Caminos del Lógos: Qué extremos se tocan
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lunes, 27 de febrero de 2017

QUÉ EXTREMOS SE TOCAN

Decía Aristóteles que la virtud se halla en el justo medio entre los extremos viciosos, y nuestros medios de comunicación, nuestro sistema cultural y educativo, los opinadores profesionales, y por supuesto los políticos parecen coincidir de forma más o menos unánime en que en el mapa ideológico el justo medio virtuoso ‒el que, por tanto, conduce a la felicidad‒, es el liberalismo económico, único sistema que ha logrado implantar derechos, libertades y justicia en los países en que ha triunfado, frente a los delirios políticos de “los extremos”, el fascismo y el socialismo, que al negar el libre mercado y al individuo (y su “sano egoísmo”) han conducido a distintas versiones del totalitarismo. Se cumple así en la política, como en todo lo demás ‒parece una verdad de alcance ontológico‒, que los extremos se tocan, mientras que, entre ellos, equidistante, algo se mantiene limpio y reluciente, impoluto de vicio.

Esta imagen, que constituye un sobreentendido sociocultural que cuesta enormemente hacer que alguien se replantee, es tan falsa como necesaria para mantener la ilusión que el liberalismo económico produce de sí mismo como único sistema racional frente al que sólo queda el horror. La idea de que el liberalismo está cercado por dos ideologías que son sus enemigas, la fascista y la socialista, encubre la falsedad de nuestro modelo socioeconómico y político. Habría que preguntarse qué extremos son los que en verdad se tocan; en realidad, el liberalismo y el fascismo son, de consuno, uno de los dos extremos, frente al socialista. Lo que diferencia al liberal del fascista (o del nazi, que tanto da) no es algo cualitativo, profundamente ideológico, sino una cuestión únicamente de grado: el liberal es un fascista que se mantiene en perfil bajo cuando la economía va bien y los beneficios se pueden repartir más, fase en la cual las libertades y derechos son tolerables y hasta necesarios como parte del sistema productivo (pues activan la economía y producen más beneficios); el fascista es ese mismo liberal ‒uno de ellos, en todo caso‒ cuando la economía falla, y entonces se exalta, y quiere recortar inmediatamente derechos y libertades porque van contra el bienestar… de su clase social, se entiende.

Lo que diferencia, en el fondo, al liberal del fascista “de corazón” es tan sólo que este último no ha cobrado consciencia de lo anterior (“no lo saben, pero lo hacen”); en cuanto lo hace, nada cambia ‒véase la Transición española‒, pero al menos es más honesto consigo mismo, se cree menos su propio discurso ‒ironiza más al respecto‒, y se comporta claramente como el oportunista que es.

Esa convertibilidad, rápida y fácil, del liberalismo en fascismo ‒y viceversa‒, es lo que ocurre hoy en día y explica el extraordinario auge de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos, que tanto sorprende a los incautos. Un fenómeno social surgido al calor de la crisis económica (que ya en sí misma no ha sido otra cosa que una ofensiva neoliberal, un proceso de concentración de capital en el contexto del cambio de peso en la economía global de estas regiones del mundo, frente a nuevas potencias, especialmente China), que hace que el vecino, el compañero de trabajo o el cuñado, “conservadores” de toda la vida ‒lo mismo hasta “socialdemócratas”‒, de repente se hayan transformado en unos sujetos ultranacionalistas y xenófobos. El fascismo, en los años treinta como hoy, es la ideología de la pequeñoburguesía (o simplemente de la clase media que ha dejado de serlo) que se siente amenazada por el Otro. Es la articulación política del miedo. Por eso las grandes fortunas no suelen ser fascistas; el capital es liberal, se ve libre de ataduras y no siente miedo del que llega en patera. No. El capital flota cual aceite por encima del fascismo, del cual se aprovecha, cuando no lo fomenta. Le viene bien (como a la Iglesia), siempre han trabajado bien juntos. Lo que no le viene bien, la única amenaza que puede hacerle sentir miedo ‒poco, en estos tiempos‒, es el socialismo. Es el único que alguna vez le ha hecho daño. El fascismo, nunca.

No hay mayor enemigo de la democracia y de las libertades que el capitalismo financiero, cuyo heraldo es el neoliberalismo que empezó una campaña de deconstrucción del Estado de Bienestar en los setenta y no ha hecho sino ganar batallas desde entonces (le queda poco, de hecho, para ganar la guerra). Éste, desde sus medios de comunicación ‒pues prácticamente todos son suyos, incluso los más progresistas‒, think tanks y lobbies, crea la opinión pública, y consigue hacer todo lo que quiere con una población a la que constantemente se asusta con “el lobo”, que por lo general es el socialismo, siempre acechante para “robar al trabajador sus ahorros” o “nacionalizar su pequeña empresa” (expropiaciones que, por otro lado, suele llevar a cabo el banco capitalista). Es curioso que todavía hoy el capitalismo tenga que justificarse ideológicamente criticando un sistema socioeconómico que parece haberse hundido definitivamente hace ya más de veinticinco años; quizá lo lleve a ello el temor de que pueda resurgir como la alternativa lógica a sus prácticas de explotación; pero no deja de ser elocuente que, habiendo en el mundo problemas como los que hay, existiendo regímenes con una absoluta ausencia de derechos humanos como el Saudí (aliado natural de los oligarcas capitalistas), dándose una flagrante conculcación del derecho a la vida digna de decenas de millones de personas en países como EE. UU., siendo partícipe la UE (junto al anterior) en mortíferas guerras de invasión por intereses geoestratégicos ‒como las de Afganistán, Irak o Siria, por citar sólo las últimas‒, habiéndose dado el régimen turco un autogolpe de Estado para justificar la abolición de facto de la democracia, con todo esto y más, no se hable sino de Venezuela, Cuba o Corea del Norte, países cuya peligrosidad para terceros es nula, y de los cuales ni nos acordaríamos si no fuera porque se ha decretado pintarlos como un “Eje del Mal” que amenaza la paz mundial. Sin embargo, ésta no conoce amenaza mayor que el FMI o los próceres que se reúnen en Davos todos los años para decidir cómo van a seguir expropiando el trabajo colectivo y programando la opinión pública más de lo que ya lo está.

Aun así, mucha gente se pregunta por qué hay quien defiende el socialismo, esa “ideología mortífera”, causante de “más de cien millones de muertos” (¡esa cifra sin pies ni cabeza!), mientras que hasta hace relativamente poco tiempo parecía haber cierto reparo en presumir públicamente de ser de derechas ‒no digamos ya de ser fascista‒. Esto revela que la manipulación no ha calado hasta el fondo, pese a todos los empeños contraeducativos del neoliberalismo. “¿Por qué defienden esa ideología liberticida, con los estragos que ha causado?”, se preguntan tantos señores y señoras bienpensantes. La respuesta es sencilla: porque se sabe que el socialismo no defiende en la teoría lo que algunos han hecho en su nombre en la práctica, mientras que el liberalismo sí coincide con lo que hace el capitalismo ‒y los resultados no son menos horribles‒. El dicho de los países exsocialistas, “lo malo es que nos mintieron sobre el comunismo, lo peor es que nos habían dicho la verdad sobre el capitalismo” sigue cumpliéndose el día de hoy, en que amplios sectores de esos países evocan los “tiempos mejores” del socialismo, que garantizaba las necesidades materiales, la seguridad y unos servicios de calidad, frente a la libertad y la igualdad en la más absoluta pobreza que ha traído el capitalismo, cuyos estándares de vida son altos sólo en ciertas regiones del mundo (sedes de las multinacionales); para el resto sólo queda la ruina de ser proveedor de materias primas y mano de obra barata, la cual no llega a ver ni de lejos la cacareada redistribución de la riqueza a través de la “mano invisible” del mercado. Países que expolian y países expoliados, eso es todo lo que hay. Y de puertas adentro, lo mismo: el capitalismo dice ser la defensa de la propiedad privada, pero la expropia cuando quiere de maneras siempre legales, porque hace la ley para favorecer (hasta para forzar) esas coyunturas. Violencia estructural, muy distinta de los tanques soviéticos en Praga, pero igual de efectiva.

La historia del capitalismo es una historia de horrores inconcebibles, de una violencia originaria ‒que de “estructural” no tuvo nada‒ que sólo la historia ha cubierto con una capa de indulgencia y olvido. Critica ferozmente que el socialismo, en su fase inicial, haya recurrido a la violencia para conseguir objetivos estratégicos (como la colectivización de los medios de producción en los países socialistas, que difícilmente podría haber sido pacífica, y que fue imprescindible para alcanzar altos estándares de vida posteriores), pero no hay nada atroz que no haya hecho para llegar a triunfar. Sin el colonialismo no podría haber existido, lo que quiere decir que explotó y esclavizó continentes enteros (África, Asia, América Latina) durante varios siglos para levantar su riqueza y poner en marcha el mercado internacional, que necesitaba inmensas acumulaciones de capital imposibles de producir en las metrópolis. La Revolución Francesa, de la que el liberalismo se siente tan orgulloso, fue un baño de sangre al que siguió el Terror (los primeros “terroristas” fueron los liberales vencedores sobre el Antiguo Régimen) y acontecimientos como la Guerra de la Vendée, el primer genocidio moderno (más de 100.000 muertos civiles). Las Guerras del opio ‒de las que nace el HSBC‒ o las Guerras bóeres son sólo dos ejemplos de cómo se forjó un imperio capitalista como el británico, con procedimientos que a la larga costarían decenas de millones de muertos (de los que la “historiografía popular” o “periodística” no habla nunca). Genocidios como el de los belgas en el Congo (ocho millones de muertos) son equiparables al Holocausto judío, pero parece como si nunca hubieran ocurrido ‒salvo si vives en África, claro‒. Lo mismo vale para los franceses, que mataron al 15% de la población de Argelia a partir de 1945. Hambrunas como la propiciada por los británicos ‒una vez más‒ en Bengala (más de tres millones de muertos) en 1943 son equiparables al Holomodor ucraniano, pero mientras que se habla de genocidio en este último caso ‒y se cuenta entre los “cien millones de muertos” del socialismo‒, se atribuye a un “error de planificación” en el primero, y en todo caso, nadie diría que “el capitalismo asesinó a tres millones de indios”. Del socialismo sí se habla en esos términos, mientras que los horrores del capitalismo parecen siempre meras catástrofes naturales. Éstos son sólo un puñado de ejemplos muy representativos, pero los siglos XIX y XX están atestados de otros similares; y eso por no incluir en el haber del capitalismo las dos Guerras Mundiales, causadas por el agotamiento económico de las potencias capitalistas.

No debería, así pues, sorprender a nadie que en períodos de incertidumbre el capitalismo derive en fascismo, siempre en la forma de un “rearme moral” de la sociedad liderado por algún iluminado carismático que dice ir contra las “élites económicas” (de entre cuyas filas perfectamente puede haber salido, a las cuales sirve en cualquier caso) y habla de superar el “relativismo moral”, la “decadencia”, el “olvido de nuestro pasado”, etc. Pretende refundarlo todo… para dejarlo como estaba. El fascismo es la puesta a punto del capitalismo cuando éste ha entrado en insolubles espirales de improductividad por sobreabundancia ‒la cual hay que destruir‒; es el botón de Reset del capitalismo cuando éste asume que se ha vuelto altamente inestable y que las élites económicas podrían perder el control en favor de un nuevo sistema de organización. El fascismo es parte del plan, algo tan sistémico como las propias crisis recurrentes. Por eso en la Alemania nazi, teóricamente antiliberal ‒y los liberales, en un alarde de cinismo, no dejan de decir que el fascismo, al fin y al cabo, es socialista‒, los grandes grupos económicos alemanes salieron claramente reforzados (Porsche, BMW, Bayer, Hugo Boss, Thyssen, Krupp, Allianz, Siemens, o la Volkswagen, creada por el propio régimen). El fascismo es el brazo de hierro del capitalismo contra su propia población, cuando teme que ésta se rebele contra la explotación.

Por eso vuelve ahora con fuerza; de ahí el terrible auge actual de la extrema derecha, de los nacionalismos (centrípetos y centrífugos, no importa mucho) y del integrismo religioso (hablo ahora del cristiano, no del islámico, que por cierto hunde sus raíces en lo que el capitalismo hizo en Oriente Próximo y Medio durante la Guerra Fría). A los menos inteligentes, que son la mayoría, se les ha vendido la pretendida “crisis de valores” del mundo actual como causa de todos los males, de los cuales sólo se podrá salir con el violento regreso a estándares de vida del pasado. Al parecer, los inmigrantes, el aborto o la homosexualidad han provocado la crisis económica, y no las prácticas bancarias y las desregulaciones públicas. Millones de personas lo creen así, y reaccionan contra los “males seculares” responsabilizándolos de su malestar ‒igual que en los años treinta se hizo con los judíos‒, pero éste lo causan, en realidad, los mismos que los azuzan contra terceros para desviar la atención de sí mismos.

El mundo entra en una nueva fase, la del “capitalismo autoritario” o “posdemocrático”, en la que a las potencias occidentales se les han sumado China y Rusia y otros actores menores. El escenario histórico es nuevo, pues nunca antes el mundo había estado globalizado como lo está ahora, tan comunicado e interdependiente; no se pueden hacer comparaciones fáciles con el período de las Guerras Mundiales, pero existen analogías nada tranquilizadoras. De momento, una nueva Guerra Fría y nuevas formas de macartismo están en marcha; en las naciones occidentales, antes orgullosas del Estado de Bienestar, las libertades retroceden al mismo ritmo que la calidad de vida, si no más deprisa. Y como arrastrados por un instinto gregario, por algo salvaje y atávico, grandes sectores de la población están de acuerdo con esa bajamar de la libertad. El fascismo vuelve a llamar a la puerta; da mucho miedo pensar en lo que está por venir. Tanto más cuanta más consciencia se tiene de hacia dónde van las cosas. Veremos repetirse acontecimientos que creíamos que eran historia y advertencia para las generaciones futuras, porque la memoria histórica no existe y todo lo malo regresa.




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