Caminos del Lógos: La vulgata posmodernista
Mostrando entradas con la etiqueta La vulgata posmodernista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La vulgata posmodernista. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de agosto de 2017

LA VULGATA POSMODERNISTA


Hay que diferenciar con cuidado dos cosas que a menudo se confunden: una es la posmodernidad, que es el período histórico en que vivimos, con unas determinadas características socioculturales derivadas del modelo político y económico vigente; de hecho, la posmodernidad (concepto, en rigor, intelectual y artístico) es el correlato, y sería más preciso hablar así en general, de “capitalismo avanzado” o “capitalismo tardío”, aunque no hay denominaciones que convenzan a todo el mundo ‒el objeto histórico está demasiado cerca para verlo suficientemente en perspectiva‒. La otra cosa es el posmodernismo, un modo particular de vivir la posmodernidad que se hace eco de una serie de temáticas y enfoques para criticar ciertos elementos de la tradición y la conciencia occidentales (normalmente bajo el rótulo de “la modernidad”) y defender, consecuentemente, maneras alternativas de articular nuestra existencia. Así, todos seríamos “posmodernos” ‒eso no se elige‒, pero sólo serían “posmodernistas” aquellos que vindican una forma de pensar que, a trazos gruesos, podríamos identificar con los planteamientos teóricos de Foucault, Lacan, Deleuze, Derrida, etc. Esta filosofía ‒o, simplemente, forma de pensamiento‒ es reconocida a menudo como “post-estructuralismo” o incluso “neo-nietzscheanismo”, aunque estas etiquetas sólo valdrían para algunos de los miembros de esta corriente. En cualquier caso, dentro de los posmodernistas yo haría otra distinción, esta vez entre los autores que desarrollaron este estilo de pensamiento y sus “seguidores”, aquellos que se identifican con él y lo mantienen como base de su discurso, sin haberlo llevado en lo esencial más lejos de donde lo recibieron.

Este último grupo constituye hoy el sedimento teórico dejado por el posmodernismo, que fue una radical forma de enfrentarse a lo establecido en la Academia de los años sesenta y setenta (y todavía algo en los ochenta), pero ha terminado siendo totalmente asimilado por ésta. De hecho, en las ciencias sociales y humanas constituye la base implícita (como poco) del discurso académico estándar, y eso desde los noventa ‒cuando los que habían sido alumnos de aquéllos llegaron a la cátedra, y con ello oficializaron un discurso que iba contra toda forma de oficialidad y normalización‒. Como dice Jameson, el posmodernismo es la “lógica cultural del capitalismo avanzado”. Y es cierto: las características del posmodernismo son exactamente las de una “ontología del mundo neoliberal”, reflejo teórico de la volatilidad del capitalismo financiero (aunque en general sus defensores sean de izquierda y denuesten dicho capitalismo; al parecer no lo saben, pero lo hacen, y es curioso que no lo sepan, porque resulta demasiado obvio) que reafirma lo plural, divergente, fluido, mutable, etc., frente a lo estático, sólido, identitario y demás. O sea, las características socioeconómicas del mundo globalizado del capitalismo tardío. Lo que el posmodernismo reclama es lo que el neoliberalismo ya de por sí persigue; por tanto, no es su crítica, sino su explicitación, aunque lo sea desde la mala conciencia. Cuando se produjo la transición generacional antes mencionada, el estructuralismo y el materialismo cultural (de origen epistemológicamente marxista), que habían logrado una comprensión profunda del funcionamiento del mundo y de la interrelación de sus fenómenos, fueron desprestigiados (¡por “obsoletos”!) y reducidos a minoría teórica en la universidad por poderosas influencias institucionales y culturales, y en su lugar se colocó un modo de pensamiento, no cabe duda, muy sugerente ‒el cual permitía a sus partidarios mostrarse “radicales” y “muy críticos” con el sistema‒. Así se sentaron las bases de la nueva epistéme (en el sentido foucaultiano del término) o paradigma intelectual, que pronto saltaría a otros ámbitos.

De esta manera el nomadismo, la búsqueda de micropoderes y la deconstrucción (etc.) se convirtieron en la forma de estar contra lo establecido y a la vez de moda. Esta rebeldía teórica socialmente canalizada ha desmontado más oposición al sistema que cualquier propaganda neoliberal, y ha dejado un poso tan denso en la cultura y el lenguaje que disolverlo es prácticamente imposible, pues ‒al contrario que cualquier otra filosofía anterior, y aunque sea en un nivel básico, “divulgativo”‒ se ha convertido en tópico de la cultura de masas. El discurso posmodernista en la universidad (junto con una de sus grandes influencias, la Escuela de Frankfurt) dio nacimiento a los “estudios culturales”, que finalmente terminaron por calar fuera de ella, convirtiéndose en la koiné de dicha mass culture. Es lo que llamo la vulgata posmodernista. Estas nuevas “pragmáticas discursivas” abogan por cualquier lucha transversal que no implique tocar lo vertebral, lo económico: género, sexualidad, identidad nacional o étnica, poscolonialismo, estética, ecologismo, discurso y textualidad, etc. Lo esencial es que todos estos “discursos sectoriales” (cuya “interdisciplinariedad” es más retórica que real) no cuajen en uno único y potente, en una filosofía sólida o al menos una Weltanschauung que los unifique, y con ellos a los los sectores sociales que representan ‒aunque sus intereses, por otro lado, seguramente sean inconciliables‒. Para ello el establishment cultural ya se encargó de declarar anatema el materialismo (en las ciencias sociales y humanas) y convertirlo en cosa de outsiders, de “viejos marxistas trasnochados” o “burdos reduccionistas”. El posmodernismo terminó convirtiéndose en la cultural oficial de la izquierda posmarxista (o sea, de la socialdemocracia europea y norteamericana), y hoy ya es la lengua franca de los universitarios y adolescentes “intelectualmente comprometidos” y “movilizados”, que con toda su buena intención adoptan acríticamente ese discurso (incluso procedentes del ámbito marxista o anarquista más ortodoxo), el cual creen “lo último” (aunque tiene ya más de cincuenta años, en un mundo que ha cambiado bastante desde entonces) y la clave de la transformación social. Así, estos jóvenes viven en un proceso de (auto)deconstrucción constante, son nómadas y plurales, irreductibles a la lógica de la identidad y al pensamiento binario, no tienen ideología (que es cosa de viejos), y en general son multi-esto y alter-eso y post-aquello, y adoptan palabras nuevas para decir cosas viejas como quien se cambia de ropa. Carne fresca y predispuesta para el mercado laboral, que exige de ellos precisamente todo eso. La vulgata posmodernista ha destruido las condiciones argumentativas en el mundo actual ‒sustituyéndolas por lenguajes iniciáticos, privados, en los que no se puede discutir con “el otro” porque no los habla‒, desarmando todo discurso (y por tanto, toda práctica) fuerte. De hecho, ése es el sentido del posmodernismo: desarticular cualquier discurso teóricamente fuerte (porque eso ya sería una “imposición”) y producir multitud de jergas que pasan por ser pensamiento “libre”, como si se pudiera ser libre al margen de una adecuada descripción de las condiciones en que se piensa y habla.

Lo que la vulgata posmodernista hace, y muy bien, es colar como discurso crítico el más absoluto irracionalismo. Su principal empeño parece ir dirigido a hacer dudar de toda condición argumentativa sistemática y coherente, como paso previo para vender un discurso que no se sostendría en condiciones de estricta validación racional o empírica. De esta forma, cualquier ocurrencia se abre hueco en la Academia y en esa proyección de ésta al exterior que llamamos “la cultura”; tales ocurrencias pueden hacerse pasar por mérito teórico y justificar el estatus intelectual como si se tratara del trabajo de investigación más serio. La originalidad y la transgresión están por encima de todo otro criterio, y los neologismos absurdos se pagan al kilo. Es el diseño trasplantado al ámbito discursivo, que al fin y al cabo es otro mercado más. En su trabajo de deconstrucción de la razón, el posmodernismo se apoya sobre una premisa implícita que revela su mala fe de fondo: “para que yo tenga razón, nadie ha de tenerla”. Es decir, que para legitimar su propio discurso, por lo general vano y hueco, artificio retórico que no aporta ningún conocimiento nuevo ni arroja ningún tipo de reflexión mínimamente útil acerca de nada, tiene que empezar sembrando la duda en relación a todos los demás. En realidad, quiere tener razón, pero no puede. Por eso pretende que nadie la tenga. Si otros discursos son sólidos y describen adecuadamente la realidad, en cualquiera de sus facetas, y conducen a resultados distintos a los suyos, entonces el pensador posmodernista (que quiere hablar, pero normalmente no tiene nada que decir, y eso lo acompleja profundamente) tendría, haciendo caso de Wittgenstein, que callarse. De ahí sus constantes intentonas de deslegitimación de la ciencia y de la filosofía “moderna”, o “clásica”, o “dogmática”, que son tachadas de formas de “violencia” sencillamente porque demuestran o argumentan lo que dicen, y eso deja a aquél fuera de juego. Tiene que denigrar cualquier ejercicio de racionalidad homologable porque, ciñéndose a ésta, siempre sale perdiendo. Así que vive en esa relación contradictoria con lo racional, que tanto más ansía cuanto más estigmatiza. 

Su actitud recuerda el pasaje bíblico del juicio de Salomón, en el que dos mujeres se disputan un niño después de que una de ella haya perdido el suyo. La falsa madre, la que se quiere quedar con el hijo de la otra, está de acuerdo en que sea partido en dos ‒un criterio, además, muy “democrático”, como lo es el posmodernismo: “ni para mí ni para ti: las dos tenemos razón”‒ y se le dé una mitad a cada una. Mientras, la auténtica madre exclama que se lo quede la otra, con tal de que no lo maten. La falsa madre resume la actitud del posmodernista, que se ha desvinculado de la verdad; niega que ésta exista, y por ello hay que hacerla pedazos, no es más que un acto de violencia y disciplina. Todas las posturas son homogéneas, están al mismo nivel, repartamos legitimidades. La segunda actitud es la del desfasado e intelectualmente reaccionario defensor de la existencia de la verdad, de una verdad (que se podrá decir de muchas maneras, pero éstas tendrán que converger de algún modo), ya sea tildado de “cientifista” o de “metafísico” (tanto da) por la vulgata posmodernista. Porque tanto uno como otro son “platónicos”, en suma: preferirían, como la madre del juicio, no tener la razón, pero que alguien la tuviera y poder aprender de ello. Saben que sólo si conocemos bien la realidad ‒que es terca‒ podremos cambiarla, pero nunca si nos relacionamos arbitrariamente con ella.



© David Puche Díaz, 2017. Contenido protegido por SafeCreative. Se permite y agradece su difusión, siempre que su procedencia sea debidamente reconocida y enlazada.

Me permito recomendarte mi ensayo Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico (Madrid, Grimald Libros, 2017, ISBN: 978-1548885588). Puedes encontrarlo, tanto en versión impresa como en ebook, aquí mismo en Amazon, Iberlibro, Barnes & Noble (EEUU), Book Depository (UK), y en la librería digital Smashwords.  


alt="vulgata posmodernista, caminos del logos, d d puche"