Caminos del Lógos: Filosofía académica y mundana (I)
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viernes, 6 de enero de 2012

FILOSOFÍA ACADÉMICA Y MUNDANA (I)

Para quien, como yo, se gana la vida con el hoy tan denostado ejercicio de la docencia, la dimensión pedagógica de la filosofía no puede dejar de tener importancia; ciertamente, entiendo que la filosofía no es otra cosa que la esencia misma de la Ilustración, que Kant definió como "la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad". Minoría de edad intelectual, esto es, "la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la tutela de otro", o lo que es lo mismo, permanecer, por pereza y cobardía, en un estado acrítico, de dependencia. La filosofía es la esencia misma de la Ilustración, o por decirlo de otro modo, del paso del mito al lógos, que no quedó dado de una vez por todas en el siglo VI a. de C., sino que debe repetirse de nuevo en cada época, dado que cada una de ellas produce sus propios mitos, sus propias narraciones autolegitimatorias que deben ser disueltas mediante el ejercicio crítico de la razón. La filosofía tiene, así, una misión educativa insoslayable que, como vio Platón, forma parte de su naturaleza hasta el punto de no poder separarse de ella sin destruirla (de la misma forma que ambas son a su vez inseparables de la política). De ahí que el estudio de la filosofía y el ejercicio de la docencia hayan ido ligados desde hace milenios. La filosofía es la verdadera pedagogía, la formadora no ya de artesanos, técnicos o científicos, sino de ciudadanos, a secas; y ello por más que haya sido sustituida en el ámbito académico por imposturas institucionales a las que sin duda sobrevivirá porque, frente a ellas, tiene un contenido propio.

Ahora bien, de la misma forma que he empezado recordando esa misión pedagógica de la filosofía, no puedo dejar de recordar que la filosofía es necesariamente algo más que ésta. El sentido de la filosofía, en efecto, no puede agotarse en su propia transmisión, esto es, en la mera reproducción de sus contenidos. Tiene otro aspecto, más importante si cabe que el primero, y es el aspecto investigador, esto es, acrecentador del corpus filosófico. Que la filosofía no sea simplemente una disciplina académica a la que, habiendo cumplido ya un determinado papel histórico, sólo le quede como tarea hablar de su propio pasado, no depende de que se convierta en un género literario fácilmente consumible por cualquiera, sino precisamente de que se produzca filosofía, o sea, de que se teorice; y esto quiere decir: que se produzcan textos (porque, al fin y al cabo, la filosofía es un corpus textual, por más que, por mor de posibilitar y prolongar dicho corpus, alcance en determinados ámbitos una dimensión oral), pero textos que no hablen siempre de otros textos, sino de lo que hay. El objeto de la filosofía es describir en términos críticos el mundo, no narrar sus hazañas pasadas. Y lo que observo cada vez con más preocupación, y ello además como con cierto síndrome de Casandra, es que la filosofía (da igual que sea hermenéutica, "posmodernidad", filosofía de la ciencia, etc.) no da pasos nuevos, sino que está bastante estancada en la reiteración de contenidos gastados, teóricamente inanes y críticamente obsoletos; que su aspecto historiográfico, incluso el meramente divulgativo, es el único que parece aún existir para la mayoría de docentes. Y esto, a la larga, es muy peligroso. Todo escolasticismo es profundamente suicida, desde el punto de vista científico, y cuando a una disciplina le interesa más su pasado que su futuro, es que está gravemente enferma.

Ello conduce, además, a la siguiente situación: ante este déficit investigador (e insisto, me refiero a la investigación nueva y original, sobre problemas del mundo actual, no a la mera erudición historiográfica), se suelen presentar las afirmaciones de cualquiera como igualmente válidas. Se afronta dicha crisis teórica con el fácil expediente, bastante manido ya, de señalar la diferencia entre una filosofía académica y una filosofía mundana. La primera, preocupada por la mera especulación, sería propia de círculos universitarios interesados únicamente en mantener su statu quo, mientras que la segunda sería la verdadera y genuina filosofía de hoy, hecha por y para "gente de la calle"; una filosofía comprometida con la vida real y cotidiana. De ahí que muchos (entre ellos estimados colegas de profesión) desprecien a "fósiles" como Kant pero se precien mucho de leer a autores "auténticos", "en el filo", como Michel Onfray, por ejemplo. Pero lo que ocurre aquí es que se está confundiendo la "filosofía que habla del mundo" (que es lo que siempre hizo, por seguir con el ejemplo, Kant) y la "filosofía mundana" (en el sentido de "divulgativa"), lo cual es un error mayúsculo que ha dado origen a toda clase de sofisterías baratas. Naturalmente que la filosofía tiene que hablar del mundo, pero eso no quiere decir que sea filosofía lo que diga cualquiera, como yo no soy artista porque un día haga un dibujo en una servilleta. De forma similar a la anterior, se quiere confundir algo así como "sistema metafísico" con "filosofía académica", lo cual es también absolutamente erróneo.

Lo que yo pretendo aquí es, precisamente, hacer una defensa de la filosofía académica, a la que considero, además, la única cosa a la que cabe llamar filosofía en sentido genuino. Algo que, desde el punto de vista de los amantes de la cultura popular, supongo que me descalificará de antemano.

La filosofía no es ciencia, en sentido estricto, pero si ésta no es una de las fuentes de las que bebe, se diluye en mera (y por lo general bastante deplorable) literatura. En la misma medida, sin embargo, tampoco es la simple forma divulgativa de las ciencias (de hecho, nadie divulga mejor la ciencia que los propios científicos), tarea que algunos le han reservado como única posible. No debe ser la divulgadora de ningún otro saber, como no debe serlo (en lo esencial) de su propio pasado. La filosofía es ante todo producción de investigación filosófica, y ésta es algo que necesariamente estará siempre fuera del alcance del público en general, incluso de público “culto en general”. Divulgación, sí, pero a costa de renunciar a la investigación, no. Y si hay que elegir entre ambas cosas (afortunadamente creo que no es así), mejor quedarse con la primera y esperar que la filosofía tenga razones reales para sobrevivir, que no querer hacerlo a costa de degradarla al favor del público y convertirla en otro artículo de consumo más del mercado cultural y del ocio.

La filosofía, insisto, es ante todo la producción de nuevos textos filosóficos, y esto es algo que lleva años o décadas de sacrificado trabajo, y no consiste jamás en querer llegar al gran público con pseudofilosofías baratas, sincretismos ni versiones divulgativas de las verdaderas. La filosofía nunca ha buscado al público, y habría que pensar si cuando lo hace sigue siendo "filosofía". Es una disciplina académica que se estudia en la universidad y lleva años aprender (muchos más que los de la carrera en sí), si es que se aprende; pues, como decía Kant, se puede enseñar la filosofía, pero no se puede enseñar a filosofar. "Pensar", en efecto, pensamos todos; pero eso no es lo mismo que dedicarse a la filosofía. De ahí que ésta haya sido siempre una "profesión en decadencia", o incluso risible para el público, como lo era ya en los tiempos de Platón, pero aquí sigue, dos mil cuatrocientos años después. Lo que amenaza su futuro no es este pretendido "elitismo" o "esoterismo" (propio de todo saber especializado), sino precisamente el rebajarla para hacerla digerible por los legos.

Y es que considerar que la filosofía ha de ser algo mundano (en el sentido de "al alcance de todos", "mera divulgación") es muy peligroso. Desde que se considera que la educación no debe obligar a nada a nadie, y que tiene que ser divertida y ociosa, todo aquello vinculado con ella se ha visto afectado por la misma mistificación pseudodemocrática. Pero es que la educación es dura, requiere de una iniciación y un difícil y paulatino progreso que no resulta apetecible a la mayoría, ni divertido. Y lo mismo le pasa a la filosofía, incluso desde su punto de vista "pedagógico". La filosofía posee un lenguaje y un utillaje conceptual propios, como los tiene cualquier jerga profesional (no ya "intelectual"; pensemos en el bellísimo y complejo lenguaje de la gente del mar), y en este caso con milenios de antigüedad, que ha de dominarse para poder intervenir en cualquier discusión, y que no ha de cambiarse o rebajarse en función de una homogenización intelectual siempre a la baja que viene exigida por motivos supuestamente "democráticos". La verdad no es democrática, ni es nunca la decisión de la mayoría. Si así fuera, todavía defenderíamos el geocentrismo, frente a "arrogantes" como Aristarco, Copérnico o Galileo, que "se creyeron más listos" que sus coetáneos. Pero eso mismo es lo que algunos te echan en cara cuando, tras demostrar una ignorancia supina en estas lides (los típicos tertulianos baratos, que abundan tanto en internet, que han leído una decena de libros de filosofía y creen que ya saben mucho), les sugieres con mucho tacto que deberían callarse antes de hablar de lo que no conocen. Todo el mundo cree saber mucho de filosofía porque le ha dedicado unos cuantos ratos en plan amateur (son los que "están a la última" porque han leído algún libro de Nietzsche, algún libro de Foucault, algún libro de Heidegger, etc., siempre de entre los más populares, y ya creen poder hablar ex cathedra de lo que otros llevamos muchos años estudiando exhaustivamente). Entre éstos encontramos, sobre todo en este "nuevo mundo" de internet y de la infinita y rizomática proliferación de contenidos (prácticamente todo ello basura, por otro lado), mucho de lo que Hegel denominaba Schwärmerei, la "exaltación" del ignorante que cree poder intuir lo que en realidad no sabe; hay, en efecto, mucho cowboy del teclado, que interviene en todo aquel foro que encuentra y "pone a todo el mundo en su sitio", aunque por lo general no tenga ni puñetera idea de lo que está diciendo. La mayoría de los blogs o páginas web que uno lee de filosofía dan vergüenza ajena y revelan una falta de formación (¡si es que hay alguna!) sorprendente.

La investigación filosófica, que es lo único que prepara para ser "divulgador" de la misma, es algo que lleva mucho tiempo de estudios y esfuerzos, en los que se progresa muy lenta y penosamente, y ha de realizarse en un entorno académico, rodeado de compañeros y especialistas en la materia, donde todo avance real se consigue a base de debates, refutaciones, etc. Pero esto ahora, al parecer, se ve sustituido por el diletantismo que sabe encontrar "atajos" (aunque también, y he de decirlo, participan de esto algunos que se licenciaron hace muchos años y entretanto, dedicados a la docencia o a cualquier otra cosa, han seguido "leyendo cosillas" en su tiempo libre, de forma esporádica, como quien lee novelas). La argumentación racional se ve así sustituida por la autoimposición del lego o del especialista que se quedó a medio camino; al final ambos te salen siempre, muy "democráticamente", con eso de que "tus opiniones son tan válidas como las suyas". No entienden lo fundamental: que lo suyo son opiniones; lo del especialista, no. Todo es interpretable, pero no opinable. Y en filosofía no caben "opiniones". Hay interpretaciones de gente formada y luego están los desvaríos de todos los demás.

Se me preguntará: ¿qué da ese privilegio, esas prerrogativas? Nada, porque no es privilegio alguno: es un derecho, esto es, algo ganado con el esfuerzo, ganado por el que ha pertenecido a una comunidad académica (la universidad, en este caso), que con todos sus problemas, es la única garantía de una cierta seriedad y homologabilidad de los resultados. Y el que cree que puede saltarse todo eso y encontrar atajos es un necio y un arrogante. Así de claro. Hay mucho intrusismo en el terreno filosófico; internet se presta a que todo el mundo se crea un filósofo. Es como creerte físico porque has leído algunos manuales divulgativos de esa ciencia (de hecho, me he topado con imbéciles que creían poder acallar a científicos, en sus respectivos campos, con argumentos tales como que la ciencia es "ideología", "el mito contemporáneo", etc.). Pobres ignorantes a los que ciertos textos que no han entendido se les han atragantado. Ahora bien, hablo de "intrusismo", pero cabe de nuevo preguntar: ¿es que tiene la filosofía un objeto que reclamar como propio, como sí lo tiene la física? No, por supuesto que no; esto queda a discreción de cada autor, que se dedicará a unos u otros temas de su interés. Pero sí que existen requisitos, condiciones formales para que el discurso sea filosófico: para empezar, un conocimiento sistemático y riguroso de la historia de la disciplina, y también unos conocimientos mínimos de diversas ciencias naturales y sociales, sin las cuales aquélla no tiene sentido. Esto es lo que te proporciona la carrera, al menos si la aprovechas, cosa que muy pocos hacen. Por descontado que el título no te hace filósofo, pero sin él no puedes pretender serlo (hoy en día no; los ejemplos tomados del pasado ya no sirven en el muy especializado mundo actual), a no ser que demuestres unas dotes extraordinarias y un sorprendente conocimiento autodidacta. He conocido a muchos que pretendían poseer ambas cosas, pero a nadie que las poseyera realmente. Ni uno. Sólo sabiondillos de medio pelo.