Caminos del Lógos: Filosofía (III)
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lunes, 20 de abril de 2009

FILOSOFÍA (III)

Tiene que haber una estructura, una arquitectura desde la que pensar las determinaciones de lo que hay para asignarles un lugar. Ése es el corazón de toda filosofía, su operación esencial; la parte positiva que sostiene la crítica evitando que decaiga en puro escepticismo o nihilismo, o en mero "pensamiento débil": el establecimiento de una topología del ser. El propio pensar (metafísico, si no se ha renunciado del todo a emplear hoy esa expresión) no es otra cosa que esa topología, esa adaequatio del orden "mental" (concepción ya demasiado moderna) con el ontológico, que no con el óntico, lo cual lo reduciría todo a los estrechos límites de la "teoría del conocimiento". Esa topología atraviesa transversalmente la historia de la filosofía, siendo algo así como la gramática que genera los diferentes discursos; desde el punto de vista topológico no hay Aufhebung, sino coexistencia de determinaciones, o mejor dicho, de los lugares respectivos que ocupan. Es por ello que se puede entrar en la Filosofía desde cualquier filosofía, pues éstas son puertas de acceso a ese espacio lógico donde todo está conectado. Se da así un diálogo eterno, en el que las distintas determinaciones son correlatos de diferentes épocas históricas, pero no en sucesión, sino alimentándose retro y prospectivamente.

Dejemos por ahora al margen si ese espacio lógico es algo de suyo, o si es el grado más abstracto de comprensión de la materia, o si es invariable o en devenir (un devenir de lo lógico: la idea más espectacular de Hegel), etc. En cualquiera de los casos, ser filósofo es producir los conceptos (a modo de balsas para cruzar un río en el que no hay puentes) que permiten moverse por ese espacio, y por tanto ocuparlo, no sólo "visitarlo". Cabe hacerse esta pregunta, ciertamente: ¿el filósofo crea o descubre conceptos? Ahí ya tenemos una importante elección, que marcará nuestra forma de entender la filosofía misma: lo que Kant llamaba "pensar por meros conceptos" o "por construcción de conceptos" (el asunto que se juega en el argumento ontológico, y que trasciende con mucho la demostración de la existencia del ente infinito). Sea como sea, lo que siempre hace el filósofo, incluso en el primer caso, es usar de otro modo los conceptos, cambiar su relación con el objeto, con lo cual siempre hay un componente constructivo, "artístico", si se quiere; pero no del objeto, claro está, sino de nuestro modo de aprehenderlo y de aprehender sus relaciones con el resto de objetos. El trabajo del filósofo es abrir los conceptos, desplazar su relación lógica con el objeto y con el resto de conceptos en el espacio lógico. Se trata, por tanto, de una ruptura con la objetividad dada, de producir una nueva objetividad que engendre una nueva acción.

Volviendo a la opción insinuada más arriba, el propio espacio lógico admite variaciones, juegos. En ello no hay arbitrariedad alguna. Todo está relacionado con todo (y ello en un sentido puramente conceptual, sin que se trate de pensar analógico alguno). Producir conceptos es por tanto hallar nuevas relaciones en el espacio lógico, que incluyen, cómo no (y siempre es lo primero que ha hecho todo gran filósofo), las propias relaciones espacio-temporales. ¿Se puede, por tanto, cartografiar de un modo definitivo ese espacio lógico, hacer una especie de "metafilosofía"? De ninguna manera: se puede acceder a él desde una filosofía, desde cualquier sistema conceptual, y luego se puede pasar a otros, establecer conexiones, redes gramaticales y semánticas; pero no hay pureza que reconstruir. Se trata de algo vivo. Ahora bien, eso no debe llevar tampoco a la mística a la que la intuición de ese espacio de los espacios llevó a Heidegger y a otros, es decir, al rechazo de la lógica a favor de una experiencia de lo inefable. No es inefable lo que puede ser dicho de inagotables formas. Y no debemos ni podemos renunciar a decirlo, a explorarlo; así pues, nunca acaba la filosofía: pues su tarea, que es no sólo gnoseológica, sino sobre todo política, en el sentido originario, está siempre vigente. Hay que actualizar la infinita potencia del espacio lógico a la altura de las exigencias de cada época.