Caminos del Lógos: Filosofía académica (II)
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sábado, 9 de agosto de 2014

FILOSOFÍA ACADÉMICA (II)

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Éstos son problemas a los que la filosofía académica, en mayor o menor medida, siempre se ha enfrentado. Pero hay otros nuevos, propios de la época que nos ha tocado vivir y de las transformaciones que ésta produce en todos los espacios, incluido por supuesto el académico. Algo que podríamos inscribir dentro de la crisis cultural que azota al mundo actual como consecuencia de la mercantilización del conocimiento y de los radicales e inevitables cambios en los modelos de producción y transmisión del saber debidos al desarrollo tecnológico. La filosofía no puede mostrarse indiferente a estos factores, claro está.

En general, la producción filosófica actual es lamentable, por no decir otra cosa (aunque difícilmente podrá ser considerada la “filosofía mundana” una alternativa, pues ésta, simplemente, no produce teoría alguna, sino que se limita a la divulgación o incluso al mero desahogo personal). El trabajo teórico que sale de la academia es de muy mala calidad y apesta a refrito. Suele ser carente de rigor conceptual y originalidad –no digamos ya de brillantez, que sería pedirle demasiado–, banal, desnortado. Una filosofía que se mueve a medio camino entre el desierto de la escolástica y el laberinto de lo estético, desconectada de las preocupaciones del mundo real; y esto aun teniendo en cuenta que se trata de la sempiterna acusación a la filosofía. Pero, mientras que autores de otras épocas se alejaban de lo inmediato para ganar la distancia teórica que permitiera la visión de conjunto, lo que hoy ocurre es precisamente lo contrario: el encastillamiento en “refugios” en los que el pensador medroso se siente cómodo y, de hecho, no tiene que decir nada para que se considere que ha cumplido su “función sociocultural”.

Esa desconexión del mundo real y sus problemáticas más acuciantes, a las que la verdadera filosofía jamás ha sido ajena (otra cosa es que, con cada cambio de época, cierta “intelectualidad" miope haya entendido las filosofías precedentes como productos del ensimismamiento teórico, cosa que nunca fueron: ni Platón en el siglo IV a. C., ni Tomás de Aquino en el XIII, ni Spinoza en el XVII pensaron otra cosa que lo crucial de su tiempo), tiene mucho que ver con la autocomplacencia y la pereza. Demasiado ha calado –más de lo que se quiere reconocer, incluso en ambientes que se le oponen explícitamente– la tesis del “final de la historia” en el que nos encontraríamos; de nuestra condición de epígonos a los que, consumada la racionalidad científica y social, o casi, ya sólo les queda mirar hacia el pasado con el entusiasmo del vigilante del museo. O casi más bien con el del limpiador que pasa el plumero por los materiales allí expuestos para quitarles el polvo. En efecto, si todo ha sido dicho ya, ¿qué me queda por decir a mí? Y es evidente –sigue su razonamiento– que todo ha sido dicho ya, pues la sociedad se aproxima a su ordenación total (un rasgo propio de la sociedad administrada) y poco queda que criticar o añadir a este momento de culminación de la Ilustración. Ahora bien, yo tengo que ganarme el pan, y la “mercancía” que vendo es intelectual; así pues, ¿qué opción me queda? Pues solamente una: vivir del pasado, el cual clasifico, reinterpreto sine die, deconstruyo o incluso parodio, sin que por otro lado se deriven de ello grandes rendimientos teóricos. Me muevo por los cada vez más estrechos intersticios entre los saberes actuales para hacer una serie de comentarios “interesantes” o únicamente “epatantes” (qué triste es eso de querer ser el enfant terrible de la filosofía). En resumen: como no puedo crear, porque mi propia posición de partida me lo proscribe, me dedico a conservar o a destruir. En ambos casos, sin tener muy claro el para qué. Síntoma claro de un pensamiento que se ha mecanizado, burocratizado, que ya no es otra cosa que un medio para justificar el statu quo académico.

Por todo ello produce una mezcla de estupefacción, gracia y patetismo ver cómo en ocasiones algunos autores se acusan mutuamente de haberse “robado las ideas”, cuando a su vez están cogiéndolas de un repertorio común. Es algo bastante típico, dado el panorama antes descrito: una operación teórica muy rentable, en términos productivos (casi toda la bibliografía que se publica peca de esto), consiste en desfigurar a un clásico para a continuación criticar sus deficiencias y después “corregir” éstas mediante una (mala) paráfrasis de lo que verdaderamente dijo. Una apropiación de sus ideas tan poco honesta como habitual; sólo varía, por término general, el grado de mala fe con que se hace. Es como ver a san Jorge pisando la cabeza del dragón muerto… sólo que ese dragón es de cartón, pues al auténtico no lo ha matado nadie –no se puede–, y tarde o temprano devorará al traicionero caballero, en cuanto su “moda” pase y su público deje de jalearlo, ya que toda su fuerza la extrae del contexto que lo apoya, en vez de denunciarlo –pero es que los filisteos de la cultura viven de encubrirse los unos a los otros.

Decía antes que la efímera época del Bienestar ha dado de sí un tipo de reflexión autocomplaciente, puro juego intelectual, que de repente –con la crisis– se evidencia lejos de toda realidad (entendiendo por tal lo apremiante de nuestro tiempo). Ahora esos entretenimientos ya no “sirven”, se muestran vanos y sin sentido, pues eran puramente coyunturales (¿dónde están los Habermas y compañía hablando de “marcos intersubjetivos de diálogo propiciados institucionalmente”, “condiciones pragmáticas de consenso que presuponen la igualdad de todas las partes”, etc.?); se han caído de la noche a la mañana como un castillo de naipes. Y muchas filosofías “transgresoras” hace tiempo que demostraron ser únicamente ontologías del neoliberalismo, el mismo que ahora devora no sólo todo el capital social acumulado, sino los propios discursos que lo legitimaron subrepticiamente, pues ya no le sirven o incluso se han quedado cortos en sus exigencias.

“Entre todos la mataron y ella sola se murió”, cabe decir de la filosofía actual. El abandono del nervio teórico en favor de lo fácil y muchas veces kitsch la ha dejado sin defensas para cuando ha llegado la enfermedad. Anticuarios (escolásticos, fenomenólogos), provocadores (deconstruccionistas), ilusos (teorías dialógicas), acomplejados (casi toda la epistemología reciente) y arribistas que se quedan sin trabajo porque está ya está hecho y pagado (la filosofía post-analítica que se pasó a la legitimación pragmática de lo dado); todos ellos han desecado el pensamiento filosófico justo para cuando ha llegado la sequía –material, pero también espiritual– en que éste es tan necesario a la hora de señalar fines, de orientar el pensamiento individual y colectivo (psíquico y social) en alguna dirección. Nada que ver con la enorme generación de pensadores del período de entre- y posguerra, esos a los que la generación que se crió a su sombra se dio tanta prisa en enterrar, más que nada porque la eclipsaba y sabía que a su lado nunca sería nada, que es lo que al fin y al cabo dirá la historia que ha sido. Un mero episodio. Simples pregoneros de un “saber” libresco desvinculado de todo rigor científico, de toda aspiración metafísica y de toda pertinencia sociocultural, condenado por tanto a una pronta extinción. Predicadores de la post-historia, del post-humanismo y de todo lo que empiece por “post”, que de repente se quedan sin capacidad de respuesta ante los desafíos emergentes –o peor aún: hacen como si nada y siguen a lo suyo, con su discurso de hace treinta o cuarenta años, pues al fin y al cabo tienen ya un nombre y la jubilación garantizada.

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Ciertamente, todo lo anterior remite a su vez a marcos institucionales –y por qué no decirlo, económicos– que, de formas sutiles pero efectivas, ejercen un gran control sobre la forma y el contenido del discurso académico (éste se encuentra excesivamente burocratizado y politizado, y posee la paradójica condición de ser un subsistema social que debe neutralizar, pero a la vez transmite, relaciones de poder). Al fin y al cabo, el producto que se entrega –denominarlo así resulta repulsivo, pero refleja la realidad– ha de cumplir unas expectativas de mercado, tiene que adecuarse a las exigencias del receptor; no deja de ser una rama más del sistema económico. En el más habitual, prosaico y (ahora sí) mundano de los sentidos, el trabajo teórico sólo tiene como motivación el conseguir tramos de investigación avalados institucionalmente, o lo que es lo mismo, remunerados. El problema radica en la obtención de dicho aval, en su homologación como “conocimiento”.

La mayor amenaza para toda producción de genuina filosofía –resulta ya hasta cursi recordar aquello del “amor a la sabiduría”–, más allá del desinterés de la sociedad (¿cuándo estuvo interesada?), de las molestias que pueda causar a los políticos (¿molesta realmente?) o del apalancamiento de los académicos (¿es éste un fenómeno nuevo?), fue mencionada antes: consiste en que toda forma de conocimiento se ha visto reducida en esta época, por exigencias tecnocráticas, a información (paquete de datos cuya integración en un todo de sentido es irrelevante y cuyo valor depende tan sólo de las “operaciones” que permite producir). Esto impone un filtro funesto que define lo que es o no conocimiento, con total independencia del contenido gnoseológico del material en cuestión; en la sociedad de la información –que es descaradamente inculta y espiritualmente pobre como pocas antes– existe, por un lado, una sobreabundancia de datos que es indudablemente práctica y contribuye a la democratización del saber; pero por otro lado, el del saber reglado, nos topamos con unos criterios académicos y editoriales que deciden qué es y qué no un discurso válido, y ello en paralelo a la banalización y la homogenización a la baja (que se dice “democrática”) de dicho saber.

En el mundo académico sólo existe lo que aparece en una publicación acreditada, y es lógico y deseable que así sea: ello proporciona garantías acerca de los contenidos y la forma. Sin embargo, ello también esconde trampas para el pensamiento, que a falta de resultados empíricamente contrastables –como le ocurre a la filosofía–, se oculta tras esos mismos criterios formales para hacerse pasar por “investigación” incluso cuando habitualmente no lo es. Y es que dichos criterios apuntan a menudo, de forma consciente o inconsciente, directa o indirecta, hacia intereses económicos o ideológicos, o al menos hacia la simple autoperpetuación del sistema, la cual tanto le interesa al que ya pertenece a él. A veces, simplemente se trata de “modas” que dictan “lo que se lleva”, lo cual es casi peor. La academia termina comportándose como los mass media (en realidad, forma parte de la misma estructura social), que deciden lo que es noticia o simplemente real. En este caso, lo que debe ser dicho. Toda otra visión es condenada al silencio. De esta forma, al final, el mero trámite suple al esfuerzo del concepto y se instala como estándar académico mediante ramplonas “exposiciones” o “comparaciones” de autores –en el mejor de los casos, correctas paráfrasis que pretenden sustituir la confrontación con las fuentes–, textos que hablan de otros textos, nunca de la cosa en sí. Puede que ésta sea la piedra de toque para diferenciar al profesor de filosofía del filósofo, el cual siempre se ha medido con la realidad utilizando la tradición como medio o pretexto, pero nunca al revés.

Sea como sea, sólo lo que una revista o editorial especializada acepta publicar existe, y ello implica que los comités de redacción y los editores –que son humanos, demasiado humanos– tienen la última palabra acerca de lo que es filosofía y lo que no, dándole a ésta un sesgo que a menudo poco tiene que ver con la relevancia intelectual del trabajo. Ciertos temas o disputas son sistemáticamente desechados, con independencia de su rigor científico; un ejemplo clarísimo fue la obliteración, de la noche a la mañana, del debate estructuralista en las ciencias sociales y humanas, que había elevado la filosofía a sus más altas cotas teóricas entre las décadas de los cincuenta y los setenta, para desaparecer súbitamente fagocitada por la nueva generación de “postestructuralistas” (quienes esgrimían un discurso desde luego mucho más acorde a los cambios sociopolíticos y a la ingeniería cultural que se estaba desarrollando en la Europa de entonces). Y ello por no decir que sólo lo que se publica en ciertos países tiene alguna difusión, lo cual se justifica objetivamente en sus fuertes tradiciones filosóficas y en sus robustos sistemas académicos, pero tiene también motivaciones menos transparentes en políticas de gestión investigadora y educativa que dejan a países o continentes enteros fuera de ciertos círculos, lo cual siempre redunda en la imagen magnificada de aquellos que poseen el poder del imprimatur. Así, no es de recibo que no se acepten artículos escritos en castellano en revistas internacionales, siendo la tercera lengua mundial más hablada y la segunda en cuanto a hablantes nativos; por más que la filosofía moderna y contemporánea hayan sido eminentemente cosa de franceses y alemanes –cuyas lenguas son, junto con el inglés, las únicas aceptadas en dichas publicaciones–, éste no debería ser un criterio de selección en un entorno académico que afirma ser abierto, global y multicultural, cuando en realidad refleja el poder y la influencia de sus respectivos países.