Caminos del Lógos: Lo positivo
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miércoles, 19 de agosto de 2009

LO POSITIVO

¿Qué es lo positivo cuando hablamos de libertad? ¿En qué consiste esa genuina esencia de la libertad que, como señala Nietzsche, no consiste en estar libre de sino en ser libre para? Es decir, más allá de la mera libertad negativa, ¿qué concepto nos queda de la misma? El problema es el mismo que sacude al pensar, en el fondo, puesto que la libertad y el pensar son una y la misma cosa: la más alta y pura forma de libertad es el pensamiento. El problema se concreta así: si el pensar (o el ser libre, en un respecto práctico) es un movimiento negativo que se opone a lo dado para trascenderlo y elevarse hacia determinaciones superiores (o, dejémoslo de momento así, preferibles), pero no puede por ello mismo quedarse en ser una negación indeterminada, una mera oposición, hará falta un principio de positividad. Pero, ¿de dónde obtener esta indicación? ¿Desde dónde se piensa?

Ése es el gran problema, y el nihilismo puede definirse en líneas generales como la ausencia patente y persistente de tal positividad: ni la naturaleza, ni la tradición, ni Dios, ni siquiera ya la Razón, al parecer, van a venir en nuestro auxilio. Esto fija los contornos del pensar, el sentir y el vivir en general hoy en día en lo que el mismo Nietzsche llamó nihilismo negativo. Una de las formas más claras en las que esta ausencia de criterios se muestra hoy es la siguiente: ¿cómo saber si la voluntad que coincide con las formas dominantes es realmente libre? Sabido es que esa coincidencia (simple identidad, la mayor parte de las veces) es producida por el sistema. Pero, por otro lado, ¿radica acaso la libertad en la oposición a esas formas? ¿No es esta oposición tan artificial como aquella coincidencia? ¿No pertenece también a las alternativas que abre el propio sistema? Incluso si no es así, ¿puede ser libre el gesto que siempre ha de esperar a ver qué se le dice que haga para hacer lo contrario? ¿No es ésta otra forma de heteronomía de la voluntad, dicho more kantiano? De ahí que la forma principal de nihilismo que se encuentra hoy por hoy, sobre todo entre la juventud, sea la oposición pura que busca la libertad en formas indeterminadas (que por lo general no conducen a nada) sólo porque están prohibidas.

Hay, sin embargo, un nihilismo positivo, que si bien está ya plenamente desarrollado en Nietzsche, ha sido explicitado y puesto en los términos más actuales (o así se suele decir, aunque esto sea bastante discutible) por Heidegger. Este nihilismo pretende extraer lo positivo precisamente de la nada, con lo que constituye un giro radical en la comprensión de la misma. Ante el colapso de todos los fundamentos, sólo queda como "base" la nada: ella es lo que está "detrás" de todo, más aún: es lo que siempre ha estado detrás de todo. Pero, al no ser comprensible por la conciencia natural, se ha encubierto tras muchas formas (lo cual es un antropomorfismo inevitable que radica en la ineludible referencia del hombre a lo óntico, que siempre pretende hipostizar), posiciones de un principio supremo, investiduras que se sostienen no obstante sobre la nada. Ahora bien, si la nada no es entendida desde lo óntico, desde lo que es (ni mucho menos desde lo que es en grado sumo), es decir, si no es entendida como mera negación, privación, ausencia, ¿podrá tal vez darnos alguna indicación positiva? ¿Proviene de ella algún esenciar? ¿Podemos entablar una suerte de diálogo con la nada? ¿Serán acaso la libertad y el pensar ese diálogo con la nada, el medirse con ella? ¿Será ésta su “objeto” último, y tal vez su fuente? Nos encontramos ante una serie de preguntas que pueden resultar decisivas para el filosofar actual, pero que nos pueden llevar en no menor medida al problema del irracionalismo y del misticismo, que hay que evitar a toda costa para no caer, precisamente, en los enredos del pensamiento contemporáneo. Entablar tal diálogo es el genuino trabajo filosófico por hacer, trabajo en el que no hay atajos ni "experiencias privilegiadas".

Ahora bien, esta confrontación con la nada (dicho de otra forma, el intento de trascender todo horizonte óntico, el intento de alejarse de lo que hay, precisamente, para intentar orientarse en lo que hay), lleva el problema que planteábamos al comienzo a unos términos muy distintos de los habituales. Básicamente, porque rompe las relaciones prácticamente incuestionadas entre pensamiento, libertad y felicidad. Si localizamos el acceso a la libertad en la correspondencia con la nada (esa nada operante), nos encontramos con que el camino de la libertad diverge del de la felicidad; en efecto, no podremos lograr tal correspondencia mientras aspiremos a la felicidad, que siempre corresponde a estados del mundo, que siempre aspira a lo óntico. La felicidad es cosa de plebeyos, decía Goethe. Y ciertamente, mientras ésa sea nuestra máxima aspiración, ni imperará el verdadero pensamiento ni seremos auténticamente libres. Incipit tragoedia, le apostilla Nietzsche.