Caminos del Lógos: Tiempo muerte arte
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lunes, 16 de mayo de 2011

TIEMPO, MUERTE, ARTE

El gusto por lo clásico, que no en vano el sistema educativo (y cultural, en general) pretende erradicar, es para mí una tabla de salvación ante ciertos fenómenos del presente que han llegado a ser asfixiantes. Y es que tal vez sólo dicho gusto (que siempre es mucho más que un mero "agrado subjetivo") permita cuestionarse ciertas ideas arraigadas hoy hasta el punto de ser tópicos indiscutibles, por más que no sean sino formas de pensar surgidas (por más "avanzadas" o "rebeldes" que se crean) de la sumisión al statu quo y sus exigencias.

Nuestra época, en efecto, se caracteriza por la experiencia de lo efímero; una experiencia de lo rápidamente cambiante y perfectamente sustituible muy diferente de la conciencia de lo perecedero que marcó, por ejemplo, el medioevo o el barroco, los cuales frente a la omnipresencia de la muerte buscaron el refugio de la trascendencia, de lo absoluto. La experiencia de lo efímero, por el contrario, se complace en sí misma y no busca escapatoria alguna; podría decirse, en este sentido, que es más lúcida y más honesta.

A esta experiencia no escapa, por supuesto, el arte, que además llega a erigirse en heraldo de la misma. Y no le falta razón, seguramente, pues en cuanto sensorio espiritual que es, fue el primero en advertirla y en darle forma; el primero en avisar de su llegada y mostrar su perfil a un público que aún no estaba familiarizado con ella; un público que tenía que llegar a asumir esa experiencia como propia e incluso gustar de ella. Hoy (ese "hoy" quiere decir "desde hace décadas") ese trabajo está ya hecho; la experiencia se ha convertido en actitud: todo lo que nace ha de morir, toda creación, natural o humana, habrá de ser destruida algún día; y como no podemos oponernos a ello, como no podemos evitar ese destino de todas las cosas (como se intentó hasta el siglo XIX), sólo podremos hallar la libertad en precipitar ese final, en ser sus dueños de la única forma posible: decidiendo cuándo ocurrirá, desencadenándolo voluntariamente. Al hombre le aterra (o cuanto menos le asquea) lo finito, pero sólo se siente libre adueñándose de esa finitud, una vez que la infinitud le ha sido negada. Ésta es una forma de expresar la "condición posmoderna".

Se llega así al paradigma de lo consumible, desechable, característico de un mundo que cambia vertiginosamente y en el que nada es estable, en el que todo sentido se borra como humo en una tempestad. Y ese paradigma engloba, cómo no, los "productos espirituales", que se tornan igualmente consumibles, "de usar y tirar". En cuanto al arte, que en otro tiempo fue el acontecer de algo mágico o sacro o por lo menos "especial" en medio de lo cotidiano y vulgar (una explosión de sentido), cada vez lo es menos en un mundo donde lo cotidiano se caracteriza por el vértigo. Termina por disolverse y confundirse con las formas del ocio, el diseño y la publicidad, lo cual por otro lado no es casualidad. Y es que el culto a lo efímero, del que llegó a presumir como su descubrimiento (una experiencia radicalmente diferente a las anteriores), vino causado por factores no precisamente estéticos o espirituales, por más que se les quisiera dar esa investidura. Y por no reparar en lo que la precede e impulsa, la propia experiencia estética ha terminado en muchos casos deviniendo pasatiempo, uno más dentro del repertorio de diversiones que el mundo actual nos ofrece. Un triste destino para la más alta expresión del espíritu humano, que se inmola así ante lo radicalmente ajeno a él. En realidad, ese culto a lo efímero no es otra cosa que la santificación del mercado sobresaturado que necesita eliminar stock para mantener constante el valor de la mercancía que vende.

El arte, si es algo más que una mera téchne, no es el ejercicio sumamente efímero de la actividad humana, creado para desaparecer como un castillo de arena con la marea, sino que ha de darle a lo efímero de la existencia una forma imperecedera. No es hacer lo efímero, sino hacer de lo efímero algo perdurable, memorable. Eso es lo que diferencia el genuino arte (pues eso es lo que ha sido, es, y será siempre, y ello con independencia de la intención de su autor) del producto atado a su tiempo y tan caduco como él, la mercancía entre mercancías que responde a los requerimientos de un mercado que todo lo consume y repone. La obra de arte es un monumento a la finitud, al paso del tiempo; la única forma que tenemos de inmortalidad, como decía Unamuno. El ser humano produce arte porque se muere, como memoria de los que ya no están y anticipo de que uno mismo no estará. Por eso es un ejercicio cargado de nostalgia y soledad, porque en él nadie puede acompañar al creador. Su verdadero público nunca son los que le rodean, sino otros que probablemente aún no han nacido. La esencia del arte radica en dar forma al tiempo, por más que para ello haya (en el caso de las artes plásticas) que darle forma también al espacio que le servirá de receptáculo. Todo arte, sea del tipo que sea, no es otra cosa que tiempo cristalizado, vida sostenida en éxtasis. 

Cuando ya no estemos sólo quedará de nosotros lo que hayamos hecho, pues la memoria de los que nos sobrevivan, en la que solemos buscar amparo, se extinguirá también con ellos. Tan sólo permanecen las grandes acciones (políticas, militares, etc.), los descubrimientos (científicos, geográficos, etc.) y las obras (de ingeniería, artísticas, etc.). Toda auténtica obra de arte (por lo que nos ocupa) es, por tanto, un monumento, un recordatorio. Pero, ¿monumento a quién? No todo el mundo tiene voz con que expresarse ni nombre que perdure; la inmensa mayoría de los seres humanos son pasto del olvido. El artista, cuando es un genuino artista, y no un simple narcisista, es el que sabe hablar por otros. Con su propia voz, habla sin embargo un lenguaje colectivo, universal; lo cual quiere decir que ha de trascender los límites de su comunidad y su época. El artista, como el pensador (¿y qué otra cosa es, sino un pensador que produce belleza?), se dirige siempre al futuro, y en esa medida no suele ser bien entendido por sus coetáneos, o por los miembros de miras estrechas de su propia comunidad. Quien se ata demasiado al presente (para tener éxito en su momento) cae con él y nunca es recordado, ni consigue que se recuerde a otros. Sólo el que encuentra lo universal e intemporal puede hacerlo, pues comulga así con el Espíritu humano (que rebasa toda determinación unilateral o momento); descubre y hace habitable ese lugar que no es un lugar y ese tiempo que no es ningún tiempo, sino que es a la vez todos los lugares y tiempos, lo ahistórico donde la verdad y la belleza se encuentran; el ámbito propio del diálogo inmortal (con el pasado y el futuro) que es posible sólo para unos pocos. No hay más Dios que éste: la voz de los hombres comunicándose a través de abismos de tiempo. Una voz que sólo puede oír (o articular) el que tiene la sensibilidad suficiente. El artista es el medium de la humanidad, el que le permite comunicarse consigo misma. O debería serlo.