Caminos del Lógos: La nada
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viernes, 7 de marzo de 2014

LA NADA

La nada no “existe”, ni “nada” procede de ella, ni interfiere con la realidad observable en modo alguno. Sin embargo, como postulado filosófico, podría afirmarse que “la hay” –nos faltan las palabras, evidentemente– “bajo” lo real, “sosteniéndolo”. (Quizá la nada sólo sea una palabra para mentar un concepto que no somos capaces de comprender pero cuyo correlato intuimos de algún modo que está ahí; una palabra pare referirnos a lo otro de cuanto conocemos, como la cosa en sí kantiana. Un término que, por ello, pone tan nerviosa a la ciencia y, en general, a la propia filosofía.) Al fin y al cabo, la existencia de lo real no deja de ser un gran acaso, y la pregunta de Leibniz sigue tan pendiente de respuesta como siempre: ¿por qué el ser y no más bien la nada? Podríamos pensar que la nada “se da”, pese a todo, como el basamento del azar de la realidad, de su indeterminación, que en escalas cuánticas se convierte en un grave problema para la ciencia. Desde luego, una creatio ex nihilo no es posible, pero sí una configuración de la naturaleza en la que lo físico sólo interactúa con lo físico sobre ese telón de fondo (él mismo inaprehensible) que sería la nada.

La nada no es “lo anterior” a la materia, sino que “coexiste” con ella, lo cual se hace extremadamente difícil de comprender. Como resultado de esa cohabitación –de la materia y el espacio-tiempo con “algo” diferente a ellos–, el azar que tal vez intervino en la creación del actual universo que habitamos. Así pues, ni creatio ex nihilo, ni algo eterno que pueda ejercer causalidad alguna “desde fuera” del universo, ni un origen debido a un conjunto de leyes que sólo el origen mismo puede crear; sino una autocreación del universo en la que la nada supuso un azar que contribuyó a darle su consistencia. El cháos en el origen del lógos, “mezclado” con él, dando lugar a un proceso de autorregulación del universo por el que el lógos termina imponiéndose, aunque arrastrando siempre un resto de esa indeterminación inicial –la imposición del lógos es el paso del desorden al orden irreversible, la entropía o pérdida de capacidad de trabajo en todo proceso físico (en términos físicos la entropía es el paso de la energía ordenada, capaz de producir trabajo, a la desordenada, no aprovechable; si invertimos la terminología es sólo para señalar que el lógos es la tendencia a la homogeneidad absoluta), y por tanto la inapelable flecha del tiempo–. El lógos es el destino del universo, en cuyo origen el cháos (propiciado por la nada) estuvo quizá involucrado; y ese destino es la muerte, mientras que la nada (siempre junto al lógos) habría dado lugar a la vida.

Ahora bien, pudiera ser –siempre en condicional, pues esta reflexión no es más que un ejercicio altamente especulativo– que la evolución de ciertos estados (orgánicos) de la materia hubiera posibilitado la aparición de la inteligencia, y que ésta llegara a ser la capacidad de sobreponerse a las determinaciones físico-químicas y orientarse sólo por sí misma, teleológicamente. Y por ello, irónicamente, la capacidad de “superar” el lógos para “recuperar” el cháos, para reintroducir lo indeterminado en el mundo de las determinaciones, en forma de libertad, cuyo “fondo” no puede ser descrito sino como la nada. Pudiera ser. La inteligencia entendida como la potencia de resistir –si así se desea– a todo condicionamiento y finalmente de destruir los ya dados; la sapientia (práctica) contrapuesta a la scientia (teórica); lo absolutamente subjetivo –en un sentido, demasiado complejo para explicarlo aquí, pero totalmente ajeno a lo “particular”– frente a lo objetivo. Éste sería el genuino “asunto” de la filosofía (ese que siempre parece fugarse), que aún sólo podríamos esbozar de forma intuitiva, no conceptual, y que habría sido pre-elaborado de forma mitológica –bajo toda clase de máscaras y sublimaciones culturales– por la religión. Ahí radica la gran paradoja sobre la que la filosofía ha de reflexionar: cómo podemos, precisamente a través del autoconocimiento (es decir, con la inevitable mediación del lógos, que impide que nos perdamos en la mística), ser capaces de “indeterminarnos”; cómo es posible y en qué consiste una anámnesis que no nos remonta a mundo eidético alguno, sino a lo anterior a toda forma que “sostendría” el ser, la nada como (in)fundamento de lo real. Esa nada que podría manifestarse en el mundo como libertad, como pensamientos y acciones no causados; podría incluso convertirse en un acontecimiento, en la medida en que llegara a extenderse a una multitud. Aunque entonces estaría ya “contaminada” por lo real-causal y sometida a condicionamientos de tipo físico, sociocultural y psíquico.

Estaríamos libres de condicionamientos, pero, ¿cómo orientar ese pensamiento y esa acción, que decimos teleológicos? ¿Cómo saber para qué ser libres? Sólo la experiencia de esa libertad nos podría dar la respuesta. Quizá una acción que fuera contra lo causal, contra la entropía, contra el lento perecer del mundo en que consiste el paso del tiempo, sea en sí misma la respuesta a la pregunta que sólo desde ese mismo mundo nos hacemos. La experiencia de la libertad sería la experiencia de la nada, y sólo a partir de este nihilismo, así entendido, sabríamos para qué queremos ser libres, y no sólo de qué. Quizá sólo así, comulgando con el invisible fundamento de lo real (que algunos no dudarían en llamar Dios), comprenderíamos el sentido de una existencia que de por sí no parece tener ninguno. Las acciones libres serían los resplandores de vida, de creación, en un universo que lentamente se homogeniza y muere.