Caminos del Lógos: Historicidad
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miércoles, 21 de octubre de 2009

HISTORICIDAD

Uno de los hilos conductores de la reflexión moderna, por lo menos a partir del siglo XVIII, ha sido la consideración de la historia como una forma de poíesis, de producción humana consciente y deliberada. De hecho, la producción humana por excelencia, aquella en la que el hombre se revela como lo que es y se hace a sí mismo. La genuina creatio humana, el ejercicio de su poder, con el que rivaliza con Dios. Como en todas las cosas, encontramos aquí posiciones enfrentadas. Pero la comprensión de la Historia como telón de fondo, como escenario del drama humano, siempre ahí, sosteniendo nuestra praxis y dándole sentido, ha permanecido casi incuestionada hasta el siglo XX. Y ello al margen de las disputas filosóficas en torno a la relación entre lo histórico y lo eterno, o a la existencia de un progreso moral de la especie humana, o a los problemas y reacciones suscitados por el historicismo en el siglo XIX, etc.

Ésta es la concepción que el siglo XX ha combatido con afán, por lo menos desde ciertos sectores intelectuales. Pues la historia, así comprendida, no deja de ser un meta-relato, por utilizar la expresión de Lyotard, que engloba procesos absolutamente heterogéneos y los unifica bajo un sentido que no les es propio. Una concepción que tiene mucho de teológico. Supone buscar una falsa causalidad donde no la hay. Y es que la historia no se hace; se hacen cosas (esto es, se realizan acciones y se producen objetos) que quedan en el mundo, y que sólo retrospectivamente pueden ser llamados "historia", en función, además, de múltiples intereses. La historia es siempre un fenómeno a posteriori.

Por lo tanto, si queremos plantear la cuestión en los términos adecuados, habremos de decir que la fuente de toda historicidad es la productividad humana (productividad en términos somático-simbólicos, esto es, tanto económica como "cultural"), y que donde ésta parece detenerse desaparece la "sensación de historia". Y, en efecto, esta productividad es la que hoy parece estancada. No hablamos, evidentemente, de la inmensa reproducción de las mercancías, siempre a escala creciente, que lleva a cabo el capitalismo. Ésta es tan evidente como lo es que, encerrados en ese círculo, "nada nuevo hay bajo el sol"; tan sólo la asfixiante sensación de que todo se repite inexorable, independientemente de nosotros. Precisamente cuando lo que no hay es creación, sino reproducción de lo mismo, se diluye la historicidad y caemos en la repetitividad de un eterno presente. Éste era el diagnóstico que ya hacía Nietzsche en el siglo XIX, en la segunda de sus Consideraciones intempestivas. Y aunque mucho ha llovido y cambiado desde entonces, la sensación de "tedio" o "asco" que el mismo Nietzsche tan frecuentemente describe, referida al "último hombre", "el más pequeño" (que no es otro que el hombre burgués), nos acompaña inquietantemente. El ocio, o lo que hoy llamamos así, no pretende otra cosa que silenciarla, así como esa emanación del propio sistema, ese lubricante del mismo, al que algunos se atreven a denominar "cultura" (que en un país como el nuestro, hasta tiene un ministerio, paradójicamente escindido del de educación), y que no es más, por lo general, que una forma barata de entretenimiento que quiere pasar por profunda.

Sólo hay historicidad, por tanto, donde hay creación (en el plano cultural, no ya meramente en el tecnológico, que es innegable), y ésta implica, siempre, novedad, nuevas formas y contenidos (o, por lo menos, nuevas formas para los mismos contenidos). Esto es lo que el sistema promete constantemente, pero que nunca da: novedad. Sus "novedades" son siempre reiteraciones de lo mismo, variaciones sobre un tema dado; pero el sensorio colectivo está programado, precisamente, para no discriminar esas variaciones, y para aclamar toda repetición como "rabiosamente innovadora". Nuevo sería, sin embargo, aquello que introdujera en el mundo posibilidades de cambio o de libertad; tan siquiera, al menos, la esperanza de las mismas; que mostrara lo finito y perecedero del actual mundo y recordara a la sociedad que, como todo lo devenido, tiene necesariamente un final. Que haya novedad, y con ella historicidad, depende de que lo cultural pueda abrir un espacio para la diacronía (el espacio-tiempo de la libertad) en la sincronía de la producción (el reino de la necesidad).

La producción de “historia”, si no queremos caer en una mística de lo histórico, no es otra cosa que las mismas producciones culturales. Los cambios sociales, como se vislumbra con cada vez mayor claridad desde el final de los sueños revolucionarios, ya no procederán en su mayor parte de la praxis político-económica (el sueño moderno de "dirigir la historia"), sino de la cultural. Ahí se libra la verdadera batalla. Como en la evolución de las especies, tiene que producirse una acumulación de muchos pequeños cambios; los grandes saltos suelen ser desastrosos. No puede hacerse una "ingeniería de lo histórico". Todo sistema cae porque un proyecto ya en marcha y exterior a él lo vence; pero en el mundo globalizado ya no hay tal exterioridad, y el proyecto no puede definirse arbitrariamente desde la pura inmanencia, diseñando la historia al modo en que se programa las vacaciones. Se puede hacer reformas concretas, se puede luchar por derechos, se puede combatir ciertos excesos, etc.; pero no se puede pretender construir la historia como quien levanta un suntuoso palacio, porque no hay arquitectos ni planos para semejante construcción. Podemos ir haciendo muebles, esculturas, adornos, etc., para las habitaciones que vamos ocupando, pero éstas nos vienen dadas.

Ahora bien, la genuina cultura no es la mercadería pseudointelectual que se vomita ya digerida al público, ni un producto elitista y minoritario destinado a unos pocos paladares exigentes: no es ni "pop" ni "snob". Ni se pliega a las exigencias del sistema ni renuncia a los cauces de éste, que son los únicos. La cultura auténtica, sencillamente, se abre paso, pese a todo. Es tan rara como imparable. Gusta, y ello a una amplia mayoría, y lo hace porque les recuerda que su atrofiado gusto es capaz de asimilar mucho más que aquello con lo que habitualmente se conforma. Recuerda que hay algo más que la bazofia de todos los días. Conduce al espíritu colectivo hacia sus límites, en cuya proximidad experimenta, y muestra que esos límites son perfectamente móviles e históricos. En eso se diferencia de la cultura de masas, que simplemente mantiene distraído al espíritu para que no piense, alejándolo de lo acuciante. Pero para que la alta cultura pueda cumplir su tarea, debe salir de la autorreferencialidad en la que la impotencia la ha sumido. Hay que trabajar, con independencia de los resultados que se cosechen a corto o medio plazo; el impacto de la cultura sobre la sociedad nunca ha sido tan inmediato como el tecnológico, así que no debe medirse con éste. Si la cultura es cultus, "cultivo", no debe ser solamente el cultivo de algo: ha de ser el cultivo de alguien.