Caminos del Lógos: Mundo
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miércoles, 15 de septiembre de 2010

MUNDO

Entiendo por mundo el conjunto de lo que hay (se trata, pues, de algo fáctico); por realidad entiendo el conjunto de lo que hay y de lo que podría haber (así pues, no sólo lo fáctico, sino también lo posible), a su vez limitado por la necesidad (aunque ésta, a su vez, podría estar puesta por la posibilidad, ser un modo de ella). La realidad es más amplia, por así decirlo, que el mundo, al cual acoge en sí. Y ello con independencia de que el origen de los términos parezca ser inverso: ciertamente, el término "realidad" proviene de realitas, y éste, a su vez, de res, la cosa, el haber; mientras tanto, el término "mundo" proviene de mundus, y éste es la traducción latina de kósmos, la totalidad, el orden. Así, la realitas debería ser algo que perteneciera al mundus; y en cierto modo cabe decir que es así, como veremos a continuación, dado que, frente a la res, el mundo es el ámbito del sentido en que ésta aparece (pero siempre para nosotros, no en sí). Ambos conceptos dejaron de ser uno a medida que el universo se hizo infinito, de modo que el hombre "perdió el mundo" e ingresó en la condición de heimatlos que ha caracterizado a occidente desde hace tanto tiempo. La phýsis, que antes reunía ambos sentidos (pero ello en la medida en que no se habían separado), se convierte así en algo que pertenece al mundo, en una región de él.

En cualquier caso, la realidad podría ser independiente del hombre, mientras que no hay mundo sin él; la propia verdad (entendiéndola aquí como la relación entre el sujeto y el objeto) es algo perteneciente al mundo, no a la realidad, que, al margen de un mundo desde el que concebirla, se ve reducida así a una misteriosa "x", algo así como la "cosa en sí" kantiana. Todo mundo "está dentro de" la realidad, pero ésta  nunca es comprensible de suyo, sino sólo desde un mundo. Qué sea en sí, nos es desconocido. Si a esto se le quiere llamar idealismo, estoy conforme. Pero se trata, eso sí, de un idealismo de-subjetivizado. El sujeto, como horizonte de sentido, ha de ser sustituido por el mundo.

De esta forma, el mundo es a la vez el sujeto y la idea (en sentido kantiano; no se trata de un concepto, puesto que no le corresponde objeto posible alguno) que debe sustituir, como hilo conductor del pensamiento ontológico (el que piensa lo que hay desde el punto de vista de sus condiciones trascendentales o estructurales de posibilidad), a la del ser, de la que tanto rendimiento filosófico obtuvo Heidegger. En la actual (frágil y exhausta, todo hay que decirlo) posición ontológica, el pensamiento del ser tiene ya poca fuerza impulsora, y ciertos elementos cuasi-escolásticos adheridos extrínsecamente a él hacen preferible sustituirlo por el del mundo, con una capacidad vinculante (en cuanto idea-fuerza) que hoy puede resultar mucho mayor.

Pues se trata, en efecto, de pensar la morada, el hogar del hombre, que se hace así más accesible en cuanto tal al pensamiento; y ello no como algo dado, sino como el mismo darse originario (en cuanto tal, nunca objetivable) de todo cuanto puede acontecer, esto es, de todo ente, determinación, relación o estructura. Un darse originario que es la pura posibilidad que genera su propia necesidad, su propia lógica, su propio lógos. Ciertamente, entonces, realidad y mundo resultan ser lo mismo, sólo que contemplado desde puntos de vista diferentes, dado que existe una fractura interna, una diferencia constituyente entre ellos, que impide que se superpongan; no hay identidad posible entre ellos. Ésa es la distancia, el horismós, del que el pensamiento debe hacerse cargo. Aunque siempre se piense desde un mundo, el pensamiento debe mantener la referencia ineludible a la realidad, que impide el cierre del mundo sobre sí mismo, su solipsismo.

Ese hogar del hombre es el oíkos. Cabe entender esta reflexión acerca del mundo (a la que no me parece mal llamar metafísica), así pues, como una eco-nomía o eco-logía originaria, esto es, el hacerse cargo de cómo vivir, de las normas del hogar, de cómo enfocar la existencia hoy en día para re-fundar la rectitud del obrar; pensamiento teórico y práctico a un tiempo. No cabe buscar areté alguna sin la referencia a un mundo. Ahora bien, éste es el problema acuciante, pues el mundo es lo amenazado por el nihilismo consumado que caracteriza nuestra época. Todo mundo se ha erigido sobre una exterioridad que en el mundo global, en el mundo convertido en mercado, ha desaparecido. Se da hoy la circunstancia histórica de un déficit de mundo que la industria cultural intenta cubrir con mitos artificiales, sin conseguirlo. Los símbolos actuales no producen sentido, apenas despliegan mundo.

Incluso en la condición de nómada, de sin hogar, del nihilista hombre actual, se trata de pensar cómo afrontar esa pérdida. La pregunta conductora, la idea-fuerza, debe ser la pregunta por el mundo. Dicha pregunta es el asunto del pensamiento metafísico tal y como debe ser reelaborado hoy en día; al contrario que el conocer, que se ocupa, mediante el concepto, de objetos, el pensar tiene el mundo como genuino referente. La metafísica, así, ha de entenderse como "ciencia del mundo en cuanto mundo", esto es, "ciencia" (si es que esto se puede decir) del sentido. Éste no se va a encontrar más ni en gastadas trascendencias, ni en el sujeto liquidado, ni en el lenguaje, que es medio del sentido, pero no su fin; evitemos caer en la nociva autorreferencialidad del pensamiento de las últimas décadas, que no sabe salir del impasse en que se encuentra.