Caminos del Lógos

jueves, 20 de julio de 2017

CRISTIANISMO SIN DIOS (libro)



Reproduzco a continuación el primer capítulo de mi nuevo libro, Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico. Se trata de una breve reconstrucción de la base filosófica y ética que se puede hallar en los Evangelios, prescindiendo por completo del concepto de Dios (y por tanto, del sentido religioso de la doctrina), al menos tal y como éste es entendido por creyentes y teólogos. 

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El fundamentalismo religioso que se extiende cada vez más por un Occidente que se creía ilustrado –amenazando seriamente la división del Estado y la Iglesia y llevando en ocasiones al primero a legislar en cuanto cristiano– exige hacer una profunda reflexión acerca de Cristo. No tanto acerca del cristianismo como de Cristo, figura histórica sobre la que se erige una religión profesada por un tercio de la población mundial; pero lo que la inmensa mayoría de los creyentes ignora es que no siguen en absoluto su palabra, totalmente deformada tras dos milenios de confusiones y manipulación. Este escrito es una meditación hecha desde un punto de vista ateo, materialista e inmanente; parte de considerar a Cristo un ser humano (¡nada más y nada menos!) para ensayar una reconstrucción de su mensaje originario, oculto –pero aún hoy estimulante– bajo múltiples estratos de sedimentos teóricos e históricos que lo hacen irreconocible para el creyente medio. Sólo en este sentido se podría entender como un escrito “contra el cristianismo”, propósito en realidad secundario del mismo, pues no va dirigido contra Cristo como personaje histórico, sino contra la religión construida sobre su palabra y contra su palabra. Pero para eso antes hay que conocer ésta.

Con independencia de la desfiguración doctrinal en que consiste el cristianismo (aunque seguramente tenga mucho que ver, al producir una insalvable fractura entre la letra y el espíritu de la doctrina, que no puede sino afectar a su praxis), me atrevería a decir que no existe, desde el punto de vista de su práctica, una religión más hipócrita; ninguna en la que se presuma más de lo que no se es, ninguna que más se incumpla, ninguna que propicie un mayor desencaje entre “el interior” y “el exterior” de los creyentes. Ninguna. Desde luego, no se dan esas dislocaciones ni en el judaísmo (que sobradas razones tendría para ser un culto a la muerte, cosa que no es en absoluto) ni en el islam, por centrarnos en las grandes religiones monoteístas; pero tampoco se dan en el budismo –el de verdad, el practicado en Oriente, no sus burdas emulaciones occidentales–, el hinduismo, el taoísmo, el confucionismo, etc. Algo que ya hace sospechoso al cristianismo histórico, de por sí, es su culto al dolor y la muerte, que evidencia, por emplear un lenguaje nietzscheano, la mentalidad mórbida y enfermiza que está tras él. El cristianismo ha convertido el –siempre supuesto– mensaje de Cristo (una llamada a cierta forma de vida, al fin y al cabo; una ética) en el culto a un hombre torturado y crucificado. Ya en el símbolo de la cruz se anuncia el falseamiento que constituye el corazón de esta religión: la muerte y resurrección de Cristo como ejecución del plan de la divina Providencia. Algo totalmente ajeno, como decía, al discurso y la práctica que se pueden rescatar de los evangelios.

Lo que voy a llevar a cabo a continuación es un esbozo de arqueología de éstos. No pretendo decir nada esencialmente nuevo, desde luego: la bibliografía sobre el tema es abrumadora, y nada puede decirse al respecto que no se base en las investigaciones de historiadores y filólogos que han trabajado directamente las fuentes documentales de ese relato históricamente construido al que llamamos “cristianismo”. Lo que sigue es el “poso” que mis lecturas sobre el tema, así como mi propio trabajo y mi interpretación (inevitablemente filosófica, y fuertemente marcada por Spinoza, Kant, Hegel, Feuerbach, Nietzsche, Jung y Campbell) del Nuevo Testamento, han dejado. Una reconstrucción, creo, no menos fiable que la de cualquier teólogo, pues al fin y al cabo, el único hilo conductor que tenemos para “desenterrar” la palabra de Cristo son unos textos –a no ser que creamos en revelaciones hechas a unos pocos elegidos, lo cual ya es partir de una determinada teología– que pueden ser leídos en múltiples claves, sin que ninguna –insisto: a no ser que presupongamos una autoridad religiosa basada en una revelación sobrenatural, cosa que yo desde luego no admito– pueda justificar su superioridad respecto a las demás. Es muy difícil saber con qué quedarse y con qué no de un relato, tras dos mil años y a partir de unos textos escritos como mínimo setenta años después de los hechos relatados, llenos de corrupciones e influencias, y cuya elección (el canon bíblico), ya de por sí, le da un marcado sesgo a dicho relato histórico. Pero aun así, se puede emprender la tarea de rastrear el espíritu originario que dio pie a esos textos. Los criterios filológicos e históricos son muy útiles (imprescindibles, de hecho) hasta cierto punto, llegado el cual, sin embargo, la crítica textual debe dejar paso a un salto hermenéutico que reconstruya, per hypothesi, el núcleo doctrinal que todas las corrupciones históricas esconden (y se ha de hacer precisamente en la medida en que parecen esconder algo). Para ello hay que buscar la coherencia interna, vital, de una doctrina que a todas luces se muestra –para el que quiera verla– entre estratos ajenos a su propia naturaleza. Partiendo de la clave filosófica antes descrita (secular e inmanente), el procedimiento a seguir no puede ser otro que eliminar todo lo sobrenatural del texto para quedarse con un sustrato claramente ético –sin que ello pueda eliminar por completo, obviamente, su base teológico-metafísica–, que constituye aquello únicamente a lo cual cabría llamar la “buena nueva”.

Así pues, se trata de obviar el absurdo de la resurrección (en el que, dos mil años después, siguen creyendo personas alfabetizadas) y demás elementos mitológicos que contribuyeron, no cabe duda, tanto a la corrupción del mensaje originario como a su difusión: ciertamente, sólo falseado –adaptado a la mentalidad de aquellos pueblos y al crisol religioso del momento– pudo extenderse como lo hizo. Lo que le ha permitido llegar hasta nosotros es lo mismo que le impide llegar puro hasta nosotros; la doctrina sólo puede recorrer la historia contaminándose. Esto puede decirse de todos los “arquetipos mitológicos” que no podían faltar en la evolución de una religión que pretendía extenderse (y llegado el momento, imponerse) por gran parte de Oriente próximo, Europa y el norte de África, donde coexistían múltiples religiones muy dispares. El gran triunfo del cristianismo –que le hace merecer el nombre de católico, o sea, “universal”– fue, sin duda, saber unificar todos esos cultos, absorbiéndolos y tomando de ellos los contenidos imprescindibles para ser aceptado por los diversos pueblos a los que se iba extendiendo, con las diversas modulaciones culturales que ha tenido en cada uno de ellos. En la medida en que se hizo universal, el cristianismo dejó de ser étnico, y ésa es la clave de su éxito.

Tenemos así el culto a las vírgenes y los santos, muy propio del catolicismo europeo mediterráneo, y que no es sino una clara herencia de diosas y dioses paganos anteriores a la llegada del cristianismo (lo cual explica por qué, por ejemplo, en ciertas regiones el culto a la virgen María es más importante incluso que el del propio Cristo). La madre virgen del dios (del dios-hombre) es un tema recurrente en diversas mitologías, tanto como la anunciada resurrección-regreso de éste tras su muerte, las anunciaciones celestiales, la tentación del propio (hombre-)dios, el ritual de la comunión (realizado simbólicamente con su carne o sangre), etc. La construcción del relato cristiano debe mucho a otros dioses o figuras míticas, tales como Osiris y Horus, Dioniso, Zagreo, Mitra, etc. Existen múltiples superposiciones y elementos absorbidos de estos y otros cultos en el proceso de difusión del cristianismo, que compitió con sus rivales y los derrotó tomando de ellos contenidos muy enraizados en la psicología de los pueblos. Igualmente decisiva fue la consolidación de una teología-metafísica sólida, de origen grecolatino, que le sirvió de base a la nueva doctrina en su pugna con otras (así como a la hora de dirimir disputas internas cuando la doctrina no estaba aún fijada, si es que alguna vez lo ha estado). Asimismo, tópicos evangélicos como la curación de enfermos –y la resurrección de muertos– no dejan de ser elementos arquetípicos de todo “elegido”. En general, el relato de la infancia, formación, predicación y pasión de Cristo se adapta perfectamente a los pasos del “viaje del héroe” descrito por Campbell y que es esquema argumental de la mayoría de grandes relatos mítico-épicos.

De ello se sirvieron los primeros cristianos cultos –verdaderos creadores de un dogma que nunca fue una mera “religión del pueblo”–, judíos helenizantes del este del mediterráneo (de Egipto y Anatolia, sobre todo) que introdujeron en la doctrina abundantes nociones extraídas del neoplatonismo y del zoroastrismo (así, por ejemplo, la defensa de un fuerte dualismo bien-mal reflejado en la oposición del cielo y la tierra; la subsiguiente creencia en un “dios” del mal adversario del bueno, y en la eterna lucha entre ambos que se resolverá indefectiblemente con la victoria de este último; la contraposición del espíritu y la materia; la existencia de emisarios celestiales que da pie al concepto cristiano del “ángel”, muy diferente del judío, etc.). Todas estas aportaciones van perfilando un marco religioso distinto –por no decir irreconocible– de aquel que se percibe todavía hoy en los evangelios, al menos tras deconstruir estos estratos. Hay que citar, por último, las imposiciones dogmáticas de los tiempos del cesaropapismo y los primeros grandes concilios (Nicea y Constantinopla, sobre todo), en los que las disputas entre arrianos y partidarios de la divinidad de Cristo, primero, y más tarde las controversias entre monofisistas, monotelistas, nestorianos y trinitarios, fueron configurando lo que hoy en día se entiende como “el cristianismo”, el cual muy poco tiene que ver hasta con la más superficial lectura (con algo de sentido crítico, eso sí) de los evangelios. Estas imposiciones dogmáticas (preñadas de un politeísmo nunca reconocido por el cristianismo, aunque sí, por ejemplo, denunciado por el islam) tuvieron más que ver con luchas de poder dentro de la iglesia que con la mera teología. Podría decirse que los tres principales dogmas del cristianismo histórico son la resurrección, la existencia de un enemigo (Satán, el diablo) y la espera de un Juicio Final en el que los fieles serán recompensados y los pecadores castigados. Pero a) estos dogmas, o muy similares, los tiene en común con otras religiones, y b) ninguno de ellos, y esto es sin duda lo más curioso, aparece en los evangelios –por lo menos no tal y como es entendido de forma “popular”–, con excepción del primero, del que tendremos mucho que decir más adelante. 


Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico
© D. D. Puche, 2017
54 páginas
ISBN: 978-1548885588

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