Caminos del Lógos: Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades
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jueves, 9 de agosto de 2012

«HEMOS VIVIDO POR ENCIMA DE NUESTRAS POSIBILIDADES»

Producen verdadero hastío los tópicos que desde fuera de España (UE, BCE, países del norte) y desde dentro (derecha neoliberal) no dejan de repetirse como mantras de la inmolación que la ciudadanía debe llevar a cabo en nombre de no se sabe muy bien qué, puesto que lo primero que no queda claro cuando se dice que estamos intentando salvar “algo” es qué es ese “algo”. Desde luego, no el país, puesto que éste es la suma de sus ciudadanos, y a éstos es a los que se está sacrificando. Puede que estemos salvando alguna esencia intemporal, no lo sé –esa “España” entendida como “destino histórico universal”, cuyo nombre debe pronunciarse a voces–; pero al país no, en absoluto. El país está muriendo.

El tópico fundamental es que la crisis se debe a que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, o lo que es lo mismo, que el llamado “Estado de bienestar” se ha mostrado insostenible. Estábamos quemando dinero con las políticas sociales y los servicios públicos. Nada más lejos de la realidad.

El sistema capitalista se sostiene sobre una premisa: vivir a crédito. Esto no explica la producción de riqueza –de riqueza real, se entiende, no especulativa–, pero sí su modo de circulación y acumulación. Todo el mundo presta dinero a todo el mundo, lo cual genera jugosos intereses. De lo contrario, no habría bancos, y sin ellos ningún tipo de iniciativa privada. Vivir a interés es el Leitmotiv de este bendito y absurdo sistema. Y, con todas sus contradicciones e injusticias, el sistema iba bien –por lo menos de puertas adentro, claro–. Los españolitos, por ejemplo, pedían créditos a los bancos para pagar coches o hipotecas para sus casas. Y eso dejaba inmensos intereses en los bancos. ¿Era “vivir por encima de nuestras posibilidades”? No, no lo era (conste que yo nunca lo he hecho, y que detesto ese sistema). Y no lo era por una razón muy sencilla: si el banco te concedía el crédito, es que entraba en el repertorio de tus posibilidades. Eran las reglas del juego. Y había árbitros, en teoría, encargados de que todo se hiciera muy bien.

¿Quién se equivocó? Pues ciertamente no la ciudadanía, que ahora paga semejante belle époque. No, fue el sector financiero, con la imprescindible ayuda de los gobiernos que desregularon completamente la economía, es decir, la pusieron por encima de sí mismos, del poder político. La partida se quedó sin árbitros, y todo el mundo empezó a hacer trampas. Fue el sector financiero, en efecto, el que empezó a hacer trampas en su propio juego, hasta que éstas le estallaron en la cara. Hay una premisa obvia en el sistema crediticio: alguien, en última instancia, tiene tarde o temprano que poner la pasta. Y con la absoluta desregulación lo que se consiguió fue convertir el sistema financiero internacional en un juego disparatado en el que todo el mundo prestaba dinero a todo el mundo sin saber quién tenía que pagar al final. Bancos prestando a bancos un dinero que no tenían y pidiéndoselo a su vez a otros bancos que, sin saber lo que hacían los demás, a lo mejor eran los destinatarios del primer préstamo. Un circuito cerrado de capital que no conectaba en ningún momento con el sector productivo, con la realidad, es decir, con la fabricación de mercancías o la prestación de servicios. Simplemente, cifras en pantallas de ordenador pasando alegremente por muchas pantallas de ordenadores en todo el mundo. Y al final el chiringuito cayó, como tenía que pasar. Todos en ese mundillo (mientras la ciudadanía creía estar protegida por los reguladores, a los que para eso les paga) sabía que iba a ocurrir. La expresión de un ejecutivo de Wall Street, al parecer una frase típica entre los jugadores de esa ruleta rusa, de ese gigantesco timo piramidal, es elocuente: “bailar hasta que se acabe la música”. Lo que estaban haciendo quebraría el mundo, y lo sabían, pero era legal, y ellos escaparían con sus beneficios mientras todo se iba al infierno, así que, ¿por qué no? Que siga el baile, que se abran botellas de champán. Nos sobra.

De todas formas, es verdad que mucha gente fue tan crédula como para creerse que en un país como España éramos “tan ricos”, que éramos una potencia. Pero no todos hemos vivido así, ni mucho menos. Sólo una parte. Por lo general, los que mejor han vivido en la época de vacas gordas son los mismos que ahora dicen que todos nos excedimos, lo cual es mentira, y que hay que adelgazar el sector público –eso lo dicen los que menos lo necesitan–. Y los que nunca nos gastamos lo que no teníamos ahora pagamos como todos. En cualquier caso, la falsedad del sistema es elocuente cuando culpa a la ciudadanía de haber “vivido por encima de sus posibilidades” y a la vez se rasga las vestiduras por la crisis de consumo que redunda en la debacle financiera y repercute en la deuda soberana –pues si no hay consumo, evidentemente, no hay crédito–. Se nos dice cuál fue nuestro supuesto pecado, y a la vez se nos echa en cara no seguir cometiéndolo. Si consumimos somos culpables, y si no también: en ambos casos hemos hecho caer el sistema, los de a pie, los peones. Los banqueros, pobrecitos, nunca han hecho nada malo. ¿Pero qué es esto?

Cuando al fin todo se viene abajo, nuestros gobernantes, prácticamente sin excepción unos corruptos (y no digo que hayan delinquido: digo que son unos traidores a la ciudadanía, y que deberían compartir el destino de todos los traidores), se ven ante el siguiente dilema: ¿de parte de quién me pongo? ¿De los ciudadanos, o de los grandes capitales que rigen el mundo? Y ni se lo piensan: hay que salvar a los bancos, rescatarlos con dinero público, porque su caída –nos dicen– sería el apocalipsis. La solución de todos los males es cubrir las pérdidas privadas con dinero público. Socializar las pérdidas. La historia de siempre, la historia del capitalismo, el más hipócrita de los sistemas económicos –pues en otros, al menos, la servidumbre es explícita–. El Estado tiene que cubrir las pérdidas de los bancos, pero éstas son tales que no hay dinero para cubrirlas. ¿Qué hacer, entonces? Muy sencillo: dar dinero público al sector privado hasta que se agote la liquidez, y entonces, empezar a pagar en especie: la privatización de los servicios públicos. En ésas estamos ahora. El Estado está embargado y se está vendiendo por partes. ¿A quién? A los bancos. ¿Pero no provocaron ellos la crisis? Sí. ¿No huele esto a jugada premeditada, a tinglado diseñado por los poderes fácticos para quedarse con los recursos generados durante décadas por las ciudadanías de los diferentes países, y ello con la connivencia de sus gobiernos? Quede esto a la discreción de cada cual. Yo lo tengo muy claro...

Por centrarnos en los últimos acontecimientos, lo que está ocurriendo en la UE me llena no de indignación, que ya es palabra muy gastada, sino de odio, un odio profundo que me hace desear que este sistema de expropiación salte por los aires y todo se venga abajo definitivamente. He sido europeísta toda la vida (precisamente por eso voté no al mamotreto que nos quisieron vender como “Constitución europea”, y que no era más que una amalgama de tratados económicos), pero ya no lo seré más; no es ésta la Europa que nos prometieron, la Europa social y política, el macroestado europeo. "No es esto, no es esto", como dijo Ortega de la Segunda República en las Cortes. La actual UE no es otra cosa que el maldito IV Reich. El papel de Alemania (que evidentemente lleva las riendas de la UE y decide las medidas del BCE, por mucho que se realce la figura de ese títere que es Draghi) es el de un país extorsionador que está tapando sus agujeros desangrando a la periferia occidental europea. Ha sustituido las columnas Panzer por otro tipo de Blitzkrieg; estamos en guerra, una guerra sin frentes ni tiros, pero a la larga con los mismos resultados: miseria, hambre, enfermedad, generaciones enteras perdidas.

Es cierto que en España las cosas se han hecho muy mal. Mucho. Todos. Pero, aunque me acusen de poco ecuánime, y aunque en este malhadado país nadie se escape de las acusaciones de corrupto o negligente (y Zapatero lo fue mucho, pero que mucho), el modelo suicida en el que vivíamos lo diseñaron tres “genios” de la política, que algún día serían recordados por los historiadores como Fernando VII, el “rey felón”: Aznar, Rato y Cascos. Dicho modelo, tomado directamente de las administraciones Reagan y Thatcher (lo peor que le pudo pasar al Occidente de los 80), se basaba en tres principios: privatizaciones (se vendieron las joyas de la corona, como Telefónica o las energéticas, levantadas con el dinero y el sudor de los españoles durante décadas), bajadas brutales de impuestos (se vaciaron las arcas públicas y hubo que empezar a financiarse masivamente en el exterior, con lo que las arcas parecían llenas, pero era ficticio), y por supuesto, “el ladrillo” (sostener la economía sobre un modelo productivo falso, que tarde o temprano tenía que venirse abajo). Es cierto que, después, Zapatero, por mucho que prometió, no tocó el modelo. No sabía; era un inútil y un cobarde, y se preocupó sólo de sacar adelante leyes con las que se puede estar de acuerdo o no; pero en lo estructural, nada. Ahí demostró que no es de izquierdas, pues entonces se habría ido derecho a la economía. Ser de izquierdas significa querer cambiar el modelo económico. Pero la economía no parecía interesarle mucho, mientras los datos fueran buenos.

¿Qué pasa ahora? La situación de España, grosso modo, puede describirse así: estamos ante tres frentes de batalla: los “mercados” (o sea, grandes grupos de inversión, la mayoría de la City londinense, que quieren destruir el euro, y para ello atacan a sus eslabones más débiles), sus aliados internos (la derecha liberal española, que quiere venderles nuestra sanidad, nuestra educación, etc., y ya de paso, recentralizar el Estado por la fuerza –cada vez se habla más de aplicar el artículo 155 de la Constitución–, estrangulando económicamente a las autonomías), y Europa. O sea, Alemania.

Lo de Alemania no tiene nombre, porque es la que podría frenar la sangría de la deuda soberana, pero no quiere. No quiere, porque a ella le viene muy bien que nos hundamos. La cosa es muy sencilla: Alemania tenía inmensas inversiones aquí, y ha decidido recuperarlas en el acto, en cuanto a ella ha empezado a irle mal. “Quiero mi dinero, ya”. Es como si el banco con el que tienes firmada una hipoteca a veinte años te dice, un buen día: “me lo vas a pagar todo en tres”. Eso es imposible, claro. Pero es lo que están haciendo. ¿La alternativa? El embargo, por supuesto. O sea, la intervención. La situación que Alemania quiere forzar. Y es que, contraviniendo las santas reglas del liberalismo económico (esas que se contravienen siempre que interesa), los bancos alemanes no pueden perder dinero. Otros malos inversores pierden lo que invirtieron de forma arriesgada. Pero los alemanes, no. Así que cubren sus pérdidas con nuestro dinero público. Así de sencillo. “La culpa es vuestra”, dice Alemania. “España ha tenido durante diez años un modelo pésimo”, dice Merkel. Pero es el modelo en el que los bancos alemanes invirtieron fortunas. ¿Qué pasa, que no sabían en qué invertían? ¿Prestaban el dinero sin preguntar para qué era? ¿No sabían que era para el ladrillo? ¿Es que los banqueros alemanes son estúpidos? Pues ahora deberían asumir sus pérdidas. Pero para eso está la UE, que se ha mostrado como lo que es: un gigantesco sistema de extorsión. El rescate de un país no significa sino que la UE va a prestarle dinero (dinero en parte suyo, como es el caso de España, que ponía una buena parte de ese fondo de rescate que ahora nos regatean) para que se lo devuelva directamente a los bancos alemanes. Punto. De eso va todo. ¿Y cuando hayan terminado de amortizar sus inversiones? Entonces, ni rescate ni nada: se deja caer al país. "Expulsados del euro, pero cuando hayáis pagado hasta el último céntimo". Además, que nuestra prima de riesgo esté disparada le viene de maravilla a Alemania, porque así baja la suya. Se están financiando a tipos negativos; y si se ayudara a España o Italia, eso se les acabaría. Están cubriendo sus agujeros, que son muchos, con los intereses excesivos e irreales que pagamos nosotros; nos están chupando la sangre. Por eso no dejan de hacer declaraciones que provocan subidas drásticas de nuestros intereses. Estamos pagando nuestra prima y la suya. Por eso están boicoteando nuestra economía, para que eso siga así.

Es “gracioso” que encima ellos nos digan que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, cuando lo que hacíamos era devolverle a Alemania, como estaba pactado, el dinero que adelantaba en forma de fondos de cohesión. Lo mismo que tuvieron que hacer ellos, que ahora tanto predican la austeridad y la reducción del gasto, cuando se beneficiaron del Plan Marshall, la mayor ayuda económica de la historia, concedida por EEUU (bien es cierto que para frenar al avance del comunismo, no por filantropía), y que los alemanes, con una hipocresía infinita, siguen llamando el "milagro económico". La situación es similar, sólo que nosotros no hemos invadido Polonia. De ahí la ridiculez de conectar todas las capitales de provincia con el AVE, por ejemplo. Los AVE los fabrican empresas alemanas; les estábamos devolviendo su dinero en especie, en forma de compras. Y, ¿por qué Rajoy no se planta en Bruselas y dice esto? ¿Porque es un maldito cobarde? No. Bueno, también; sí que lo es. Pero no lo hace porque él forma parte del plan, porque es la marioneta de turno que está vendiendo el país a los capitales extranjeros “para salir de la crisis”. Como si así se saliera de una crisis. Vendiendo el motor del coche porque pesa demasiado para mover el coche. ¿Quién va a salir de la crisis? El país no, por descontado. Pero los grandes capitales se van a escapar de rositas. Los franceses siempre han dicho que África empieza en los Pirineos. Ahora va a ser verdad en el sentido más literal. Rajoy tiene tres años aún, tres pavorosos años, para hacerlo realidad. Enhorabuena, por cierto, a los que le votaron y ahora se llevan las manos a la cabeza. ¿Qué pensaban que iba a hacer? Es como darle las llaves del pajar a un pirómano y creer que no le va a prender fuego...