Caminos del Lógos: Filosofía académica (III)
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sábado, 13 de septiembre de 2014

FILOSOFÍA ACADÉMICA (III)

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Resumiendo todo lo dicho, la filosofía, cuya existencia está hoy gravemente amenazada –y no sólo en países como España, caracterizados por el odio al pensamiento–, no se ve en semejante trance tanto por causas extrínsecas (improductividad económica, desinterés hacia ella incluso desde otros sectores culturales, incomodo de ciertas instancias políticas o religiosas) como intrínsecas. Son su propia crisis de identidad y su autorreferencialidad lo que la sitúan en tan arriesgada posición. Los académicos (quizá por haberse convertido en “gente de letras” sin ningún conocimiento científico, o a la inversa, por un insuperable sentimiento de inferioridad ante las ciencias, como si la filosofía tuviera que rivalizar con ellas por el territorio de la verdad, lo cual es absurdo) han llevado a la filosofía a un callejón sin salida, casi diría que a un suicidio teórico, del que mucho le va a costar a ésta salir.

Ante la falta de discurso propio –que habría que elaborar–, aquéllos viven de rumiar el heredado, de deconstruirlo, de reinterpretarlo hasta la saciedad; en última instancia, viven de pregonar su negación, su ruina y su ocaso. El “fin de la filosofía” que han convertido en Leitmotiv es la conclusión lógica de los tan cacareados finales del hombre y de la historia –aunque, irónicamente, la filosofía sea anterior a la hipóstasis moderna de ambos conceptos, y por tanto no tendría que caer con ellos–. Y todo para asegurarse la cátedra cuando no tienen nada positivo que decir, cuando no tienen capacidad de construir teoría propia y han de sobrevivir parasitando la ajena. De esta forma, todo se entrega a un esteticismo calamitoso que lleva la disciplina a su paulatina extinción. No es de extrañar el ver las tijeras en manos de las autoridades educativas de ciertos países –aunque el caso de España lo dejaría aparte, por razones muy largas de explicar ahora pero de todos conocidas–, que no tienen problema en finiquitar la filosofía, cuando es esta misma la que ha hecho discurso de proclamar su acabamiento; pero, a la vez, se esfuerza en justificar su existencia en la academia como algo “necesario”.

De la producción teórica, que no puede entenderse al margen de sus condiciones burocráticas de existencia –a saber: de la necesidad de publicar para justificar la actividad profesional, y de hacerlo en revistas y editoriales (por lo general, en tiradas sufragadas por los propios departamentos académicos) que deciden qué y cómo es “científico”–, sólo cabe decir que está estancada en un régimen obsoleto y endogámico. La cantidad y las prisas son contraproducentes a la hora de escribir algo serio, convenientemente madurado; y los mensajes sin destinatario nunca tuvieron gran recorrido. Pero esto es lo que pasa: se publica para cumplir objetivos académicos, y sin embargo, (casi) nadie lee a nadie. No hay debate ni contrastación; no hay polémica; y ésta es lo más parecido al momento empírico, “experimental”, que tiene la reflexión abstracta. Sin dialéctica no hay hilo conductor para el discurso, que se enreda en sí mismo y se vuelve autocomplaciente y plano. Ésta es la situación general. Lo más que se suele encontrar, y por aquello de cumplir las exigencias de “referencias acreditadas” necesarias para entrar en ciertos índices que supuestamente miden la calidad de la producción, son reseñas encargadas a amigos, que con un poco de suerte habrán leído el trabajo que han de reseñar (un vistazo al índice, un ojeado rápido y cuatro alabanzas con algún pequeño “pero” que salve el pundonor bastan por lo general). Y cuando ésta es toda la “intertextualidad” que hay, mal andamos.

Los temas y los formatos de la producción filosófica actual, vista en conjunto, no se adecúan en absoluto ni entre sí ni con el mundo al que se supone que van destinados. El pensamiento vivo ya no los admite, no tienen sentido. Los vastos tratados de quinientas, seiscientas o más páginas no pueden ser la expresión del lógos en el siglo XXI; se trata de un formato de investigación absurdo que revela una tremenda inflación textual: la cantidad que suple la calidad, la carencia de contenido que lleva al juego con la forma –y a su injustificado estiramiento–. Eso es hoy una tesis doctoral, ni más ni menos; y en eso consisten muchos trabajos de pura erudición y pedantería que perfectamente podrían resumirse en un artículo. De hecho, el artículo es el modelo de lo que debería ser el trabajo conceptual. Así lo es en cualquier ciencia estricta, donde todo descubrimiento se publica en forma de paper. No existe el “tocho”, la monografía (salvo con función puramente escolar, pero nunca investigadora). Unas cuantas páginas dicen todo lo que tienen que decir o ninguna extensión mayor lo hará en absoluto. Bien. Pero, ¿qué ocurre con los artículos de filosofía? Nos vamos al extremo contrario, y topamos con unas exigencias ridículas que solamente limitan la investigación. Importa más la forma que el contenido –ya se ha ocupado la “posmodernidad” de que eso sea en sí mismo un filosofema que mantenga las conciencias limpias–, de modo que el típico artículo es un refrito (abundan los extractos de tesis doctorales u otros libros escritos hasta décadas atrás, cambiando los títulos para que no se note mucho) al que se exige tener un montón de notas al pie –porque si no, no es ciencia, aunque habría que preguntarse: ¿qué verdadero filósofo ha escrito con notas al pie?–. Igual que las extensiones desmedidas son ridículas, los límites que se imponen al número máximo de páginas de los artículos no lo son menos, y además por motivos difíciles de justificar (el precio de la impresión no puede serlo en plena era digital, con cada vez menos publicaciones haciendo tiradas en papel). Es típico que se exija mutilar los escritos hasta reducirlos a unas diez páginas, en las que el contenido –si lo hay– difícilmente podrá ser desarrollado. Pero se trata de “píldoras de información”, de “avances de investigaciones” en los cuales el propio autor parece estar reseñándose a sí mismo, en vez de presentar sus resultados al público. Con eso basta. Este proceder, además, tiene la virtud de exonerar al autor de esos desarrollos que nunca llegarán. Y eso sí que es anticientífico. Si a esto le añadimos, por último, las interpolaciones que los editores suelen exigir (normalmente, citar a colegas suyos especialistas en la materia, o cuanto menos citar “bibliografía nacional”), ya tenemos la fórmula completa del despropósito.

7

Menos mal –aunque es un triste “menos mal”– que, con la así llamada crisis económica, los estetas y los pregoneros de la dialogía al servicio del sistema productivo han desaparecido, o se han mostrado al fin como los teóricos inanes y afines al sistema que siempre fueron. Ellos y sus pobres émulos de la cátedra. Parece volver un pensamiento serio y comprometido con el mundo, ajeno a formas tardías de mal idealismo. La pujanza del materialismo (en su empeño de comprender las transformaciones objetivas y subjetivas de la realidad humana, sobre todo sintetizando de formas conceptualmente muy prometedoras el marxismo y el psicoanálisis, pero no al modo del freudomarxismo de los años 60 y 70, sino de un modo menos utópico y mucho más concreto) es palpable. Aun así la monolítica academia sigue en su mayor parte impasible a los cambios reales –todo allí es sub specie aeterni–, pues los instalados en ella no tienen interés alguno en reciclarse, sino que siguen discutiendo sobre la calidad de una traducción de Kant o sobre fútiles detalles de la fenomenología, como si de ello dependiera algo a estas alturas.

Éste es el triste panorama que encuentro en la filosofía académica de las últimas décadas. Otra cosa es que no vea alternativas fuera de ella. No es que no se pueda hacer filosofía académica (rigurosa, fundamentada) fuera de la academia; de hecho, gente de altísima preparación está fuera de ella. Pero ese destierro condena al pensador que quiere contribuir con su trabajo al acervo filosófico a la desazón de escribir fuera del circuito, lo que lo condena a no poder publicar jamás, o con suerte, si puede publicar en alguna revista especializada, a no ser leído, lo cual es lo mismo que no haber escrito nada. Si la alternativa es la “filosofía mundana”, de poca alternativa estamos hablando, pues cuanto más mundana es, menos filosofía. Al perder la distancia teórica con el objeto se pierde a sí misma en cuanto reflexión y termina siendo producto de consumo fácil para quien quiere dárselas de escritor o lector culto. Una vez más: la filosofía puede y debe hablar del mundo –pues si no, tampoco es filosofía alguna, sino vacía erudición–, pero para poder superar lo meramente académico ha de haber pasado por la academia. Y ello aunque en ocasiones se hallen dislates monumentales, libros que uno no sabe muy bien qué son ni qué pretenden, precisamente por no saber sus propios autores en qué registro quieren moverse ni a qué público se dirigen, con lo que se quedan entre dos aguas y al final no son ni académicos ni mundanos, sino extraños híbridos malformados que nacen muertos. Quizá el ser “inútil” (el no dejarse vender como mercancía) sea lo que salve a la filosofía académica de convertirse en una simple forma de ideología –y si aquélla tiene una tarea que cumplir, es ésta por encima de todas–, pero nada parece poder evitar que acabe relegada a sectores socioculturales olvidados de los que le costará terriblemente salir. Desde luego, harán falta un talento y una pasión que hoy se echan complemente en falta.