golpes en el pecho. Por parte de algunos, ni eso, pues consideran que el profesor está ahí "para aguantar", ya que "le pagan para eso" (lo cual no es cierto; no le pagan para eso). Pero el auténtico problema no lo quiere ver nadie, es más, hay un tremendo interés en que no se vea. Se finge que las cosas, en general, no van tan mal, y se sigue adelante. Otra vuelta de tuerca más. Pero, desde la perspectiva de este humilde profesor de secundaria, que engrosa las filas de los apocalípticos a los que bajo ningún concepto se debe escuchar, el sistema educativo español, simplemente, no existe. Su fracaso es completo, y lo milagroso es que puedan surgir excepciones de él, como flores en un lodazal.

El diagnóstico del problema no es ni mucho menos sencillo, ya que sus causas son múltiples. Pero no va desencaminado decir que su origen es ante todo institucional. El desmantelamiento del sistema educativo depende ante todo de instancias político-educativas que sólo persiguen su autoperpetuación en el poder y la servidumbre a intereses económicos ajenos al interés público. Su pretensión, en efecto, no es otra que crear una raza de instrumentos pasivos que no puedan amenazar bajo ninguna circunstancia el orden establecido. Si bien la competencia entre naciones debida a la revolución científico-tecnológica llevada a cabo en el siglo XX llevó a los gobiernos occidentales a la instrucción de la gran masa social, el caso es que a partir de los sucesos de mayo del 68 el poder tomó nota de algo fundamental: los estudiantes, y la ciudadanía en general (en algunos países, claro, entre los que no estaba España), sabían demasiado. Eran las generaciones, seguramente, mejor preparadas (en cuanto generaciones) de la historia. Y eso empezaba a resultar muy peligroso; había que corregir ese defecto del sistema, que creaba una inestabilidad creciente, ya que un pueblo instruido es un pueblo que no se deja manejar fácilmente. Así que empezó una labor de deconstrucción de los sistemas educativos nacionales, con el fin de crear expertos en las diferentes materias, especialistas muy cualificados (imprescindibles en el tecnificado mundo actual), que no supieran de nada más fuera de su propia materia. Ése es el interés que persigue en todo momento lo que hoy llamamos "educación", y que nada tiene ya que ver con planteamientos ilustrados y cosmopolitas: crear instrumentos útiles para la sociedad, e inocuos para el poder. Su única libertad habría de ser la diversión escatológica (panem et circenses), el consumo desaforado, y por supuesto poder ir a las manifestaciones y mítines del propio partido: el concepto liberal de la libertad.

La cultura se convirtió en el enemigo a batir, y ello bajo la bandera de una excelencia académica que representaba en realidad el fin de todo saber. Todo lo "inútil" (etiqueta que ponen los empresarios, y que coincide con todo aquello que no les proporcione beneficios a ellos) fue eliminado progresivamente: y lo inútil no es otra cosa que aquello que permite cuestionarse el mundo en que vivimos, reflexionar de un modo libre y autónomo. Básicamente, lo que académicamente se llama "humanidades", que en otro tiempo articularon la educación y le dieron sentido y coherencia, y que hoy prácticamente han sido reducidas a la nada. Este esfuerzo institucional por destruir la educación comienza en los colegios, donde se ha cometido y se está cometiendo un verdadero crimen educativo, y por tanto social. Los niños salen de allí sin saber nada, absolutamente nada: ni leer, ni escribir, ni calcular, ni las nociones más básicas de geografía o historia; luego llegan a los institutos, que son auténticos campos de concentración donde, dado que ya no hay nada que hacer con ellos, se les deja pasar sin que su estado haya cambiado mucho. Por último, llegan (miles y miles cada año) a la universidad, que no tiene ya nada de tal. La universidad, que hace años que no es sino un gigantesco y carísimo "FP", lleno hasta los topes de analfabetos que, eso sí, terminan obteniendo su titulación.

Cada ley educativa que se promulga, con independencia del partido que esté detrás (pues comparten los mismos intereses), es peor que la anterior, y supone un giro más en la devastación cultural. Los políticos y sus ramificaciones sindicales lo arreglan todo apelando a que "no han quitado horas" de esto o de aquello; es más, las han ampliado, etc. Pero todo da igual, porque lo que no se quita de tiempo se quita de contenidos. El argumento es sencillo: como los estudiantes no son capaces de hacer (por algún motivo que nunca se explica) lo que sí podían hacer diez o veinte años atrás, hay que bajar un poco más el listón. Así los resultados quedan maquillados de inmediato: con la nueva ley hay un índice mayor de aprobados. Problema resuelto: nuestros estudiantes están perfectamente preparados, puesto que los hemos aprobado. Sabia inversión de la causa y el efecto. Qué sepan es lo de menos; tienen su título y se salvan las apariencias. Pero así es muy fácil resolver un problema. En vez de subir el nivel (que año tras año demuestra, pasmosamente, que se puede saber menos aún que el anterior: y ésa es una constatación que los profesionales hacemos todos los años al comenzar el curso y recibir nuevos alumnos) desde la primaria, se va bajando sucesivamente; un bachiller de hoy sabe lo que un escolar de hace quince años (que a su vez sabía menos que el de hace treinta), y un universitario, fuera de su especialidad al menos, lo que un bachiller de antes, o ni siquiera.

Todo esto lo articula una institución absolutamente siniestra creada ad hoc por el poder para guiar el proceso de servidumbre de la educación al capitalismo: las facultades de educación (que no son lo que antes, simplemente, era el "magisterio"). Allí se desarrolla e imparte una supuesta "ciencia de la educación" que, curiosamente, no tiene contenido alguno: son los que enseñan a enseñar al resto de profesionales, con independencia de los que éstos enseñen. Desde allí, cualificados "técnicos de la educación" esbozan los planes que luego terminarán aplicándose a todo el sistema, empezando siempre por abajo, y llegando hasta su cúspide. La "pedagogía": una "ciencia" enigmática que parece desconectada de toda práctica docente real, por más que sus "leyes" se sostengan, según dicen, sobre la más estricta metodología observacional y experimental. Pero siempre proponen (esto es: imponen) hacer exactamente lo contrario de lo que cualquier docente en su sano juicio sabe que habría que hacer. Son los que, ante un problema ("los niños leen mal"), optan por obviarlo, en vez de solucionarlo ("pues que lean cosas todavía más sencillas"). Qué lejos quedan los tiempos en los que el paidagogos era el esclavo que cuidaba al niño y lo llevaba hasta el maestro, para luego recogerlo. Ahora el maestro es el esclavo del pedagogo, poseedor de la "metaciencia".

La última jugada maestra en esa inversión de roles, que llega con la reforma de las universidades, es la creación de un nuevo "máster" en educación que deberán hacer todos aquellos graduados que quieran ejercer la docencia. Esto no sólo da a las facultades de educación un enorme poder (ahora ellas regulan en exclusiva quién impartirá la enseñanza y quién no); sino que además es una estrategia perfecta para que otros "másteres" y programas de doctorado queden vacíos, ya que, al menos en las carreras de letras y en la mayoría de ciencias puras, la salida natural es la enseñanza, así que habrá que escoger entre la profundización en los propios estudios (¿qué mejor para ser un buen docente?) o "aprender a enseñar" (cosa que sólo la práctica real puede hacer, y que tiene que ver más con el talento que con las "técnicas" que pretenden sustituirlo). Así, la mayoría de post-grados de las demás facultades quedarán estrangulados y se podrá proceder, con el paso de unos pocos años, a ir cerrándolos o unificándolos, con las consiguientes reducciones del profesorado, etc. Y ello por no hablar del jugoso negocio que va a ser la obligación de permanecer al menos dos años más en el sistema universitario, pagando un caro máster, que será imprescindible hacer para poder trabajar tras terminar los estudios superiores. Naturalmente, cualquier crítica a las facultades de educación y a su rol hegemónico en la universidad actual es tachada inmediatamente de "corporativismo", incluso de "vagancia" por parte de unos profesionales trasnochados que no quieren adaptarse a los nuevos tiempos. O tempora, o mores!

Pero, por último, no quisiera yo parecer precisamente eso: corporativista. No podemos olvidar el papel en esta ruina, en este "sistema deseducativo", de los que, al fin y al cabo, estamos al pie del cañón: los docentes. Maestros y profesores que hace tiempo renunciamos a prácticamente toda crítica, con tal de que no tocaran nuestras condiciones laborales; que consentimos en bajar el nivel curso tras curso, y que aprobamos a cualquiera, sea por blandenguería, por miedo a las reacciones de los padres, por mantener una estadística, o para garantizar que no nos quedaremos sin horas al año siguiente.

Naturalmente, todo lo dicho más arriba tiene su reflejo en los propios docentes, cuyas últimas hornadas son a su vez resultado de ese catastrófico sistema educativo. Su grado de conocimiento y su capacidad para enseñar van siendo también menores con el paso de los años. Y, además, no olvidemos otra de las ruinas del sistema en sí: su sistema de selección, las "oposiciones" (tal y como las entendemos en España), donde abunda el nepotismo y donde la fuerza de los sindicatos de interinos sirve para garantizar a éstos las plazas de funcionario simplemente por antigüedad, aunque sus conocimientos sean mínimos y no sean capaces de imponerse por sí solos en un examen teórico, cerrando así las puertas a los recién graduados, por buenos y entusiastas que éstos pudieran ser.