Caminos del Lógos: Educación (II)
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lunes, 14 de septiembre de 2009

EDUCACIÓN (II)

Los males del sistema educativo, sin embargo, no provienen solamente de su parte institucional y profesional. Tienen su origen también extramuros. No se escapa nadie.

Es cierto que la familia ha experimentado enormes cambios (hasta el punto de que no podemos identificar ningún tipo de familia como el "natural", cosa que todo antropólogo sabe), y que las dificultades que atraviesa en cualquiera de sus formas le impiden desempeñar el papel que pudo jugar en otra época. Ahora bien, al margen de que las obligaciones profesionales de los padres (máxime en el caso de familias monoparentales) no les permitan un seguimiento tan próximo a la educación de sus hijos como hace unos años, no se justifica la indolencia que frecuentemente manifiestan. En muchísimos casos han renunciado por completo a educar a sus hijos (a los que tantos padres no dudan en llamar "amigos", como si pudiera darse tal relación entre padres e hijos), y delegan toda responsabilidad en la escuela. Que los profesores hagan su trabajo. Ahora bien, no se puede enseñar a un muchacho que no viene educado de casa, y menos aún cuando se ha quitado toda autoridad al profesor (basta con hablar de este tema, por cierto, para que pedagogos, comunicadores e incluso miembros del gremio automáticamente se pongan a gritar desesperados que se quiere volver a una sociedad totalitaria). Éste se ve sin recursos, salvo su propio carácter (que no todo el mundo tiene y que el máster en educación no proporciona; de ahí que sea el colectivo profesional con más bajas por depresión), y el alumno se sabe impune ante todo. Desde ese momento, todo está ya perdido. Los padres, entretanto, poco o nada se preocupan por la evolución académica de sus hijos, por no hablar de que prácticamente nunca les ayudan con sus tareas (cosa que, a despecho del actual presidente del gobierno, sí hacían, en la medida en que podían, los padres de antes, aunque no hubieran ido a la universidad). Sólo se interesan por ellos al final del curso, cuando se encuentran con un fracaso irremediable. No quieren problemas, eso es todo (con lo que no se entiende muy bien por qué han querido tener hijos). Y entonces acuden a los centros a presionar a los profesores para que aprueben a los niños, demostrando que su aprendizaje no les importa en absoluto, sino únicamente que pasen de curso, al precio que sea, y aunque eso los deje totalmente desvalidos ante próximas materias más difíciles aún y que jamás podrían aprobar. Afortunadamente para ellos, una renovada presión de sus padres, y la actitud de casi total indiferencia del profesorado, al que ya todo le da igual, hará que los chicos obtengan su título.

El alumno, buen conocedor de esta situación, se sabe, como decía antes, totalmente impune ante todo. Y por eso, hace lo que quiere. Si hay problemas, ya los resolverán sus padres. Y si así tampoco se consigue nada, se acudirá a la inspección, que por defecto le da siempre la razón a éstos, siempre que no hayan llegado a las manos. El profesor se encuentra así en el aula, el campo de batalla diario, ante unos alumnos que no quieren saber nada y que creen que son ellos los que tienen algo que enseñar a los profesores. Una situación a la que les han acostumbrado sus padres, por cierto, renunciando a toda disciplina doméstica. Los jóvenes de ahora no saben qué significa un "no" por respuesta, y eso ya es irremediable cuando llegan a la adolescencia. Su inmadurez es inmensa, tanto intelectual como emocionalmente; la una por desuso de sus facultades, la otra porque no han desarrollado principio de realidad alguno, al no haberse ejercido sobre ellos ninguna autoridad, por lo que son un puro principio de placer. "Quiero esto, y lo quiero ahora". Cuando no lo obtienen, sencillamente, como niños que son, aunque tengan veinte años, se echan a llorar, o agreden a alguien, o se deprimen, o simplemente lo abandonan todo ante el primer revés (el profesor "no ha sabido motivarlos", otra gran excusa creada por los pedagogos). Por otro lado, esa autoridad sobre sus hijos a la que los padres han renunciado no puede empezar a ejercerse cuando llegan los problemas, si no se estaba ejerciendo ya. Los padres son la gente a la que los jóvenes menos respeta (muchas veces un profesor que se hace respetar adquiere, por transferencia, la aureola "paternal" que los jóvenes necesitan y hasta quieren, pero que no encuentran en casa). Por eso mismo, los padres temen a sus hijos, y preferirán enfrentarse al sistema educativo al completo que a ellos. La victoria es más fácil en este caso, además. El Estado claudica todos los días ante un padre que levanta la voz, cosa que sería inaudita en cualquier otra rama de la administración.

Nos encontramos así ante la actitud totalmente pasiva de un alumnado que ya no sabe prácticamente leer, no digamos escribir; que no conoce nada de su historia, sino que vive en el eterno presente que generan los libros de texto, los medios de comunicación y la publicidad. Es cierto que esta deficiencia proviene de los niveles inferiores de la escuela (cuyos profesionales salen, por cierto, de las facultades de educación, cuyos principios se ponen a aplicar inmediatamente), pero viene "requerida" social e institucionalmente. No se quiere gente instruida, se quiere gente sana. El odio a la lectura (fomentado por los nuevos educadores que sostienen que "el libro ha muerto" y que hay que sustituirlo por el ordenador) se compensa con el amor al deporte, con el que todos los días nos bombardea la televisión y la prensa. Los nuevos Aquiles y Heracles de la sociedad posmoderna son los deportistas, es decir, gente que no ha hecho nada por la sociedad. Los jóvenes, por su parte, enseñados a no saber nada, a no tener memoria, no hacen cosa alguna, salvo abrir mecánicamente la página web de la que copian información que presentan como trabajos propios. Ni siquiera entienden que se les diga que han "copiado": ellos han ido a internet y han bajado información, que por supuesto ni han leído. Eso se les ha enseñado que hagan. Ése ha sido tal vez el dogma fundamental de los pedagogos, y el que más daño ha causado: que la memoria no está para usarla, que lo que importa no es memorizar muchos datos, sino saber dónde conseguirlos. En ese momento muere la educación y muere la inteligencia. Lo que no se sabe de memoria, no se sabe. Verdad tal palmaria como antigua. Pero hoy lo antiguo no vale. Está démodé. Ahora el profesor ("el que sabe") está obsoleto y se limita cada vez más a decirles a los alumnos las páginas web que tienen que mirar para cubrir unos contenidos mínimos que, hace digamos treinta años, era la cultura general de cualquier chaval. Los conocimientos merman, y con ellos la inteligencia. Misión cumplida.

Por eso es tan irónico como irritante, por lo menos para mí, que, con los nuevos (y siniestros, por qué no decirlo) planes de Bolonia, de repente todos los muchachos se echen a la calle, por supuesto sin información alguna, a reclamar lo que quién sabe quién les ha dicho que reclamen, y se quejan amargamente de que les van a poner una selectividad "más difícil" y de que "van a tener que aprender un idioma" (como si los estudiantes fijaran los contenidos y su dificultad), lo cual refleja el tipo de estudiantes que son (y que, por cierto, en cuanto propósitos de la nueva selectividad, son absolutamente falsos, retóricos). Hacen eso, quejarse, que es lo único que saben hacer, en vez de protestar porque les van a recortar los contenidos teóricos de las carreras casi en un 50 % para sustituirlos por una "práctica" que es un cuento chino, ya que sin teoría no hay práctica alguna que valga.

Éste es el mundo en que vivimos, ciertamente, y parece que contra eso el humilde sistema educativo no puede hacer nada: un mundo capitalista y tecnificado, y una sociedad de masas, por otro lado, absolutamente atomizadas. Muchos individuos que no forman un colectivo; el silencioso triunfo del liberalismo. Prima la productividad y la especialización, y eso, se diga lo que se diga, va contra la formación en sí. Si ésa es la idea, estupendo, pero que se reconozca de forma explícita. Hace veinticinco siglos, Sócrates (que está tan démodé como leer) buscaba, por encima de la "virtud" (el "saber hacer") del técnico, del "especialista", una virtud en general, una virtud "del hombre": la arete anthropine. El programa humanista, o ilustrado, si se prefiere, siempre ha respondido a ese ideal: formar hombres y mujeres enteros, ciudadanos autónomos. Pero ya sólo se quiere especialistas, es decir, fragmentos de persona. Esta fragmentación y omisión se lleva al sistema educativo, donde la mala conciencia quiere compensarla con asignaturas ad hoc que deben convertir a los alumnos en ciudadanos, como por arte de magia, con un toque de su varita; pero eso no basta, es pura retórica institucional.

La "intelectualidad", tanto de derechas como de izquierdas, por mucho que finja pelearse en torno a estas cuestiones, sirve en realidad a esos intereses. Por ello, está muy empeñada en que el concepto de cultura actual es "decimonónico" y trasnochado. Lo que importa es el inglés (aunque no se sepa castellano) y la informática (con independencia del fin para el que se use, que es lo de menos; el instrumento es el fin en sí). Ya nadie quiere cultura. No es casualidad que, en un país como éste, cuya alma popular sigue repitiendo en voz baja aquello de "vivan las cadenas", tanto unos como otros hayan separado la "cultura" de la "educación" (cosa que es el más absoluto disparate), y ésta a su vez de la "investigación". Eso refleja lo que hay en realidad: propaganda, especialización gregaria e intereses puramente mercantiles, respectivamente. Y no hay más.

Sobre todo esto, me remito al excelente texto que tanto ha circulado por los centros y por internet, hasta ser publicado en versión extendida: el Panfleto antipedagógico de Ricardo Moreno Castillo. Su versión original puede encontrarse en la siguiente dirección:

www.lsi.upc.edu/~conrado/docencia/panfleto-antipedagogico.pdf