Caminos del Lógos: Libertad
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sábado, 1 de enero de 2011

LIBERTAD

¿Qué sentido puede tener seguir escribiendo hoy textos filosóficos? ¿Para qué insistir en algo tan arrumbado socialmente como la actividad filosófica? ¿Por qué no dejarlo y limitarse a leer filosofía como quien lee un clásico literario, siquiera por el placer de hacerlo? ¿Para qué hacer algo sin demanda y hasta ridiculizado por tantos? ¿Qué cabe esperar de tan vano empeño? Algo muy modesto, en realidad. Como dijeron Adorno y Horkheimer, «la filosofía no es síntesis, base o cima de la ciencia, sino sólo el empeño en resistir a la sugestión, la decisión a favor de la libertad intelectual y real». En efecto, la tarea de la filosofía sigue siendo hoy, como lo fue siempre, liberar al hombre. Y el factum del que este empeño debe partir siempre es la peor impostura, la más invisible de todas, y por tanto la más difícil de combatir: la falta de libertad intelectual. Esa "minoría de edad" intelectual en que nos mantienen nuestra pereza y cobardía, como dijera Kant. El "amor a la sabiduría" es, en rigor, un "odio a la ignorancia", siempre más cómoda, más fácil, más apetecible y, por supuesto, mejor vista.

Ciertamente, la ignorancia se reafirma y se defiende del saber; es muy corporativa. Por eso nunca habrá demanda social de algo como la filosofía, que se atreve a decirle a la conciencia colectiva algo que hoy es anatema: que está confundida, prácticamente en todo, y casi por definición. Pero la filosofía no se enfrenta sólo ni primordialmente a la ignorancia del inculto (muy fácilmente reductible), sino que tiene un enemigo mucho peor, ahora como en los tiempos de Platón: los "sofistas", o lo que es lo mismo, todos esos cultos ignorantes que creen que saben de todo porque han leído unas cuantas decenas de libros que, por lo general, nunca han entendido. Nietzsche se refería a éstos como los "filisteos de la cultura", esa falsa intelectualidad que establece un "sistema de la incultura" que llega a imponerse como oficial. Esos "intelectuales" (y da igual que sean de derechas o de izquierdas, por si alguien cree que voy por ahí) que hoy salen reptando de todas las alcantarillas, como llamados por algún flautista de Hamelin, y que no dejan de ser unos ignorantes, por más que sean "gente leída"; líderes de opinión que tienen todas las respuestas, aunque no se hacen pregunta alguna; gurús cuasi-religiosos de la muy instruida sociedad de la información. A la hora de la verdad, en cuanto abren la boca o cogen la pluma, demuestran una necedad y una falta de cultura asombrosas: de tanto que han leído, no han comprendido nada. Asimilan muy bien la letra, pero pocas veces el espíritu de todos los libros que han leído y de las películas que han visto y de la música clásica que han escuchado. Eso sí, siempre están "a la última". Pero no entienden que el pensamiento consiste ante todo en hacerse preguntas; no pueden permitírselo, porque tienen que producir frases brillantes y titulares, tan breves y efectivos como sea posible. Y además rápidamente. Eso les veda el acceso a toda comprensión. Estos "tutores", como decía Kant, son víctimas del propio engaño colectivo que ayudan a tejer día a día; caen en su propia tela de araña.

Hay que resistir al condicionamiento socioeconómico y "cultural", a la sugestión. No es poca cosa poder abrir ciertos espacios de libertad. El texto (filosófico o no) sigue siendo hoy, como lo fue siempre, el laboratorio del espíritu. El ensayo es, como indica su nombre, aunque lo hayamos olvidado, un intento. Como señala Nietzsche, el término (por lo menos en alemán) tiene un doble sentido: versuchen es tanto "ensayar" o "experimentar" como "tentar". Escribir, ensayar, es tentar; es buscar la libertad intelectual que el medio cotidiano nos niega. Por eso es siempre un ejercicio solitario, que se dirige a un receptor anónimo, con la esperanza de producir algún efecto, cuanto menos cierta actitud. Es una apuesta en favor de la libertad. Habría que recuperar esa cierta "épica" del pensamiento y de la escritura que nació con la Ilustración y que caracterizó al siglo XIX y todavía al comienzo del XX. Pero en la era de la información a nadie le interesa el pensamiento. Es tiempo perdido. Aun así ha merecido la pena el tiempo perdido en escribir este texto, esta gota de agua en la inmensidad del océano de la información. Ha sido un tiempo de libertad, fuera de las obligaciones personales y profesionales. Y tal vez sea un instante de libertad para quien lo lea. Tal vez.