Caminos del Lógos: Filosofía académica (I)
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viernes, 11 de julio de 2014

FILOSOFÍA ACADÉMICA (I)

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Ya dediqué hace tiempo unas reflexiones a la defensa de la filosofía académica (“científica”) frente a la proliferación de discursos –en gran medida propiciados por internet– propios de una autoproclamada “filosofía mundana”, la cual no suele consistir sino en las afirmaciones gratuitas realizadas por diletantes que, tras haber leído unos cuantos libros, se lanzan a la arena teórica a batirse en duelo con quien tenga la mala suerte de ponérseles por delante. Por lo general son tanto más agresivos (y maliciosos) cuanto más ignorantes o limitados, pero sus ansias de llamar la atención los llevan, precisamente, a la búsqueda de gente procedente de la academia con la que batirse. Cuando se es suficientemente entusiasta e impulsivo, resulta difícil sustraerse a ese tipo de dialéctica, y para cuando uno repara en lo fútiles y barriobajeros de semejantes encontronazos, normalmente ya es tarde y las bajezas y argumentos ad hominem que se han tenido que soportar sólo servirán de escarmiento para ocasiones futuras. A veces tales gladiadores del concepto –que no suelen pasar de traficantes de ideología barata– han salido del propio mundo académico, pero se les ve a la legua: son los más incapaces de cuantos pasaron por él, lo cual les ha vedado cualquier tipo de trabajo en el mismo, y el resentimiento es el motivo de sus querellas, que sólo son demostraciones de odio a la filosofía misma, de la cual saben que no podrán “vivir”. Son así constantes los “argumentos” contra el “funcionario” y, en general, contra todo criterio objetivo y formal de calidad del trabajo, que debería dejar paso a la “libertad intelectual” del “individuo” (el profesor de filosofía nunca lo es, por lo visto; se trata de un agente del sistema que cada día trabaja en la autoperpetuación de éste, a través de sus escritos y lecciones), cuyas ideas son por el contrario “pensamiento vivo”. Los rasgos definitorios de éste suelen ser: a) una inanidad teórica que sería sorprendente hasta en un estudiante de primeros cursos de carrera, b) un desconocimiento palmario del tema tratado y de la historia del pensamiento en general (qué se ha dicho acerca de ese tema), y c) una destructividad desenfocada digna del adolescente más enrabietado contra sus padres; rabia que, al fin y al cabo, es el propio asunto tratado, enredado en el más pueril narcisismo.


Pero no quería dedicarme en esta ocasión a repetir lo que ya dije entonces. Y es que, para ser justos, la filosofía académica también pide a gritos un pequeño “ajuste de cuentas”, pues el sopor dogmático en que se halla sumida es en realidad el principal argumento que esgrimen sus opositores. Mi postura al respecto, por ir directo al grano, es la siguiente: el que se dedica a la filosofía –rara avis en el mapa de los saberes– tiene que haber pasado por la academia, pero para superarla. Es necesario haber estado en ella, pero haber salido de ella, para confrontar los conocimientos adquiridos allí con la experiencia de lo mundano. Ésa es la piedra de toque. No hay otra filosofía mundana que merezca tal nombre. Con todos sus defectos, que son muchísimos, sin la academia la filosofía no sobreviviría. Una cosa es que pertenecer al entorno académico (especialmente cuando hablamos de la universidad) suponga plegarse a las exigencias del mismo, que suelen ser más políticas que científicas (en la de filosofía, como en cualquier otra facultad), y otra cosa es que para poder hablar no haya que haber pasado por la academia. Mejor una mala academia que ninguna; tiene que haber algún tipo de criterios de calidad y reflexión sobre lo que se dice y lo que se escribe. No se es filósofo por estar en la academia, desde luego –de hecho, no suelen estar allí–, pero no se puede serlo sin haber pasado por ella (hay excepciones, claro, pero por eso son excepciones, y casi todas las encontramos en un pasado que ya no se corresponde con las condiciones educativas y epistemológicas actuales). Hay que conocer la academia, aunque sea para luego renegar de ella. Pero el que no puede renegar es el que no la ha pisado, o lo hizo como un fantasma. Lo que está en juego es la supervivencia misma de la filosofía, que difícilmente saldrá adelante convertida en cháchara de mercado entre “enterados”. La sociedad de la información es la enemiga mortal de la filosofía: lucha por desplazarla hasta el margen de la cultura y empujarla a la nada; donde se impone la “información” lo que falta es precisamente “formación”, y ésta es lo que la filosofía debería proporcionar. El diletantismo es su muerte.

Ahora bien, aun admitiendo esto, está claro que algo falla. Falla en todo el sistema universitario (no sólo el español, sino la universidad como tal, convertida en una rama del mercado en vez de ejercer cierta resistencia contra éste en nombre del conocimiento y de la “universalidad” pretendida; una universidad que ya sólo proporciona “formación profesional” –conjuntos de destrezas– y renuncia así a su razón de ser sociocultural), pero de forma palmaria en el caso de las facultades de filosofía. Los problemas con que éstas se encuentran son de dos tipos: los inherentes a su propia naturaleza (los que siempre se podrán reprochar a la filosofía académica) y los sobrevenidos por la coyuntura histórica en que nos encontramos, que vienen a agravar los anteriores quizá hasta el punto de fractura.  

3

En cuanto a los problemas inherentes a la academia, son de todos sabidos. El principal es el mandarinato y su consecuencia inevitable, el nepotismo. Los catedráticos detentan un poder sin límites no sólo dentro de la estructura académica –tanto docente como investigadora–, lo cual es justificable, sino también dentro de la estructura administrativa, lo cual no lo es tanto. No existe algo así como una “división de poderes” dentro de la universidad, y esto conduce a una suerte de absolutismo. Es una institución, en efecto, inmovilista y fuertemente inercial. En las facultades de filosofía, en concreto –y no creo que en las españolas la cosa sea muy diferente a las de otros países–, hay poca investigación original, por no decir ninguna, y cualquier intento de abrir frentes nuevos es pronto abortado, pues amenazaría la “escuela” que toda vieja gloria aspira a dejar. Así, los investigadores jóvenes (tanto pre- como post-doctorales; becarios o contratados) son mano de obra intelectual barata y desechable, a menudo empleados como meros “chicos de los cafés”, lo cual es no sólo insultante, sino ante todo un imperdonable derroche humano. En la universidad trabajará quien quiera el catedrático de turno, que dejará su herencia atada y bien atada; tal sucesión suele tener más que ver con el apellido o con los niveles de degradación personal alcanzados por el aspirante que con sus cualidades (y a quien diga que éste es un gran problema de la universidad pública, habría que replicarle que en la privada es mucho peor). Mientras, investigadores y docentes capacitadísimos se ven condenados a malvivir con sueldos ridículos –similares a los de un camarero, pese a su alta cualificación– a la espera de que les llegue una oportunidad que quizá nunca lo haga. Hay, ciertamente, más talento fuera de las facultades que dentro, pero insisto: ese talento salió de esas facultades, pese a todo; no se generó espontáneamente por la lectura amateur de una decena o dos de libros en ratos de ocio, sino por un duro trabajo de años en un entorno altamente especializado. Pero hay más: los mandarines se apropian, en un proceso de genuina explotación de la fuerza de trabajo intelectual del investigador (una suerte de “plusvalía intelectual”), de una enorme cantidad de trabajo ajeno. Esto siempre es negado, por descontado, y cualquier estudiante o investigador que pretenda transitar el tortuoso camino de la acusación de plagio está condenado de antemano a no trabajar jamás en el sector educativo –como aquel que reclame el resultado de una oposición–. De todas formas, se hace por lo general de forma “limpia” y perfectamente legal: diversos jóvenes investigadores trabajan en proyectos firmados por un catedrático, que a lo mejor no tiene ni idea de lo que se está gestando, pero lo avala con su firma. Un vistazo final al material que se va a presentar, un gesto afirmativo, su nombre en un papel avalando ese trabajo –y con ello, reclamando una parte de su autoría–, y ya está: tenemos al típico “gran investigador” sumido, pasmosamente, en varias investigaciones simultáneas (tesis doctorales, grupos de trabajo, etc.), todas ellas absolutamente heterogéneas.

Pero hay algo que es quizá el más grave lastre de la investigación, pues una cosa es apropiársela, y otra impedirla. El típico catedrático es de edad avanzada y hace tiempo que se estancó en una serie de ideas de las cuales es difícil moverlo. Se da la paradójica circunstancia, en el mundo filosófico, de que entre los catedráticos actuales hay muchos que creen ser realmente “innovadores” y “transgresores”… por defender los modelos teóricos vigentes cuando ellos eran jóvenes y estaban estudiando, allá por los setenta. Y aunque por la filosofía el tiempo pase más despacio que por la sociedad (por aquello de que «la lechuza de Minerva…»), y en cualquiera de los casos una teoría no quede jamás “superada” o “refutada” por las que vengan después –lo cual permite recuperar pensamientos clásicos como si fueran perfectamente actuales–, sí que hoy se da esa sensación de ambiente démodé propio de tendencias teóricas efímeras (porque ya en su momento fueron modas, y toda moda pasa, y lo hace pronto). Se siguen publicando muchos libros que no son más que remedos de una posmodernidad francesa y de una dialogía alemana rebasadas ya de largo por los acontecimientos históricos recientes; filosofías que han quedado “fuera de juego” en cuanto se han producido cambios socioculturales que han evidenciado lo efímero de su naturaleza, lo momentáneo de su éxito. Y es que fueron epifenómenos del Estado del Bienestar, productos intelectualmente relajados, paupérrimos, que de repente han perdido todo sentido con el colapso de aquél.

Sin embargo, de repetir esos gastados mantras viven muchos, ajenos a lo que pasa en el mundo, porque éste no se acomoda a su teoría. No son capaces de seguir el ritmo de los tiempos –siguen reflexionando sobre la época que ya ha pasado–, y quieren detener el tiempo de la academia artificialmente, para que no avance dejándolos a ellos atrás y destruyendo su legado, si es que hay tal. El típico catedrático no quiere que ningún discípulo vaya un paso más allá de donde él dejó las cosas, y por tanto se resiste al pensamiento creativo y novedoso, que supondría la liquidación de su hegemonía, el “parricidio” académico que pondría en peligro su memoria. De ahí que defiendan un nocivo conservadurismo intelectual (repito: por más que defiendan las más iconoclastas teorías… de hace décadas) y se sientan amenazados en cuanto alguien hace trabajo teórico original. Esta situación constituye, como decía, el peor lastre del pensamiento, pues al fin y al cabo, sin el visto bueno de tales autoridades es muy difícil que cualquier investigación salga adelante. Por lo menos, en el marco de la academia. Y fuera de ésta, desgraciadamente, no existen apenas espacios para la teoría seria, a falta de destinatario. De ahí que prolifere ese sucedáneo que hoy quiere llamarse “filosofía mundana”.