Caminos del Lógos: Tiempo lineal y tiempo cíclico
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jueves, 31 de diciembre de 2009

TIEMPO LINEAL Y TIEMPO CÍCLICO

Treinta y uno de diciembre, otra vez. El año da igual, porque todos se suceden idénticos, o bastante parecidos, inexorablemente. Sin embargo, buscamos marcas en el tiempo, hitos que nos permitan darle sentido y huir de ese vértigo que supone el puro fluir, el escaparse de los días. En estas fechas se hace especialmente patente el modo en que superponemos dos sistemas de medición, dos registros del tiempo, que pertenecen, además, a formas de vida radicalmente diferentes, pero que coexisten en nosotros. Por un lado el tiempo lineal, diacrónico, mensurable, propio del hombre "moderno", pero que hunde sus raíces en gran medida en la concepción escatológica del tiempo del judaísmo, que le da un sentido, una dirección; nos alejamos del origen, nos acercamos al final (Dios). Por otro lado el tiempo cíclico, sincrónico, homogéneo, propio del hombre "premoderno" (aunque esto, evidentemente, no es más que un cliché). Según esta concepción, el tiempo se repite incesantemente, todo vuelve a empezar cada vez, según el ritmo de los ciclos naturales. El regreso al origen supone celebrar la comunión con la naturaleza y, con ella, la purificación, la liberación del peso del pasado acumulado en el último ciclo.

El eterno retorno a lo familiar contra la eterna espera de lo trascendente, salpicada de acontecimientos; la phýsis contra Dios (o su versión inmanente, el espaciotiempo cuasi-infinito de la física moderna); el ansia de renacer contra el deseo de alcanzar el final; el permanecer contra el devenir... Dos modos de entender el tiempo, dos modos de querer que cohabitan en nosotros, que se articulan gracias, sobre todo, al cristianismo, que tan bien supo combinar elementos judaicos con los del paganismo que encontraba a medida que se expandía, y todo ello en torno a la figura de Cristo, a la vez Dios y hombre, eterno y temporal, que trae al mundo la idea de un renacimiento espiritual (que articula la doble forma de entender el tiempo como una ruptura entre el mundo interior y el exterior).

En estas fechas celebramos el nacimiento del Dios-hombre (la natividad cristiana) a la vez que el reinicio del año solar (las saturnales romanas); el inicio de un nuevo período temporal irrepetible a la par que la repetición del eterno ciclo, esto es, la abolición del tiempo. Superponemos al nuevo año 2010 (un paso más "hacia delante") los consabidos deseos de volver a empezar, de ser mejores, de purificarnos. En el hombre "moderno" se entretejen imperativos absolutamente arcaicos con los "ilustrados": el deseo de liberarse del pasado que, sin embargo, no dejamos de acumular y datar; el afán de cambio, a la vez que queremos establecer claras continuidades; el valor de lo nuevo ("puro"), pese a nuestra conciencia de lo irreversible... Una muestra más de nuestra idiosincrasia, de la poliarquía del hombre occidental. No soportamos tener una sola religión; todo está impregnado de paganismo, de rasgos genuinamente "primitivos". Cada año queremos dar un paso hacia el futuro y otro hacia el pasado.