Caminos del Lógos: Estado y ciudadanía
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lunes, 12 de marzo de 2012

ESTADO Y CIUDADANÍA

«Todo cretino miserable que no tiene en el mundo
nada de lo que pueda sentirse orgulloso, se refugia 
en este último recurso, el vanagloriarse de la nación 
a la que pertenece sólo por casualidad».
A. SCHOPENHAUER.

No podemos entender el Estado, a no ser que seamos muy ingenuos, sino como el monopolio de la violencia. Así ha sido descrito –y ello no como una crítica, sino como una definición funcional, más allá de lo meramente nominal– por teóricos como Hobbes o Carl Schmitt, sin duda hoy tan mal vistos como certeros son sus análisis. Es el no plantear la naturaleza de nuestra sociedad (coextensiva y siempre intervenida en mayor o menor medida por el Estado) en términos democráticos –como la mayoría de teorías naturalistas, contractualistas, o simplemente utópicas–, esto es, de legitimidad, sino en términos de poder, lo que ha llevado al desprestigio actual de autores como éstos, que sin embargo han arrojado más luz (junto a Platón, Maquiavelo, Spinoza y unos pocos más) sobre la naturaleza de la política que la inmensa mayoría de autores y manuales juntos; por no hablar de los Arendt, Rawls, Habermas, etc., y sus bellas quimeras acerca de lo político y lo jurídico.

El Estado no es bello ni bueno en sí; es un mal menor. El mal menor. Lo que Pericles dijera de la democracia, que es el sistema "menos malo", vale para el Estado como forma de organizar y administrar esa democracia. Fuera de éste, la organización de sociedades masificadas como las actuales queda únicamente a merced del mercado, como estamos comprobando con el inmenso experimento de ingeniería sociopolítica que se está llevando a cabo. Mientras los más ingenuos y siempre bienintencionados liberales creían (y, al parecer, siguen creyendo, por más que los hechos lo desmientan elocuentemente) que la privatización de lo público conduciría a la optimización de los servicios y a una mayor libertad y autonomía del individuo, lo que se ve por todas partes es el terror de una ciudadanía vendida a la banca y a los grandes empresarios; es la "ley de la selva", como se ha dicho muchas veces (lo que le hacía mucha gracia, hace poco, a un alto cargo de la patronal española, que decía que él nunca ha visto mercados en la selva); el miedo de todos a uno sustituido de nuevo por el miedo de todos a todos que se da en ese "estado de naturaleza" que es el mercado totalmente libre y desregulado. Puro darwinismo social.

El Estado moderno, surgido de las revoluciones de los siglos XVII y XVIII en Inglaterra y después en EEUU y Francia, ha constituido, con todos sus defectos, el mayor logro para las libertades y la racionalización de la convivencia de la historia de la humanidad. En un mundo en el que la comunidad ya no existe ni puede ser el fundamento de la organización social, como lo fue la pólis griega o la primitiva ekklesía criatiana, el Estado apareció como la única alternativa viable para imponer un cierto orden y una ley (no tanto la justicia, como pretende, sino el siempre insatisfactorio equilibrio entre ésta y la estabilidad funcional del todo que representa el derecho), espacio político sólo dentro del cual aparecieron los derechos individuales que los ingenuos antes citados –el problema es que no son ingenuos: son mentirosos– creen previos y constituyentes del Estado mismo. Éste concede derechos, éste impone obligaciones; el Estado es el único que otorga la ciudadanía; todo lo demás son bellas palabras, como lo son los derechos humanos. No hay ley alguna fuera de un aparato coactivo que la defienda. El único derecho que existe fuera de éste es el que uno pueda defender con su propia fuerza, que siempre se verá infinitamente superada por fuerzas exteriores. Una vez más, la ley de la selva.

Ahora bien, el Estado no es una entidad abstracta (el “Gran hermano”), sino el resultado histórico de múltiples fuerzas en un determinado estado de equilibrio; cuando este equilibrio se ha roto, se ha roto con él la proporción asumible entre derechos y obligaciones, entre la libertad individual y el bien común (o la opresión, sin más). Ese desequilibrio ha tenido históricamente dos formas fundamentales: los totalitarismos y la libertad absoluta del mercado, o sea, la hipertrofia fatal del Estado o su atrofia total. En principio parecen formas contrapuestas, pero para cualquiera que sepa lo más elemental de la historia contemporánea, los totalitarismos no han sido sino consecuencias de una excesiva liberalización económica (o de la amenaza de la misma), reacciones contrarias a ésta lideradas por sectores pequeñoburgueses que se vieron amenazados (por arriba por la alta burguesía o por los restos de la aristocracia terrateniente y por abajo por el proletariado furioso) y desencadenaron la más salvaje violencia; formas de capitalismo de Estado tanto o más nocivas que el liberalismo desencadenado, pero en última instancia consecuencias de éste. Donde la economía se impone totalmente sobre la política sólo queda el puro nihilismo, y éste se traduce en la barbarie política, la venganza contra la causa de ese sinsentido, la cual no hace sino consumarlo hasta la muerte.

En un mundo masificado, y hasta que no surjan alternativas mejores, el capitalismo parece la única forma posible de sostener económicamente el todo. Pero debe estar atado lo más en corto que sea posible por instancias políticas que compensen sus excesos y obliguen a una cierta redistribución de la riqueza, la cual nunca va a resultar de la filantropía (y no se trata, en cualquier caso, de aceptar la "caridad" del capitalista) de aquel que se ha hecho rico a costa de otros. Porque, aunque la cortina ideológica de la bonanza económica encubriera la situación, la rasgadura de ese velo ha dejado al descubierto lo que nunca dejó de ser la sociedad occidental; tanto como lo son o han sido todas, pero no menos: un sistema de explotación. Da igual que haya "capitalistas honrados", que "no exploten" a nadie: el trasfondo socioeconómico que permite su modus vivendi (el "libre mercado") ha sido creado históricamente a través de una coacción y una expropiación estructurales de los trabajadores que el Estado moderno (de origen netamente burgués) contribuyó a llevar a cabo, hasta que la incontenible amenaza de aquéllos le obligó a empezar a compensar esa situación; por eso el Estado tiene la obligación de equilibrar el mercado y garantizar ciertas condiciones de existencia del trabajador, cosa que debe seguir haciendo sine die, mientras exista el capitalismo: pues esa deuda estructural nunca terminará de pagarse. El sistema mismo se asienta sobre ella, la presupone. Desgraciadamente, parece que no es ésta la dirección que están tomando los Estados ante la presente crisis. De ahí que haya que exigirles (sea por el medio que sea) que cumplan el papel que tienen que asumir frente a los intereses privados del capital.

En mi defensa del Estado social no hay patrioterismo alguno ni culto a ese Dios secular que sería aquél; estos típicos argumentos podrán convencer a gente con un calado intelectual tan escaso como el de un Thoreau o a ideólogos del sistema como Friedman o Hayek, pero no a alguien que conoce los conceptos políticos, económicos y sociológicos más básicos y no trabaja para la banca. No hablo, ni quiero entrar en ello, de la "nación" o del "pueblo". El Estado es un ente tangible, al contrario que la primera; y de la misma forma, el ciudadano es el verdadero átomo del Estado, tras el cual no cabe hallar "pueblo" o "persona" algunos, que no son más que abstracciones teóricamente cargadas con ciertos intereses (el "pueblo" siempre es el sector social que representa los propios intereses; la "tribu" propia dentro de la sociedad. Y la "persona" no es más que un concepto ético-teológico que ha terminado identificado, sin más, con el propietario). Frente a lo emocional-simbólico de unos conceptos, está la realidad empírica de los otros: el ciudadano es aquel portador de derechos y obligaciones que interacciona horizontalmente con otros ("sociedad civil") dentro de los límites territoriales y administrativos de un Estado, con el que a su vez interacciona verticalmente. Lo que es inadmisible es denunciar la "mitología del Estado" para contraponerle una inadvertida mitología del individuo que es de origen cristiano (pese a su modulación moderna basada en la metafísica de la subjetividad) y, sobre todo, protestante: el refugio en la interioridad, la búsqueda de la salvación personal, ante el fracaso de un proyecto político colectivo; otra forma de teología que no se quiere reconocer como tal, pero que es tanto o más abstracta y nefasta que la otra.

Eso es lo político: una interacción entre los ciudadanos acerca de lo público y a la vez entre éstos y el Estado (un ser-con siempre vinculado al poder sobre lo colectivo), interacción con la pretensión de influir (ya que nunca se puede determinar plenamente) sobre lo económico, lo legal y lo simbólico. En la medida en que no se pueda influir en grado alguno en la decisión sobre estas cosas, sea mediante las fórmulas de discusión pública o representación que sea, no habrá política. Y eso es precisamente lo que no hay hoy en día, lo que con la crisis como trasfondo hay una excusa perfecta para que se nos niegue: política. Por eso defender el Estado, que es la única fuente de libertades y derechos para aquel que no sea rico (es decir: capaz de comprar libertades y por encima de toda obligación), es la única opción política que nos queda. En ello no hay sentimentalismo patriótico ni teología secular alguna. No hablo de símbolos ni afectos comunes, que en efecto, en esta época no existen ya, y que sólo los nacionalismos (las máximas teologías del mundo contemporáneo) defienden, basando su concepción política en una identidad previamente delimitada (lengua, sangre, tierra, tradición) que excluye al tercero que no la comparte. No, no hablo de ese germen de todo fascismo que es el nacionalismo, esa enfermedad social; hablo de política, lisa y llanamente. Eso que Arendt creyó una esfera por encima e independiente del trabajo y la producción, pero que, desde un punto de vista materialista (el evemerismo de la política), sólo es un modo de organizar lo más equitativamente éstos para que después los ciudadanos escojan cómo vivir libre e individualmente su "mundo de la vida", esto es, la dimensión simbólico-afectiva de su existencia, que sólo desde esa base material a construir puede a) tener lugar y sentido; y b) llegar a ser compatible con otras formas de vida dentro de un mismo espacio, esto es, universalizable, o lo que es lo mismo, devenir ética, puesto que toda ética es sólo resultante de esos factores, pero nunca su causa ni independientes de ellos. Primero la igualdad, luego la libertad. Pero no una igualdad meramente formal, sino lo más material que sea posible; sin ella no habrá nunca verdaderas libertades, salvo, por supuesto, las del rico.

Para todo lo anterior es necesaria la cultura, desde luego, sin la cual el ciudadano siempre será un esclavo; será únicamente libre de escoger entre lo que previamente se le ofrece, y punto. O, dicho de otra forma: no superará esa base simbólico-afectiva supuestamente originaria del pueblo, de la comunidad (lo que Kierkegaard llamaba el "estadio estético" de la existencia), sin reparar en que éstos hace mucho que en realidad no existen. Sólo la cultura hace ciudadano al ciudadano, y no ya meramente trabajador o consumidor o patriota. Por eso ha sido atacada, desprestigiada e intervenida por los diferentes partidos políticos (tanto de derechas como de izquierdas) desde hace décadas, reducida a algo paródico, a la industria cultural que tan en detalle analizaron Adorno y Horkheimer y después otros como Debord. Una rama más del mercado, en la que sólo lo rentable es aceptado y el resto es desechado. La genuina cultura, que no es otra cosa que el conjunto de eso que llamamos "humanidades", se pretende sustituir artificialmente por diversos modos de "formar al ciudadano" (da igual la absurda denominación que les dé el partido en el poder; se trata de lo mismo, aunque siempre, cómo no, barriendo para casa). El colapso de los Estados y la despolitización de la sociedad (la oclusión del espacio público, su disolución en lo privado) van paralelos al desmantelamiento institucional de la cultura, o sea, de las humanidades. Éstas siempre han sido muy productivas, en realidad, aunque su productividad no fuera muy tangible: mantenían entretejido el espacio colectivo en cuanto tal. Por eso el programa de deconstrucción social que ahora entra en su fase de culminación empezó, hace ya varias décadas, por la estigmatización y progresiva eliminación de aquéllas. Se habla de la "excelencia de la educación" actual, pero al margen de lo poco excelente que es ésta, el criterio para juzgar si lo es no puede ser únicamente la calidad de la instrucción técnica que convierte en obrero cualificado y económicamente productivo, no; debe ser además, y sobre todo, la formación íntegra que convierte en ciudadano políticamente responsable (y por tanto, por lo general también productivo, pero no a favor de los grandes capitales, sino del propio colectivo organizado, del Estado, para el cual debe importar no sólo lo económico, sino también parámetros cualitativos). Un Estado fuerte y una ciudadanía libre son las dos caras de una misma moneda (se puede dar el primero sin la segunda, ciertamente, pero nunca la segunda sin el primero), siempre que estén mediados por la cultura. Hoy se está dando el golpe de gracia a las tres cosas. Y es elocuente que se empezara por la cultura para luego llegar a lo demás. Va a ser más importante, y tal vez peligrosa, de lo que se quiere reconocer.