Caminos del Lógos: Reflexión metafísica (V)
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viernes, 12 de julio de 2013

REFLEXIÓN METAFÍSICA (V)

Por otro lado nos encontramos con la teología, el discurso racional acerca de Dios, o los dioses, o lo divino (sagrado) en general. La metafísica también guarda algún tipo de parentesco con él que no se puede soslayar. Dicho discurso, evidentemente, tampoco es demostrativo, por más que en el pasado haya pretendido encontrar una vía estrictamente deductiva para sostener sus afirmaciones (sirviéndose para ello, de hecho, de la metafísica), y de ahí que sus campos parezcan confundirse. El asunto que ocupa a la teología es lo trans-empírico, y esto, al fin y al cabo, ¿no es lo mismo de lo que trata la metafísica? Históricamente se ha dado, una y otra vez, una confusión en el seno de la metafísica entre la ontología la "ciencia por excelencia del ente"– y la teología la "ciencia del ente por excelencia"–, confusión de origen aristotélico que llevó a Heidegger a afirmar que toda metafísica es, en el fondo, onto-teo-logía, esto es, el discurso acerca del ente primero (summum ens) y fundamento de todos los demás, llámese dios, razón, espíritu, idea, o de cualquier otra forma.

Es cierto que la metafísica ha pretendido tradicionalmente poner en conceptos la totalidad, el origen y la destinación de lo ente, lo cual fácilmente puede ser asimilado a la teología y sus intenciones. De hecho, la teología se ha servido históricamente de la metafísica, precisamente por cuanto ésta ha constituido un reconocido discurso argumentativo que fue empleado por aquélla para convencer de sus doctrinas (y refutar el ateísmo y la herejía) a partir de proposiciones basadas en buena razón y no ya en la mera fe. Se decía por ello en la Edad Media que la metafísica era ancilla theologiae, esto es, "la esclava de la teología".

En cualquier caso, el anterior y tal vez más extendido, pero nunca el único sentido de la metafísica es anterior a la revolución que le imprimió el criticismo kantiano, prolongando la crítica emprendida previamente por el empirismo (especialmente Hume) a semejante discurso sobre lo trascendente, en el que la metafísica y la teología se desdibujan. Si la crítica de Hume, quien no supo reconocer diferencia alguna entre ambas disciplinas, pretendía eliminar toda metafísica, la de Kant, más fina y rigurosa, delimita perfectamente el territorio de la metafísica y le otorga un carácter estrictamente racional que impone límites insalvables. La metafísica tras él, en efecto –y con contadas excepciones, si hablamos de pensamiento vivo, y no ya de mero escolasticismo–, será radicalmente diferente; ya no creerá poder hablar de lo trascendente a partir de conceptos extraídos de la sola razón (con lo cual la metafísica no sería sino una suerte de "lógica" aplicable a todo, incluido aquello cuya existencia desconocemos, pero que creemos poder deducir a partir de meros conceptos), sino que su alcance se reducirá al ámbito de aquello para lo cual haya un "hilo conductor" empírico, finito. Allí donde éste no se encuentre, se considerará salvo por parte de ciertas escuelas, ciertamente extemporáneas que el camino está vedado, por ser totalmente acientífico.

En efecto, la meta-física (en la medida en que quiera ser racional) ha de tener siempre un hilo conductor, una guía que la ate al asunto de su discurso, que nunca ha de dejar de ser el mundo. Éste no es un "objeto" empírico, pero eso no quiere decir que sea, por el contrario, un "objeto transempírico"; simplemente no es un objeto, sino un conjunto de relaciones irreductible a cualquier ciencia particular. La metafísica no debe ser entendida –no en la Modernidad, ni mucho menos actualmente como el discurso acerca de lo trascendente, sino como un discurso acerca de lo inmanente que no se atiene a ninguna región de la realidad en particular, como hace toda ciencia, sino al mundo en cuanto articulación de todas ellas. Lo que define a la metafísica, por tanto, no es su objeto, sino la perspectiva desde la que aborda cualquier otra cuestión, como dijimos antes. Aunque en el pasado frecuentemente se ha entendido al contrario, la metafísica es ante todo ontología (así lo era eminentemente en Aristóteles, su "fundador"), y sólo en un sentido secundario (y ciertamente teológico, y por ello difícil de argumentar) puede hablar de lo sagrado o lo trascendente. De hecho, en la metafísica relevante elaborada en el siglo XX rara vez lo teológico ha sido abordado, y sí en cambio lo racionalmente relevante, esto es, lo ontológico. Lo sagrado, en caso de ser tratado, debe hacerse en cuanto que es un elemento integrante del mundo –de la condición humana–, pero nunca algo "al margen" o "más allá" de éste.