Caminos del Lógos: Psicópatas (II)
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lunes, 9 de febrero de 2015

PSICÓPATAS (II)

Los psicópatas, sin embargo, no entienden las emociones (la Befindlichkeit que según Heidegger es el estadio previo y el anclaje de nuestro “ser en el mundo”, y que nos abre a la comprensión del mismo), y por eso mismo no entienden al ser humano, que además de otros condicionamientos obra, en lo personal (ético) y social (político), movido por sentimientos hacia sus congéneres. No vale ningún determinismo que ignore dichos sentimientos, ni vale reducirlos a componente de una escenificación, de una farsa sociopolítica en la que cada cual persigue únicamente su propio interés, porque sin ellos no se entenderá nunca la praxis humana. Cuando se prescinde de ellos es fácil llegar a la conclusión teórica de que el ser humano en cuanto tal no existe; el siguiente paso lógico es el campo de exterminio. Quien así ve a los demás es un “disminuido emocional”, que quizá algún día sea equiparado al “disminuido cognitivo”, con la diferencia de que el segundo tiene un problema personal, mientras que el primero constituye un problema social. Por eso no son muy buenos intérpretes de la realidad humana, puesto que la captan sólo a medias, mutilada. Y sin incluir las emociones en una teoría (antropológica, filosófica, política, etc.), ésta no hablará nunca del hombre, sino a lo sumo de una mera máquina o de un animal. Ni siquiera esto último, pues los animales sienten emociones también. De hecho, no somos emocionales por ser humanos –el psicópata es buena prueba de ello–, sino por ser animales, concretamente mamíferos. Cualquier reduccionista biológico tendría que tenerlo en cuenta antes de decir disparates.

El descrito conjunto de prejuicios y malentendidos sirve de base a tantos desarrollos teóricos que actúan como ideas-fuerza en el mundo actual. De ahí el rumbo siniestro que lleva éste. ¿Por qué proliferan tanto? La respuesta es muy sencilla, y se podría resumir en tres términos: capitalismo, globalización y sociedad de la información. Siempre ha habido psicópatas, y cabe pensar que en la misma proporción; ciertos estudios de psicología evolutiva afirman que ese porcentaje psicópata de la población es hasta útil para la supervivencia de la especie, pues a veces son necesarios individuos capaces de tomar decisiones que el ser humano medio no tomaría jamás. Sin embargo, en este caso la excepción confirma la regla, y está demostrado que las pautas de colaboración –basadas en “sentimientos comunitarios”– son imprescindibles como estrategia evolutivamente estable. ¿Qué es lo que ocurre hoy en día, entonces? Que el capitalismo alienta las conductas psicopáticas, e incluso pone a estos individuos, de forma sistemática, a tomar las decisiones que afectan al todo social (también hay estudios que señalan que las profesiones donde más abundan los psicópatas, estadísticamente, son político, abogado, financiero y periodista; ello habla por sí mismo). De ahí su perversidad como sistema socioeconómico. Si le añadimos a esto que la red de comunicaciones e información de la “aldea global” permite a todos estos “anómalos” encontrarse y mantener contacto entre sí, estén donde estén, es lógico que contribuyan a crear un tejido ideológico creciente que retroalimenta el propio sistema que los premia. En efecto, el capitalismo recompensa a la gente con este trastorno, dado que facilita su ascenso en la jerarquía social; y como decía, los perfiles profesionales donde abunda suelen ser los mejor retribuidos y con mayor acceso al poder, y por tanto los más deseados y los que confieren el más elevado estatus. Esto es indicativo de un modelo social suicida. El comportamiento puramente instrumental por el que se rige es el terreno de juego perfecto para el psicópata, por lo que éste triunfa en él. La propia ideología liberal lo describe como “lo normal”, “lo que siempre ha sido así”, “la naturaleza humana”, sancionando este tipo de comportamiento como el exitoso y por tanto el que todo el mundo debe emular. El psicópata se convierte en modelo a seguir, en winner.

En este contexto es normal que los defensores de la Weltanschauung que describía al principio crean no tener “ideología”, sino que hablan desde la más pura “objetividad” o desde el “sentido común”. Pocas estupideces teóricas han tenido más éxito –calando hasta el ideario colectivo de aquellos que ni siquiera han oído hablar de él– que aquella de Fukuyama de que el liberalismo económico constituye el fin de la historia y consecuentemente el final de toda ideología. Se considera de forma totalmente acrítica que el individualismo egoísta, el libre mercado y demás dogmas, son realidades naturales, algo “prepolítico”, anterior a toda ideología –como si hubiera tal cosa–. Y eso reafirma a estos brillantes pensadores en su conciencia de superioridad, intelectual y moral, que se cree libre de todo prejuicio. Creen encarnar la racionalidad pura (esa que una buena parte de ellos, irónicamente, a la vez niegan, al menos cuando se quedan sin respuestas), entendida como la total primacía de lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Como si la sociedad fuera gestionada por un ordenador. Una especie de Skynet. Pero ya podemos intuir a qué conduce eso. A la Solución Final.

Puede que todo lo anterior no haya pasado de ser un ejercicio de especulación, pero yendo aún más allá, voy a terminar con una afirmación que ofenderá a muchos. No deja de tener algo de boutade, pero en líneas generales creo sinceramente en ella (por lo menos referida al contexto occidental): todos, o prácticamente todos los psicópatas, están alineados ideológicamente en la derecha. Para ser más exactos, en el liberalismo económico. Es característico de los que comparten este credo socioeconómico, al menos en sus formas extremas –que son las que hoy se imponen–, el desprecio del sufrimiento ajeno y el total desdén por el colectivo y el bien común. Todos los que profesan este “culto a la libertad” (la libertad de mercado, pues no reconocen otra, con lo que el único “individuo libre” es el propietario de capital) creen ser los únicos individuos pensantes frente a la masa aborregada. Los “auténticos” frente a los “adoctrinados”. Pero la masa son ellos. Aquí podríamos entrar en un debate sin fin acerca de quién y cómo define lo que es “masa” y lo que no. Unos señalarán a los otros, y viceversa. Y criterios como el orteguiano del “nivel de autoexigencia” del individuo frente al “conformismo” de la masa seguramente tampoco arrojen mucha luz sobre la cuestión; una vez más, habría que definir esos términos, que cada cual usará a su conveniencia. Pero hay un criterio que a mi parecer permite demarcar la individualidad –o grupalidad– reflexiva frente al seguimiento masivo e inconsciente de una ideología dominante, como lo es actualmente el neoliberalismo. Y ese criterio no es otro que el disenso, indicio más claro de que hay discusión y autocrítica. Cuando reparamos en el disenso, nos topamos con algo llamativo: la total unidad de la derecha, en un bloque monolítico, frente a la multiplicidad de la izquierda en múltiples corrientes dispersas. ¿Quién es aquí el que no piensa, el seguidor pasivo (o puro ideólogo activo, adoctrinador)? No creo que sea precisamente el que se opone al régimen establecido, y sí más bien aquellos que se unen a la políticamente contradictoria –pero en la que se adivina una extraña “armonía preestablecida”– coalición de fuerzas de los neoliberales y los conservadores, los cuales no dejan de obtener mayorías electorales en casi todo Occidente.