Caminos del Lógos: El nihilismo como "objeto" de la filosofía
Mostrando entradas con la etiqueta El nihilismo como "objeto" de la filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El nihilismo como "objeto" de la filosofía. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de agosto de 2016

EL NIHILISMO COMO "OBJETO" DE LA FILOSOFÍA

Es difícil determinar el objeto de una disciplina cuando éste se caracteriza por su ausencia, y eso es precisamente lo que le ocurre a la filosofía, condenada a justificar su existencia entre los saberes positivos, frente a los cuales sólo puede definirse negativamente, como el saber de una privación. Esto se advierte ya en su etimología (“amor a la sabiduría”), que nos remite a algo de lo que se reconoce carecer de entrada, a saber, la sabiduría buscada (philos, en griego, indica más una atracción hacia algo, una tendencia, que la emoción asociada). Dicha etimología remite, si bien implícitamente, a un problema más profundo, que es el que aquí quiero plantear. A saber: que el objeto de la filosofía no es otro que el nihilismo, esto es, la desfundamentación de un mundo, o sea, la desestabilización, e incluso el eventual fracaso, de un entramado histórico de significaciones que proporciona un determinado sentido intersubjetivo de la existencia. Una intersubjetividad cultural e histórica, por tanto, que se viene abajo, que se fragmenta y dispersa, lo cual no es causa, sino consecuencia de otros factores. 

La filosofía, así pues, se ocupa de un vacío, del hueco dejado en el ámbito sociocultural por algo que ha desaparecido, por un equilibrio que se ha roto. Ante semejante fuga del sentido, el ser humano experimenta un horror vacui al que necesariamente ha de enfrentarse. La filosofía es una de las formas de hacerlo, un modo de plantarse ante esa pérdida de sentido que es el nihilismo, un modo con su propia especificidad. No es de extrañar la extendida impresión, por lo tanto, de que la filosofía “no habla de nada”. Que no tiene objeto. Para escándalo de su estatuto epistemológico, habría que decir que esto es en cierta medida cierto, y en cierta medida no.

Es cierto en la medida en que la filosofía no es un saber sustantivo, esto es, no tiene, en sentido fuerte, un campo de fenómenos que reclamar como propio y exclusivo, delimitándose a sí misma con respecto a otros saberes. Cabría preguntarse, incluso, si la filosofía produce conocimiento o no, y en caso negativo, qué clase de teoría es entonces. En efecto, ¿puede haber un saber de algo ausente? En principio parece que no, y así le es reprochado frecuentemente. Al contrario que otras disciplinas, que parten de un objeto dado y desarrollan la metodología necesaria para su estudio, la filosofía se ve en la precaria situación de tener que buscar su objeto, el cual no parece dado en absoluto; y esto es algo que, no sin razón, lleva a muchos a plantearse si la filosofía no es otra cosa que un saber vacío, superfluo, el resto de una mentalidad antigua, vaciado de contenido por la propia historia de las ciencias –con las que pareció compartir filiación en el pasado, pero a las que ya no aporta nada–, y que sólo es mantenida con vida artificialmente en el ámbito académico o con fines ideológicos, es decir, para mantener el statu quo de los que se dedican a ella, que habrían creado el objeto sólo después de tener un puesto profesional y un papel sociocultural que mantener. Pero, encontremos este corporativismo o no en ella –y lo cierto es que hay discursos enteros que parecen compuestos para justificar la ocupación de cátedras–, es verdad que difícilmente podrá señalar el filósofo un asunto y reclamarlo como propio, como su “especialidad”. No tiene hoy ya sentido pretender que la filosofía constituye un saber sub specie aeterni, un conocimiento de esencias intemporales, o que es el conocimiento de algún summum ens; pero tampoco que da fundamentación última a los saberes positivos, que sin ella quedarían “cojos”, o que viene a imponerles límites discursivos. Todo esto resulta hoy risible y semejantes apologías de la filosofía parecen más bien inconfesadas actas de defunción. 

Pero, por otro lado, decía que en cierto modo no es correcto decir que la filosofía no tenga objeto. De hecho, ya he adelantado cuál sería éste. El problema es que el nihilismo, claro está, no es un “objeto” como la materia y la energía, o los números y las figuras geométricas, o la producción y circulación de la riqueza. Por eso mismo la filosofía no puede ser considerada una ciencia; es de la constante comparación con éstas de donde viene el error de definición que conduce a presuponerle una total inanidad. 

La filosofía no es un saber objetivo, es decir, el conocimiento de un objeto, sino la reflexión sobre las crisis de la experiencia intersubjetiva. Ésta sufre transformaciones dramáticas a lo largo de la historia, y su reflejo teórico y el empeño de reconstruir –como propuesta teórica, pues no se le puede exigir más– dicha intersubjetividad sobre nuevas condiciones –pues siempre puede consolidar de distintas formas– es un tipo de saber que ciertamente no puede ser llamado estrictamente “conocimiento”, sino quizá crítica, esto es, una discusión sobre las condiciones de existencia vigentes que pretende orientar nuestra conducta hacia ciertos fines racionales.

Si la filosofía ha de hacerse cargo del hundimiento de un mundo (del ensamblaje de la cultura y la historia de un colectivo humano), de ese vacío que deja en la (inter)subjetividad huérfana; si ha de hacerse cargo de esa nada, entonces, es cierto, no habla de nada… de nada positivo. Hace su objeto de la nada, de un objeto negativo, de una ausencia que, sin embargo, tiene efectos, y los tiene sobre el único ser capaz de experimentar lo ausente en cuanto tal, el ser humano. Se trata de algo puramente cualitativo y, por ello mismo, irreductible a cualquier ciencia.

El objeto de la filosofía es el nihilismo, y ello significa desenvolverse en la nada. Es crucial aquí la precaución: esa nada no debe ser “ontologizada”, no ha de hacerse de ella ningún tipo de esencia u origen o lugar de procedencia o destinación. El sentido de nuestra existencia jamás estará en esa nada, que no es sino un desgarro en nuestra experiencia. Esa “nada” es en realidad la experiencia negativa de la falta de algo que antes se tenía y ahora no. La filosoa hace su objeto del mundo, pero sólo en la medida en que éste entra en crisis y deja de ser aquello que proporciona ejes de referencia a la existencia humana (en la medida en que fracasa como mundo); se ocupa por tanto de aquello que nos falta, que más falta nos hace, con el fin de estar preparados para vivir en el nuevo mundo que se nos presenta con cada inflexión histórica, en el cual aún no sabemos vivir. Eso que tanta falta nos hace, saber vivir correctamente (y lo primero que hay que establecer es: ¿respecto de qué?), vivir pensando y pensar viviendo en el mundo en cuanto mundo, sin quedar atrapados en lo más próximo y cotidiano, es lo que en la Antigüedad grecolatina se llamó “sabiduría” (sophía, sapientia). La filosofía es la disciplina teórica vinculada a ese ideal, inconcebible al margen de cierta “virtud” (areté); toda su dimensión académica está amenazada de la más absoluta futilidad si se desentiende de ese carácter mundano


© David Puche, 2016. Contenido protegido por SafeCreative. Se permite y agradece su difusión, siempre que su procedencia sea debidamente reconocida y enlazada.



CAMINOS-del-logos-david-puche