Caminos del Lógos: Elites
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jueves, 14 de octubre de 2010

ÉLITES

Al igual que la teoría tradicional del conocimiento sostenía la existencia de algún tipo de facultad u operación especial posibilitante del acceso a los grados superiores del saber (el noein platónico, el intelecto agente aristotélico, el intuitus cartesiano, la Vernunft en Hegel, etc.), a la que en el contexto de la ciencia experimental contemporánea se ha dado completamente la espalda (con los problemas epistemológicos de fundamentación que ello acarrea), la teoría ético-política tradicional ha señalado también en muchos casos la existencia de una facultad (o disposición, o hábito, o virtud, etc.) garante de la rectitud del obrar. A partir de ésta se podían establecer diferenciaciones más o menos claras, pero firmes, entre actos o incluso personas, por lo que toca a su valor moral. Pero dicha facultad también ha sido desechada, y no sólo eso, sino incluso anatematizada, en el actual marco de la psicología, la economía, la sociología, la politología y la ética, en suma, las instituciones sancionadoras de la praxis en la sociedad de masas. En el terreno estético, otro tanto: se ha decretado la prohibición expresa de hablar del gusto, esa facultad que permitía (cuando existía) reconocer la belleza y la calidad artística; y del genio, por supuesto, la capacidad de crear genuino arte.

Dicho de otra forma: la vigente democracia liberal ha prohibido, a través de sus órganos "culturales", que se hable de cualquier tipo de capacidad que permita cribar, seleccionar con criterio entre lo que nos sale al paso, y ello en todos los ámbitos; de cualquier capacidad, por tanto, que diferencie a los seres humanos; que permita juzgar de forma autónoma lo que la masa y el mercado nos ponen delante y nos obligan a consumir. El último gran empeño de reencontrarse con estas capacidades (unidas además en un mismo sujeto), el superhombre nietzscheano, a saber, el hombre de gusto y con un elevado sentido moral (así como con un sentido no tanto para diferenciar lo verdadero de lo falso, como el conocimiento provechoso para el hombre del perjudicial), ha sido proscrito por los propios "nietzscheanos" (si es que en verdad hay tales), no vaya a ser que el sistema cultural los proscriba a ellos.

En efecto, se tiene hoy pánico al reconocimiento de diferencias cualitativas entre personas, aunque dichas diferencias estén basadas estrictamente en el mérito. Algunos parecen creer que fue un exceso de cultura lo que llevó a los alemanes a las atrocidades de Auschwitz; pero esa pose no encubre otra cosa, naturalmente, que los requerimientos del mercado. Por ello hay que negar toda diferencia y reivindicar la democrática nivelación, la normalización total. Ahora bien, cuando la irrenunciable igualdad jurídica es elevada por decreto a homogenización cultural (que se hace, por supuesto, a la baja), se destruye la cultura. Y es que el "pathos de la distancia" del que hablaba Nietzsche es inevitable. No es razonable ni racional en modo alguno (aunque se haga en nombre de una supuesta "racionalidad práctica") que, para garantizar el acceso de todos a la cultura, se destruya ésta, dado que no es accesible a todos, y ello porque ni todos son capaces ni todos la quieren.

Pero, respecto de las "élites intelectuales", cabe preguntarse: ¿hay tal cosa entre nosotros? Cualquiera que haya recibido la más elemental cultura y, además, tenga la capacidad para haberla asimilado (y que se den ambas cosas a la vez es bastante más difícil de lo que pueda parecer), no puede sentir sino una profunda repugnancia ante los "intelectuales" (literatos, periodistas, gente del mundo del espectáculo, etc.) que nos asedian en la España de comienzos del siglo XXI, sean "fachas" o "progres". Creo que no se ha visto nunca degeneración mental mayor que la que campa a sus anchas en esta época. Cuánta gente afirmando ser "la cultura", cuando no hace más que producir ideología de la peor calaña. Qué asco. El intelectual (de los que en España hay pocos, y menos aún conocidos) ha de ser, digamos de nuevo con Nietzsche, una figura intempestiva,  alguien que piensa y habla a contrapelo de su época. Por eso mismo es póstumo, por eso no puede ser entendido por la bobalicona mayoría (que abarca la mayor parte de los llamados "intelectuales"), atada al presente, a sus cuatro nociones sectarias desde las que interpreta todo lo demás. Miedo dan esos intelectuales orgánicos que son aclamados por todos (los de su bando), y que no son sino agentes culturales de un partido político u otro. El auténtico intelectual condena el presente, porque éste es imperfecto e injusto (y siempre lo será), y abre en él un espacio para el futuro; cabe decir, de hecho, que es es un embajador del futuro en el presente. Ojo con los que sancionan dicho presente o nos devuelven al pasado. 

Me remito a La rebelión de las masas, donde se nos muestra el rasgo distintivo del verdadero intelectual, de la única élite que puede haber. El "hombre selecto", dice Ortega, "no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores". Frente a esto, hoy en día, "el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera". ¿Se puede ser más claro? ¿Y más impopular? Es vital y urgente invertir dinero, tiempo y esfuerzos en una cultura y una educación (las cuales son una y la misma cosa, en realidad) basadas en lo  que Kant denominaba "cultura de la disciplina", por contraposición a la "cultura de la habilidad", la única que funciona (y mal) hoy por hoy, porque es la que sirve al mercado. De lo contrario, no habrá futuro. No uno deseable, salvo para los banqueros y los grandes medios de telecomunicaciones. No podemos seguir siendo eternamente ociosos espectadores de concursos televisivos (entre los que se cuenta la política); hay que recuperar la res publica que el mercado nos ha robado, y eso no vendrá de revolución violenta alguna, sino de una renovación cultural (de consecuencias políticas a medio y largo plazo) que habría de hacerse, me temo, a espaldas de los sistemas educativos organizados. Por eso mismo no se hará; porque la educación está monopolizada por instituciones que no quieren que haya tal renovación. Pero quién sabe; tal vez internet juegue en el futuro un papel contrapuesto al que hoy está jugando en su utilización exclusivamente mercantil. Puede que la esperanza yazga en la red. Quién sabe.

Sea como sea, la "cultura" actual, que no es más que una rama del mercado, no quiere bajo ningún concepto afinar las almas de los ciudadanos, que es aquello para lo que debería existir. Un exceso de cultura aterra al poder económico-político, que nos previene con sus infinitos y sutiles mecanismos contra tal peligro (por ejemplo, cuando se rechaza la solicitud de empleo de alguien alegando "sobrecualificación"). No se debe tener miedo de las élites, como ridículamente ha defendido la posmodernidad, en su inconsciente servicio al tardoliberalismo; sino esperanza de que llegue a haberlas. Pero élites de verdad, y no charlatanes. Entretanto el sistema seguirá intentando impedir su formación, o al menos su reconocimiento; y cuando aparezcan, procurará asimilarlas o desvirtuarlas, haciendo ver a la masa que no es democrático que uno destaque, que es pura vanidad, soberbia, pecado capital.