Caminos del Lógos: Escepticismo
Mostrando entradas con la etiqueta Escepticismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escepticismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de febrero de 2009

ESCEPTICISMO

La época en que vivimos se caracteriza, entre muchas otras cosas, por haber producido una conciencia sin determinaciones positivas. Ni en lo moral ni en lo gnoseológico: carecemos de unos valores universalizables y de una verdad sobre la que ponernos de acuerdo. "Nosotros ya no estamos en posesión de la verdad", como dijo Nietzsche. Nos falta la base, el fondo que recoja nuestra existencia; flotamos sobre la nada, y somos conscientes de ello. Ésa y no otra es la determinación esencial del nihilismo, término que resume como ningún otro el sentido (o mejor: el sinsentido) de nuestro tiempo. Sólo nos queda el escepticismo, pero el malo, el que Hegel denominaba la "negación indeterminada"; sólo sabemos ya dudar, oponernos, pero con el triunfal gesto de la negación no sabemos ni adónde nos dirigimos ni adónde querríamos ir, porque hasta la negación se hace desde una posición, desde una determinada positividad, y parece que hoy en día ya no tengamos ni ésta.

Esta determinación ontológica de nuestro mundo "posmoderno", sin Dios ni Verdad ni Bien, tiene su reflejo hasta en lo más cotidiano. Los medios de comunicación dan clarísimo testimonio de nuestra situación histórica (decir que ellos solos son los causantes sería atribuirles mayor responsabilidad de la que tienen, que desde luego no es poca; pero la situación los rebasa y no hay ámbito al que no afecte). Si jamás el periodista, ese "historiador del aquí y ahora", pudo ser objetivo, sino que enfocó los acontecimientos desde cierto punto de vista; si jamás un medio informativo fue imparcial, sino que respaldaba ciertos intereses que teñían o sesgaban la información según la ocasión, lo que hoy ha llegado a ocurrir es muy diferente, y mucho peor.

El ciudadano medio que, desde su pequeño rincón, contempla el espectáculo del mundo girando inexorable a su alrededor, antes podía, si lo deseaba, comparar informaciones de diferentes fuentes y cubrir con unas las zonas oscuras de las demás, de modo que se podía hacer una idea, aun general y vaga (pues los medios son nuestras únicas ventanas al mundo, y sólo lo que entra por éstas puede ser visto u oído, quedando todo lo demás en la ignorancia absoluta), de lo que estaba ocurriendo. Los medios, aunque rivales, eran complementarios, y en ello la diversidad ideológica demostraba su gran valor en la formación de la conciencia de la ciudadanía. Ya no es así. Hoy asistimos al inaudito espectáculo de unos medios que nos describen mundos totalmente diferentes, sin zonas en común. El lector u oyente de ciertos medios recibe una información correspondiente a un estado de cosas que ni siquiera guarda relación, muchas veces, con la que recibe el asiduo de otros. Cada vez se hace más difícil mantener una conversación con gente de diferentes tendencias y, por tanto, con distintos canales de información. Y quien intenta hoy cotejar el testimonio de las diferentes fuentes se expone a un serio trastorno de la personalidad, porque tendrá que desdoblarse en mundos totalmente inconmensurables, en conjuntos sin ninguna intersección.

En el fondo, lo que se consigue con ello es el resultado esperado. Todo está calculado de antemano por intereses que trascienden los de la industria de la comunicación. Cuando no se puede conseguir que la opinión pública trague siempre con las mismas mentiras (y el sistema mismo es la mentira), una y otra vez, la solución es cortocircuitar su criterio. No se pretende que hagan caso de uno (no en última instancia), que opten por la propia versión de la realidad; se pretende que no hagan caso de nadie, que lo tomen todo por burla, por engaño. Lo único que se pretende es lograr la inacción total, la indiferencia del pueblo. La gente, por supuesto, exhibe alegremente sus tendencias, sus colores, defiende a su locutor favorito. Pero ya da igual; como las ideas políticas de los adolescentes, que no pasan de lo que dicen sus camisetas, hoy todo es estética. Forma sin contenido. La escenificación de una dialéctica social y política tras la que sólo está la autoperpetuación de lo mismo. La duda que caracteriza al hombre moderno, desde Hamlet y Descartes, hoy tiene una forma característica e inconfundible: el asco ante todo.