Caminos del Lógos: El perdón
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jueves, 8 de mayo de 2014

EL PERDÓN

La más pura experiencia de renacimiento que nos puede ser concedida es la del perdón. Ser perdonado tras cometer un grave error marca un antes y un después como ninguna otra cosa; sólo ese acto permite volver a empezar y hacer las cosas de un modo diferente. Sin el perdón tal vivencia es prácticamente imposible y se cae en el círculo vicioso de la conciencia atormentada que se retroalimenta a sí misma, justificándose por el hecho de que “no hay salida” para ella. El cristianismo fue habilísimo al comprender este fenómeno psicológico fundamental y convertirlo en centro de su doctrina, aunque corrompido, desde luego, al asumir la iglesia el carácter empresarial de una “expendeduría del perdón”, otorgado por un “profesional” en la materia, el sacerdote. En esto el protestantismo, el judaísmo y el islam se muestran mucho más coherentes, pues para ellos sólo Dios, sin intermediario alguno, es quien perdona. Ese Dios, de todas formas, que no es sino la hipóstasis del padre y la madre que castigan y perdonan en la infancia –un nombre para el sentimiento de miedo y de vacío que conlleva el paso a la vida adulta–; el recuerdo que queremos revivir una y otra vez, pero ya sublimado, proyectado en lo trascendente. El verdadero perdón, sin embargo, puede ser otorgado por cualquiera, por todo aquel que tenga algo que perdonar; de hecho, se podría decir que sólo otro “pecador” puede perdonarte, nunca una conciencia pura, santa (se ve que es por esto que los sacerdotes se esfuerzan tanto en comprender la esencia del pecado que han de perdonar, cometiéndolo ellos mismos); únicamente quien conoce ese páthos puede ayudar a superarlo. Pero más valioso y catártico es siempre, cómo no, el perdón de una persona querida. Y tan sólo la persona amada –ni siquiera Dios tiene ese poder– puede perdonarlo todo y permitirnos hacer tabula rasa.