Caminos del Lógos: Reflexión metafísica (IV)
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miércoles, 19 de junio de 2013

REFLEXIÓN METAFÍSICA (IV)

Dado que la metafísica pretende integrar en una visión de conjunto otras manifestaciones fundamentales del espíritu humano (como la ciencia, la religión y el arte), ha de tener una relación con éstas necesariamente estrecha. Además, su gran abstracción y su carencia de objeto específico y consecuentemente, de método hacen que sus límites respecto de dichas manifestaciones sean por lo general bastante difusos. Podría decirse que la metafísica tiene algo de científico, algo de teológico y algo de artístico; aunque es una de esas afirmaciones que fácilmente pueden llevar a malentendidos. Por ello es conveniente hacer algunas precisiones, aunque sea muy brevemente, acerca de las similitudes y diferencias que hay entre la metafísica (aquí, una vez más, hay que decir que lo que le ocurre a la metafísica se hace extensivo al resto de la filosofía) y esas otras formas de revelar el mundo –cuanto menos, "regiones" de éste.

La más cercana e importante para la metafísica para una metafísica que no se haya extraviado en la mala abstracción– es sin lugar a dudas la ciencia. Aunque habría que decir "las ciencias", para ser más exactos: cada ciencia particular tiene, como ya hemos dicho, un objeto específico y un modo de estudiarlo (método), que en función de su grado de matematización le conferirá una mayor o menor capacidad predictiva de los fenómenos de su campo. La metafísica, en cambio, aspira a la universalidad, lo cual ya es una grave objeción desde el punto de vista epistemológico; se trata de la "ciencia que no es ciencia", aparente contradicción que no puede dejar de pasarle factura. Aunque durante siglos "filosofía" (insistamos: partiendo siempre de una determinada metafísica) y "ciencia" fueron sinónimos (e incluso, en la medida en que hubiera discrepancias entre ellas, la filosofía quedara por encima), según los parámetros actuales la metafísica no puede ser llamada ciencia. Sobre esto no puede haber duda alguna, pese a que algunas corrientes, como la fenomenología, se arroguen el carácter de "ciencia estricta". Toda ciencia, para serlo, ha de tener la capacidad de predecir (sea con total exactitud o de modo estadístico) el comportamiento de los fenómenos de los que se ocupa, como decíamos; y esto queda, evidentemente, fuera del alcance de la metafísica, precisamente por que al carecer de objeto propio no puede delimitar ninguna parcela de lo real para su formalización o estudio empírico.

Ahora bien, que no sea ciencia (por carecer de ese carácter demostrativo) no quiere decir que no sea racional, por descontado: se trata de un saber argumentativo o discursivo que ha de justificar cada una de sus afirmaciones con la más rigurosa lógica. Aun así, sus problemas no siempre por no decir nunca encuentran una solución definitiva, puesto que se pueden proporcionar diferentes interpretaciones de los mismos; por lo tanto, toda metafísica seria ha de contar con (y en la medida de lo posible, explicitar) el carácter hermenéutico de su discurso, nunca exento de presupuestos que depurar y siempre sujeto, por ello, a la crítica y la revisión.

El hecho de que la metafísica, como la filosofía en general, no pueda nunca demostrar definitivamente sus teorías, conduce a esta otra diferencia entre ella y las ciencias: éstas progresan como tales ciencias, mientras que la metafísica no. ¿Qué quiere esto decir? Toda ciencia particular posee un paradigma, esto es, un conjunto de teorías vigentes en un momento dado. El paradigma es cambiante, y con el paso del tiempo se le añaden nuevas teorías, en la medida en que se hacen nuevos descubrimientos empíricos que obliguen a ello; a la vez, se revisan las teorías previas que, llegado el caso, son desechadas y eliminadas del paradigma si se demuestra que eran erróneas o si, simplemente, se proponen otras que expliquen mejor (o sea, de un modo más sencillo) los mismos fenómenos. De esta manera, los descubrimientos realizados añaden o restan material teórico a los paradigmas de las distintas ciencias, con lo que éstas parecen desplazarse lentamente en una dirección que, presumiblemente, las conduce cada vez más cerca de la verdad es decir, el ideal de una predictibilidad cada vez mayor de los fenómenos de su campo.

¿Tiene la metafísica un paradigma? La respuesta, que vale una vez más para la filosofía en su conjunto, es muy clara: no. El motivo es muy sencillo: como no tiene capacidad demostrativa, tampoco puede refutarse definitivamente ninguna teoría ni considerarse sustituida por otra nueva; lo que hacen es ir solapándose, incrementando el corpus teórico de la disciplina. Conocer la metafísica es conocer todas las teorías que la conforman (tarea por otro lado inabarcable), las cuales mantienen una relación dialéctica entre sí que impide que el campo conceptual de la metafísica se cierre y hablemos de un "estado actual" de la misma. Así pues, no tiene paradigma, sino que tiene historia; la metafísica es de hecho la historia misma de un problema –el problema de la comprensión última del mundo en que existimos y de nuestro lugar en él– que nunca podrá ser zanjado, por rebasar el ámbito de toda posible respuesta empírica (y por tanto, de toda posible demostración), pero que, precisamente por abarcar la totalidad de nuestra existencia, no podemos dejar de plantearnos. Como dice Kant en Los progresos de la metafísica desde Leibniz y Wolff, la metafísica es «un mar sin riberas en donde el progreso no deja huella alguna, y cuyo horizonte carece de término visible que permitiera percibir cuán cerca se esté de él». Ningún aserto metafísico puede demostrar su verdad por encima de otros, por lo que, al contrario que en cualquier ciencia empírica, las teorías más recientes no refutan ni sustituyen a las viejas; a través de la historia de la metafísica se accede a un "mundo ideal" (eidético) en el que coexisten todas las teorías, y en el que se puede dialogar con las comprensiones teóricas de todas las épocas. Así, es perfectamente posible y legítimo que desde un marco platónico o kantiano, por ejemplo, se conteste a ideas mucho más recientes. Esto no tendría ningún sentido en una ciencia empírica como la física o la química. Por ello cabe decir que la metafísica no es una ciencia progresiva, sino acumulativa.